La Iglesia y el tema del aborto

En Nicaragua como en el resto del mundo, el debate sobre el aborto levanta los ánimos y crea controversias. Por eso no sorprende que el tema se haya replanteado en el contexto de la presente campaña electoral, particularmente, a partir de la respuesta que el candidato del Movimiento Renovador Sandinista (MRS), Edmundo Jarquín, dio a un periodista en el sentido de que él está de acuerdo con el aborto terapéutico. Las reacciones fueron bastante negativas. Y es comprensible. Los nicaragüenses —mayoritariamente católicos— están a favor de respetar la vida del niño no nacido.

Después de eso, el FSLN y su candidato presidencial se pronunciaron contra el aborto y en defensa de la vida, lo que es una clara maniobra de tipo electoral. En realidad, en términos generales los políticos han sido inconsistentes —por no decir manipuladores— en su tratamiento de este tema tan delicado e importante y han ido de un extremo a otro dependiendo de los vaivenes coyunturales. Aunque, justo es reconocerlo, los políticos reconocidamente cristianos han sido consecuentes con su posición en defensa del derecho a la vida desde la concepción.

La Iglesia católica condena y castiga severamente el aborto. El canon 1398 del Código de Derecho Canónico dice: “Quien procura el aborto, si éste se produce, incurre en excomunión latae sententiae”. La excomunión latae sententiae es el castigo más severo de la Iglesia católica y consiste en la excomunión que sigue automáticamente a la comisión de ciertos actos graves.

En octubre próximo, la Conferencia Episcopal encabezará una marcha hasta la Asamblea Nacional para pedir que se excluya del Código Penal el término “aborto terapéutico” porque —dicen los obispos— “es una puerta para que en Nicaragua el aborto sea legalizado como en otros países”. En realidad, el aborto terapéutico ha sido parte de la legislación nicaragüense desde 1879. De hecho, el nuevo Código Penal (aprobado en lo general desde el año 2001) mantiene la figura jurídica del aborto terapéutico aunque introduce la figura de protección legal del “no nacido”. Esta terminología puede ser confusa e inducir a justificaciones legales del aborto tal como lo teme la Iglesia católica.

La Iglesia católica, las iglesias evangélicas y el Ministerio de Educación, deberían informar mejor a la población sobre el tema del aborto, pues hay muchos aspectos de éste que se desconocen. Los médicos, religiosos y legisladores han hecho al menos tres clasificaciones de abortos. Hay uno —el más común— al que llaman “aborto por conveniencia”. Como la palabra lo indica, se trata de destruir la vida de un bebé no nacido dentro del vientre materno “simplemente” porque su nacimiento no conviene a la madre quien lo considera un estorbo para estudiar, trabajar, conseguir un novio o sencillamente porque no podrá mantenerlo.

El segundo es el mal llamado “aborto terapéutico” (del griego terapeúo: curar, sanar) que se realiza supuestamente para salvar la vida de la madre o para “curarla”. En realidad es sumamente difícil encontrar un caso en el que la muerte del niño salve o cure a la madre. Cuando un niño no está capacitado para vivir fuera del vientre materno, por lo general muere antes de nacer y es expulsado de manera espontánea por el cuerpo. En inglés a esto se llama “miscarriage” y aunque los diccionarios lo traducen como “aborto”, en realidad es mejor definirlo como “caída natural o espontánea del feto”.

El tercer tipo se llama “aborto indirecto”, por el cual se “se entiende la intervención, ya sea quirúrgica o farmacológica, sobre embarazadas afectadas de patologías cuya curación comporta un peligro serio, incluyendo la certeza de que se producirá un aborto”. Sin embargo, en el procedimiento no hay intención deliberada de dañar al niño. Su muerte podría ser un efecto colateral del tratamiento dado a la madre. Este es el único aceptado por médicos católicos, como lo señalan la doctora Concepción Morales, Presidenta de Pro-vida Cuba que es una organización de la Iglesia Católica, y Adolfo J. Castañeda licenciado en teología moral de la Academia Alfonsiana en Roma y Director de Programas Educativos de Vida Humana Internacional.

En todo caso, el derecho a la vida desde la concepción es el primero y más importante de todos los derechos humanos, y, por lo tanto, la autorización del aborto en cualquier forma significaría admitir la monstruosa idea de que algunas vidas humanas no merecen ser protegidas por la sociedad y el Estado.

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