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Cuba o la primavera que no llega
Alberto L. Alemán Aguirre

En el siglo XIX, una ola de cambios y revoluciones impulsó la renovación democrática, al insuflar aire a los vetustos regímenes monárquicos de Europa. Se le llamó la “primavera de los pueblos”.

En 1989 y 1990, la caída de las “democracias populares”, como se llamaba a los sistemas comunistas de la Europa del Este, fue comparada con aquella memorable época histórica y bautizada como otra “primavera de los pueblos”.

En 1990, todo mundo daba por descontado que el régimen comunista cubano tenía sus días contados. Era un muerto andante. Se creyó que Fidel Castro era un dinosaurio a punto de expirar.

Pese al colapso económico por la desaparición del subsidio soviético y la pérdida de Rusia — la heredera legal de la URSS— de su estatus de superpotencia, el castrismo se las ingenió para sobrevivir. Hoy incluso su economía crece y las tímidas medidas liberalizadoras que permitieron un florecimiento de las iniciativas privadas, han sido suprimidas.

¿Cómo ha podido ser este régimen tan longevo? No es posible hacer aquí un análisis profundo. Cuando algún día acabe la opresión castrista, deberá hacerse un serio estudio sociológico, politológico y de psicología social para poder explicar su persistencia.

Es probable que haya un cierto nivel de apoyo, pero cuánto, es imposible saber. Los cubanos, como lo vivieron antes los soviéticos, deben vivir dos vidas: una pública y una privada. En la primera no cabe la crítica al régimen, y disentir puede significar la muerte, la cárcel, la persecución o al menos ser un paria social.

El repentino anuncio del deterioro de la salud del dictador abrió especulaciones. Como es típico del totalitarismo, todo quedó en el mayor secreto. Se justificó con el cuento de “una posible agresión imperialista” y se potenció la sensación de tensión con una movilización de seguridad.

Evidentemente, en Cuba no ha comenzado ninguna transición democrática. Ha habido una simple transferencia de poder a Raúl y a una dirección colectiva, y la ausencia de Fidel —por los motivos alegados o reales—, ha servido para un ensayo de lo que será la Cuba post-Fidel.

El país permaneció en calma; jamás hubo una situación revolucionaria, donde el régimen actual hubiese perdido el control de los acontecimientos o del aparato de seguridad. Incluso, Raúl tuvo la oportunidad de dirigir el país frente a la emergencia del huracán Ernesto. La defensa civil funcionó muy bien, como es habitual.

Hoy, Fidel dice que lo peor ya pasó y hasta insinuó que atenderá a los mandatarios del Movimiento de los No Alineados, cuya cumbre comienza el lunes en La Habana.

En 1975, Occidente y el bloque soviético firmaron los Acuerdos de Helsinki. Esto forzó un mayor respeto hacia los derechos humanos en los países comunistas, fomentó la cooperación económica, cultural y los intercambios educativos. Con el tiempo, todo eso contribuyó a hacer realidad la última primavera de los pueblos.

Esos tratados internacionales fueron en su momento considerados por el bloque soviético como un reconocimiento a su legitimidad. Pero sus dirigentes no calcularon que también daban a las democracias, al fin de cuentas, instrumentos para exigir medidas que dieran más libertad tras la Cortina de Hierro.

Estados Unidos influirá mucho en el futuro de Cuba. El numeroso exilio cubano y sus propios intereses económico-políticos le obligan. La influencia del exilio determina la política hacia Cuba: continuación del embargo, medidas duras y nada de apertura.

Los recientes acontecimientos deberían forzar una reevaluación , pues el embargo no acabó con Castro, y entre otras cosas, puede discutirse: ¿ podría llegarse a algo como los acuerdos de Helsinki?

Mientras, los sueños de una primavera cubana siguen esperando.

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