Julio Valle Castillo, en su reciente antología El Siglo de la Poesía en Nicaragua, afirma que la nuestra “es una república de poetas, a despecho de Platón y una república inventada por la poesía”. La literatura ha sido parte sustancial de la formación de la nación, no porque haya sido nacionalista en sus postulados externos, pues de ella está ausente la retórica patriótica, sino como resultado del descubrimiento y reinvención de los elementos variados que la integran, en que consiste el mismo proceso creador. Ha sido éste un largo proceso de recuperación de lo español, lo colonial y lo indígena, de integración de lo africano y caribeño, a partir de la gran toma de conciencia que significó la revolución modernista encabezada por Rubén Darío. Él fue el primero en señalar dónde había que hundir la piqueta, en esta labor verdaderamente arqueológica, en busca de los principios, en su doble sentido, de origen y fundamento de nuestro ser, señalando hacia Palenque y Utatlán y hacia el paisaje donde pastaba el buey de la niñez, “en la hacienda fecunda, plena de la armonía del trópico”. Desde entonces, verso a verso, nuestros vates han ido trazando las líneas de la patria: darnos voz ante el mundo es darnos un rostro, una figura, un ser, una presencia.
Ha sido Pablo Antonio Cuadra quien más ha reflexionado sobre el aporte de la creación literaria a la nación. En su cátedra de literatura centroamericana, dictada en la Universidad de Texas, registró de manera magistral el recorrido de esta toma de conciencia nacional a través de la escritura. Con Darío hablamos por vez primera ante el mundo, “antes de Darío, nuestra nacionalidad era infante”, nos dice. La obsesión de Cuadra por interpretar y hacer de la poesía parte fundamental del proceso de creación de la nación, llega al punto de titular Himno Nacional uno de sus más hermosos poemas y declarar a Darío “héroe de nuestra independencia cultural”. Esto, que pareciera una elaboración meramente poética, es corroborado por la más reciente revisión crítica de las teorías de Hobsbawm y Gellner sobre el surgimiento de las nacionalidades. Comunidad de conciencia, sentido de pertenencia, identidad y proyecto, la nación existe gracias a un ejercicio de imaginación, tanto colectivo como personal, en donde la creación de textos escritos en lengua vernácula desempeña un papel de primera importancia. “Una comunidad, política, religiosa o del tipo que sea, es esencialmente una creación de la comunicación humana”, afirma Adrian Hastings, en La Construcción de las Nacionalidades. El paso de la oralidad a la escritura de la lengua vernácula, representa el paso del Rubicón en la senda de la nacionalidad: “Las lenguas orales son propias de las etnias; las lenguas vernáculas ampliamente escritas lo son de las naciones”.
El aporte del Modernismo encabezado por Darío y de las generaciones posteriores, Vanguardia y Postvanguardia, a la creación de la nación, no se comprende en su entera magnitud si no tomamos en consideración la ausencia del Romanticismo en Centroamérica y Nicaragua y el particular carácter que éste adquirió en otras partes de Hispanoamérica. De difícil definición, por los contradictorios elementos que encierra, el Romanticismo europeo fue esencialmente una reacción frente a la Ilustración y sus postulados básicos. Frente al retraso, debilidad y superficialidad de nuestro racionalismo ilustrado, el Romanticismo hispanoamericano, allá donde lo hubo, consistió no tanto en demoler las nociones de orden y progreso, de los ideales clásicos, como en responder a la necesidad de una expresión propia americana y en la idea de la voluntad y el hombre como acción, voluntarismo de estirpe byroniana que, en Francia, representó Víctor Hugo. Bello, traductor de Byron y de Hugo, desde posiciones neoclásicas, declara la necesidad de nuestra independencia intelectual, llamando a la poesía a dejar la culta Europa y dirigir el vuelo “adonde te abre el mundo de Colón su grande escena”. José Victorino Lastarria exige que la literatura sea “la expresión auténtica de nuestra nacionalidad”.
Nuestros románticos, como afirma Pedro Henríquez Ureña, más que disidentes o marginados sociales fueron exiliados y perseguidos políticos: estuvieron más ligados a los primeros románticos europeos, más cerca de Wordsworth o de Shelley, de Byron y de Víctor Hugo. Fueron hombres de letras y a la vez hombres de acción quienes encabezaron los dos movimientos nacionales más importantes, la Reforma en México y la lucha contra Rosas y la reconstrucción orgánica en Argentina, apoyados en una gran producción literaria. Juárez, José María Luis Mora, Alberdi, Mitre, Sarmiento, son algunos de esos nombres. A ellos se unen los de Francisco Bilbao, Manuel González Prada y Juan Montalvo; progenie de apóstoles que llega hasta Martí y constituye la gran tradición americana de la que Rubén es heredero. La poesía romántica hispanoamericana, en toda su primera etapa, cumplió una función docente, nacionalista, socializadora, donde el yo individual fue sustituido por el yo colectivo. No fue una crítica de la modernidad, como en Europa, sino parte integral de la modernización y secularización, impregnada de las ideas liberales; fue una verdadera poética de la nación. Nada de esto hubo en Centroamérica, donde la guerra civil y la anarquía impidió todo florecimiento cultural, donde al sabio ilustrado don José Cecilio del Valle se le escamotea el triunfo en las primeras elecciones a Presidente de la República Federal; donde Morazán muere fusilado en San José de Costa Rica; donde, en literatura, apenas sobresalen los esfuerzos solitarios de un Pepe Batres Montúfar y un José Milla y Vidaurre.
El Modernismo hispanoamericano fue, como lo expresara Octavio Paz, “otra” versión del Romanticismo. Desarrolló en Nicaragua y Centroamérica las ideas del Romanticismo que no habíamos tenido; reacción, no contra el Clasicismo, sino contra la idea de progreso encarnada por el positivismo y, a la vez, contribución a la nación a través principalmente de la búsqueda de una expresión propia. El cosmopolitismo modernista careció del sentido clásico ilustrado, fue un gesto de igualamiento con las naciones civilizadas, una forma de conversar con todas las culturas del presente y del pasado, desde una condición que se reconoce diferente; fue, en este sentido, una carta de ciudadanía y un pasaporte para viajar por la historia y por el mundo. Cosmopolitismo de gran ciudad, París o Buenos Aires, para ir al encuentro de la pluralidad romántica, en la que tienen cabida, en pie de igualdad, todas las civilizaciones y culturas, todas las formas de belleza, todas las filosofías y expresiones de la verdad. Esta última es la idea perdurable de Herder: ruptura con los modelos en la estética que afectará, también, a la ética y a la política. Cosmopolitismo cuya otra cara es la interpretación dariana de una América para la humanidad, frente a la América del Gran Cazador, Alejandro-Nabucodonosor; Hispanoamérica como otra versión de Occidente, diferente y acaso incompatible con la representada por el mundo anglosajón.
La nación que nos enseñan nuestros poetas a lo largo de las páginas de esta formidable antología de Valle Castillo, —incompleta, en formación, como todas las antologías— es la de una múltiple y diversa, en constante creación. Visión dinámica y heterogénea, articulada no tanto por las leyes de la arquitectura como por las de la armonía musical, extenso poema inacabado en donde cada poeta es una voz en busca de otras voces: una nación para la libertad.
Frente a este inmenso legado de creación, del lado opuesto, se levantan los cementerios, las ruinas y paredones de fusilamiento, el desierto lleno de lobos y alimañas que habitan los políticos. La lectura que de nuestra poesía deben hacer estos últimos, desde el silencio estéril o la palabrería que ha seguido al ruido de los cañones, debemos dejarla para otra oportunidad. Baste por hoy resaltar la deuda que la Patria tiene con sus poetas y la necesidad de añadir al monumento escrito que hoy comentamos, en merecido homenaje, un monumento físico en una de las plazas más anchas y transitadas de Managua.