El domingo pasado, el Canal 2 de Televisión ofreció a sus teleespectadores la primera parte de la película Hitler: El ascenso del mal, cuya segunda parte y final será presentada mañana, domingo 10 de septiembre, en horas de la noche. Se trata de una producción canadiense filmada para televisión, que fue adaptada de un libro titulado Führer del escritor Allan Prior, en el que se describe la formación del Partido Nacional Socialista (nazi) de Alemania y el ascenso de Adolfo Hitler al poder político.
En el contexto de esos hechos históricos, algo que llama poderosamente la atención es el fenómeno de que Hitler, a pesar de que fue uno de los gobernantes más totalitarios y criminales de la historia sin embargo subió al poder de manera democrática, o mejor dicho, aprovechándose de las libertades y las oportunidades políticas que ofrece la democracia. Y por eso, la presentación de esta película por medio de la televisión abierta —pues ya había sido proyectada en los canales de cable—, resulta muy oportuna en las actuales circunstancias políticas de Nicaragua, particularmente ante la sombría posibilidad de que se vuelva a instalar en el país una dictadura.
En efecto, la subida de Hitler al poder en la Alemania de 1933 demostró ya desde entonces que la democracia no sólo es utilizada por los demócratas para cultivar, fortalecer y desarrollar el sistema de vida y de gobierno basado en la libertad y la vigencia de los derechos humanos, sino que también los enemigos de la libertad y la democracia la pueden utilizar con el fin de quebrantarla, inclusive de liquidarla. Más específicamente, el ascenso de Adolfo Hitler al poder usando los medios democráticos, demostró que en condiciones de bancarrota moral de la clase política y de la sociedad, cuando mucha gente sufre agudos problemas económicos e imperan la corrupción y el irrespeto a las instituciones, a la justicia y a la ley, una importante parte de la población puede sentirse proclive al estatismo y a la dictadura. Y en tales circunstancias, algún líder carismático y demagógico podría obtener suficientes votos para ganar una elección y, una vez en el poder, imponer la dictadura, el autoritarismo y el totalitarismo.
En Nicaragua se ha dicho con insistencia que no es correcto hablar de diferencias y oposición entre fuerzas democráticas y FSLN, porque el sólo hecho de participar en las elecciones hace de un partido político una fuerza democrática. Pero eso no es cierto. En las elecciones democráticas pueden participar —y de hecho participan— también fuerzas antidemocráticas, inclusive totalitarias. Esto es así porque la democracia, para ser integral y genuina tiene que garantizar los derechos y la participación de todos los sujetos políticos de la sociedad, incluyendo a enemigos del mismo sistema democrático.
Por otro lado, si la democracia es una forma de gobierno que se basa en la voluntad electoral de la mayoría, ¿qué se puede hacer cuando la mayor parte de los electores, por la razón que sea elige de manera consciente y libre a un individuo y un partido cuyo objetivo es liquidar el sistema democrático? ¿Acaso no es eso lo que está ocurriendo en Venezuela y Bolivia, donde Hugo Chávez y Evo Morales subieron al poder —como Adolfo Hitler— aprovechando el voto popular mayoritario, pero ahora están tratando de imponer dictaduras vitalicias, como la de los hermanos Castro en Cuba?
Este es un grave problema que afrontan ahora muchos pueblos de América Latina, debido al incremento de la influencia de los partidos e ideologías de izquierda. Lo cual, por cierto, no tendría mayor importancia si todos los partidos y líderes de izquierda fuesen al mismo tiempo democráticos, como los presidentes Lula da Silva, de Brasil; Michele Bachelet, de Chile; Tabaré Vázquez, de Uruguay; y Alan García, de Perú, quienes impulsan sus programas de justicia social y reformas estructurales sin atentar contra la democracia ni menoscabar y mucho menos suprimir las libertades de sus gobernados.
Lo malo es que no todos los líderes de izquierda son democráticos, y algunos sólo aprovechan la democracia para subir al poder y terminar con ella. Y la única manera de impedirlo es que los ciudadanos sean capaces de elegir con responsabilidad, que no se dejen seducir por cantos de sirena que les ofrecen amor, reconciliación y ríos de leche y miel, pero lo que hacen es hundirlos en más pobreza y arrebatarles la libertad.