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“ Recuerdos del Alhambra”
Gabriel Pasos Wolff
El autor es abogado granadino

Por un poco más de cien años ha funcionado en la ciudad de Granada un hotel llamado Alhambra, como un recuerdo y reconocimiento a nuestra ascendencia andaluza, de lo cual nos sentimos orgullosos, porque nos ha hecho vivir, en medio de tantas vicisitudes, alegres y abiertos, guardando las distancias, como lo practican en nuestra hermana Granada de España.

En los primeros días del mes de agosto de l953, como un reguero de pólvora se esparció en la ciudad que su querido Hotel Alhambra se estaba cayendo a consecuencia de un desplome de la pared central y los sabios de la época declararon imposible evitar su derrumbe. Durante varios días y noches los granadinos concurrían al Parque Colón, porque no querían perderse del momento que sucediera la tragedia, la cual consideraban como una caída anunciada, parodiando a García Márquez. El edificio del hotel era una casa de dos pisos, como la casa que actualmente existe, situada calle de por medio del Club de Granada, la cual fue por muchos años residencia y centro comercial de mi recordado abuelo don Simón Wolff, y ahora restaurado para Hotel Plaza Colón. Durante los primeros 50 años, el Hotel Alhambra fue manejado por el caballero italiano don Hércules Ferreti, de vestir diario de traje blanco y corbata negra. Con él trabajaban dos personajes folclóricos de la ciudad: Arnoldo y Cabalceta. A principios de los años noventa, estando en París, llegó al hotel a visitarme don Carlos Barrios, en esa época Embajador de Nicaragua en Francia y después de saludarme, lo primero que hizo fue preguntarme por don Herculiche como amistosamente se le llamaba a don Hércules, y por Arnoldo y Cabalceta, a quienes conocía de joven cuando llegaba a Granada.

Parece mentira, actualmente viven muy pocas personas con quienes pueda conversar o bromear sobre hechos y anécdotas de esa época, pues ya partieron o su memoria les es infiel. Así es la vida de corta, se convierte en una gran estafa, porque cuando una comienza a conocerla y disfrutar de ella se va para nunca volver. Démosle gracias al Señor, los que aún medio podemos.

En estos cien años de vida el Hotel Alhambra ha contribuido a la vida y desarrollo de la ciudad, pues ha servido de hospedaje a destacados políticos, hombres de negocios, intelectuales, nacionales y extranjeros que por uno u otro motivo han visitado la ciudad, y no se diga ahora con la actividades turísticas y convenciones. Sería de nunca acabar mencionar sus nombres y actividades, pero sí quiero aprovechar la oportunidad para recordar la permanencia en el hotel de mi amigo y notable ciudadano, doctor René Schick Gutiérrez.

A comienzo de los años cuarenta el doctor Schick era Magistrado de la Corte de Apelaciones de Oriente y Medio Día, y además, profesor de Derecho en la Universidad de Oriente y Medio Día. Yo era uno de sus alumnos. Algunas tardes, al terminar sus clases salíamos juntos a pasear y cenar y, desde luego, tomábamos algunos nepentes como le llamábamos en esos tiempos, poéticamente, a los tragos de licor. En una de esas tantas salidas nocturnas, cuando regresábamos a casa el doctor Schick me invitó a que fuéramos a su cuarto del Hotel Alhambra, donde él vivía, para tomar una copa de vino de una botella que le habían regalado. Desde luego acepté su invitación y después de un rato de agradable conversación, me dijo el doctor Schick: “Gabriel, si tú llegas a la Presidencia me nombras Ministro de Relaciones Exteriores”. Yo, inmediatamente le contesté que sí, pero con una condición: “Si tú eres el que llega a la Presidencia, me nombras a mí”. “Aceptado” me dijo René. Mucho tiempo después, en el año 1963, el doctor Schick fue electo Presidente de Nicaragua.

Poco ante de tomar posesión, vino a Granada al entierro de su ex compañero, el magistrado Constantino Meneses. Estando también en el cementerio, se me acercó un edecán y me dijo que el doctor Schick quería hablar conmigo, que lo esperara en una de las callecitas internas del cementerio. Así lo hice. Al poco tiempo llegó, solo, el doctor Schick. Después de saludarnos y felicitarlo, me dijo: “Vengo a cumplir el acuerdo que hicimos en el Hotel Alhambra, nombrándote Ministro de Relaciones Exteriores”. Yo me excusaba y le decía que aquello era una broma, no tenía ninguna obligación, pero como él insistía. Recuerdo que al final le dije: “René, el problema es la familia Somoza. En el año 1954 fui torturado 24 horas, en el baño de la Casa Presidencial, y yo no quiero nada con ellos. Puedo perdonar, como cristiano, pero no olvidar, y casi seguro también yo no soy del agrado de ellos. De todas maneras te agradezco y lo pensaré”. Al despedirnos el doctor me dijo: “Yo seré el Presidente, si me aceptas te nombro, pues yo soy el que mandaré en mi Gobierno, nadie más intervendrá en mis nombramientos”. Yo nunca le acepté, pero de vez en cuando lo visitaba y me hablaba de sus planes y proyecciones de hacer a Nicaragua un país verdaderamente democrático, con libertades absolutas, sin corrupción, etc.

Desafortunadamente su muerte prematura y el error, a mi juicio, del Partido Conservador, de haberse abstenido de ir a las elecciones, contribuyeron para que René Schick no fuera la bisagra entre la dictadura y la democracia, como lo fueron Adolfo Suárez, en España y Juan Manuel Gálvez, en Honduras. Cuanta tragedia nos hubiéramos evitado.

Hoy tanto en Granada, como en el resto del país, se necesitan más hoteles para atender la gran corriente turística que nos visita y roguemos al Señor para que así continué; que no se interrumpa, a pesar de los problemas que tenemos, para bien de todos los nicaragüenses, pues como dije en un artículo anterior, la industria turística baña con sus ingresos a todas las clases económicas, sin importarles pelo, color ni tamaño. Igual al invierno, que cuando llueve todos se mojan.

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