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¿Reconciliación o manipulación?

Al parecer, la principal táctica o señuelo del orteguismo para atraer votos es el discurso del perdón y reconciliación. Y hay que admitir que la idea es buena, atractiva y, hasta cierto punto, convincente; al menos lo ha sido para algunos grupos políticos, así como líderes religiosos.

En realidad, todas las personas quisieran vivir y trabajar en paz. La gran mayoría de nicaragüenses desea que las asonadas que rayan en conatos de golpes de Estado, organizadas por el Frente Sandinista a través de sus organizaciones de masa —estudiantes universitarios, transportistas y miembros del Frente Nacional de los Trabajadores (FNT)— por fin cesaran. También quisiera que la impunidad de políticos delincuentes y la corrupción de magistrados y jueces adictos a narcodólares fueran cosa del pasado. Pero siguen y seguirán allí porque se han institucionalizado.

Algunos dicen que no hay que escarbar el pasado sino que hay que concentrarse en el futuro. Pero lo único que se tiene para prever el futuro es la experiencia acumulada. Así que, aunque el llamado al perdón y a la reconciliación suene bonito, lo cierto es que el mismo Daniel Ortega demuestra que su planteamiento no es más que una estrategia para tratar de ganar las elecciones. Si esto ocurriera, el orteguismo tendría el poder suficiente para establecer una dictadura. El FSLN ya controla el Poder Judicial y el Poder Electoral. En el Legislativo, aunque no es mayoría, tiene la capacidad de aprobar las leyes a su gusto, amenazando a los diputados arnoldistas con enviar a La Modelo a su jefe. De manera que lo único que les queda por conquistar es el Poder Ejecutivo.

Pero más que un llamado repentino e impulsivo; más que una estrategia electoral, el perdón y la reconciliación demandan procedimientos y actitudes concretas y consistentes. Por ejemplo, el que busca perdón debe estar dispuesto a admitir su culpa, reparar los daños causados y rectificar su conducta. Es este sentido que Juan Pablo II dijo en su Encíclica Rico en Misericordia: “Es obvio que una exigencia tan grande de perdón no anula las objetivas exigencias de justicia. La justicia rectamente entendida constituye por así decirlo, la finalidad del perdón. En ningún paso del mensaje evangélico, el perdón, ni siquiera la misericordia como su fuente, significan indulgencia para con el mal, para con el escándalo, la injusticia, el ultraje cometido. En todo caso, la reparación del mal o del escándalo, el resarcimiento por la injusticia, la satisfacción del ultraje, son condición del perdón”.

Cuando alguien plantea la necesidad del perdón, hay que preguntarle de inmediato a quién hay que perdonar (uno no puede perdonar a ciegas); quién debe perdonar a quién (son los victimarios y no las víctimas las que deben solicitar el perdón), por qué ofensas o daños específicos (lo cual evidencia la necesidad de hurgar el pasado) y, además, si es posible, cómo piensa compensar el daño cometido. Una vez definidos estos términos, se puede hablar de reconciliación.

Hacer alianzas sobre la base de un llamado abstracto e irresponsable a la reconciliación es participar de una confusión insana del bien y el mal; de lo justo e injusto; de la manipulación de la verdad. Como dice José Artigas: “No conseguiremos jamás el progreso de nuestra felicidad si la maldad se perpetúa al abrigo de la inocencia. Llegado es el tiempo en que triunfe la virtud y que los perversos no se confundan con los buenos”. Por eso, para que una sociedad en conflicto, como la nicaragüense, alcance la reconciliación es necesario hurgar en el pasado, buscar ahí las verdaderas causas que han producido el actual estado de cosas y distribuir responsabilidades. Karl Jaspers dice que uno debe sentirse responsable individualmente por todos los daños morales que cometió directamente o contribuyó a que se cometieran en un régimen político perverso. De lo contrario, lo que se busca es simplemente gozar de impunidad.

En vista de la fuerte polarización de la sociedad nicaragüense el llamado al perdón y la reconciliación es legítimo y necesario. Pero, la prédica reconciliacionista del orteguismo, puesto que es una estratagema para conseguir votos, carece de credibilidad y validez. Peor aún, es una evidencia de que los orteguistas no han cambiado y que siguen siendo los mismos manipuladores del pasado.

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