El espectacular desarrollo económico chino de las últimas tres décadas ha sorprendido a la mayoría de los analistas. Lo mismo había sucedido en las tres décadas anteriores con el llamado “milagro” económico japonés que llevó a una sorprendente transformación económica y social de este país. Este éxito se detuvo bruscamente en 1989 y la economía japonesa se estancó durante casi tres lustros.
Recientes mejoras en algunos indicadores económicos han llevado a los analistas a preguntarse si no estamos en los inicios de un nuevo florecimiento de la economía de ese país.
Japón inició su espectacular crecimiento económico en 1955 y duplicó el tamaño de su economía, de sus exportaciones y su participación en el comercio mundial en sólo once años. Durante los siguientes veinte años el vigoroso crecimiento económico permitió una nueva duplicación del tamaño de su economía llegando a representar casi el quince por ciento del PIB mundial medido en dólares. El crecimiento de sus transacciones internacionales fue aún mayor, llegando las exportaciones japonesas a representar casi el ocho por ciento del total del comercio mundial.
El “milagro” japonés se detuvo bruscamente en 1989 cuando los países desarrollados decidieron detener una incipiente inflación restringiendo en forma colectiva sus demandas agregadas. En esos momentos Japón registraba un superávit tanto en sus cuentas públicas como en sus cuentas externas. La decisión de acompañar las políticas de los demás países industrializados fue claramente errónea. Los resultados para Japón fueron catastróficos.
El crecimiento acumulado del PIB entre 1990 y 2004 fue de sólo el 10.1 por ciento, valores muy inferiores al de la mayoría de los países.
Los últimos datos parecen mostrar un retorno de la confianza, un mayor crecimiento económico y el fin de la deflación. El PIB creció a una tasa superior al 2 por ciento durante los últimos dos años y algunos analistas consideran que la tasa de crecimiento en el Japón podría superar a la de los Estados Unidos. Este comportamiento sería muy beneficioso tanto para la economía japonesa como para la economía mundial, puesto que contribuiría a reducir los desequilibrios vigentes que generan incertidumbre y desconfianza.
(*) Economista argentino. Tomado de El Clarín, 5 de marzo de 2006.