Los presidentes de Nicaragua y Honduras, Enrique Bolaños y Manuel Zelaya, respectivamente, celebraron ayer el 150 aniversario de la Batalla de San Jacinto, ocurrida el 14 de septiembre de 1856, que terminó con la corta dictadura impuesta por el filibustero estadounidense William Walker.
Los presidentes, que viajaron hasta la histórica Hacienda San Jacinto, acompañados por otros representantes de Estado del resto de Centroamérica, resaltaron la unidad que se dio en el istmo para poder derrotar a Walker.
“Grandes batallas (...) por nuestro espíritu unionista centroamericano, y además por nuestro deseo ferviente por tener una verdadera independencia, por ser libres, por tener soberanía, identidad y por tener un pueblo digno, donde prevalezcan la justicia, la paz y la democracia”, dijo Zelaya.
El mandatario hondureño, quien no negó ser descendiente del caudillo liberal nicaragüense José Santos Zelaya, quien dirigió una revolución en 1893, añadió que Centroamérica siempre ha sido una zona interesante, inclusive para fuerzas externas a la región.
“Wiliam Walker significó el retroceso a épocas de barbarie, la negación a una civilización incipiente, que nacía en Centroamérica; Walker representaba la esclavitud, la expropiación de propiedades valiosas de diferentes grupos sociales”, indicó Zelaya.
Aunque en la celebración estaban supuestos a participar los presidentes de Costa Rica, El Salvador y Guatemala, al final los gobiernos de esas naciones enviaron a delegados.
El presidente Enrique Bolaños lamentó que la llegada de Walker a Nicaragua respondiera a la pugna interna que liberales y conservadores de la época protagonizaban en busca del poder. Añadió que el acto era “un homenaje a los que ofrendaron sus vidas en socorro de un país hermano”.