Managua
11:41 pm
04.09.06
Regístrese gratis aquí  |  Administre su perfil de usuario  |   
Portada
Última Hora
Política
Nacionales
Economía
Campo & Agro
Regionales
Editorial
Deportes
Sucesos
Internacionales
Opinión
Revista
Vida Social
Cartas al Director
Caricaturas
Agenda de Eventos
Eventos Empresariales
Tecnología
Religión y Fe
Mosaico
Entrevista
Enfoque
Hablemos del Idioma
Noticias >> Opinión
Por una nueva estrategia para superar el subdesarrollo
José Esteban González Rappaccioli
El autor fue fundador de la CPDH

El presupuesto anual de defensa de Estados Unidos ronda los 450 billones de dólares. Para mejor entenderlo, es conveniente visualizarlo: US$ 450,000,000,000, es decir, cuatrocientos cincuenta mil veces un millón de dólares. Para acumular esta suma se necesitarían miles de lingotes de oro y si lo tradujéramos en billetes de US$100, puestos uno encima del otro, representaría una pila de 450 kilómetros de altura.

Considerando que el presupuesto anual de Nicaragua, incluyendo el servicio de la deuda externa, es de 1,000 millones de dólares, el presupuesto anual de defensa de Estados Unidos bastaría para cubrir nuestro presupuesto nacional durante 450 años. Si se repartiera a la población, se le podría entregar unos cien mil dólares a cada nicaragüense, incluyendo a los lactantes. Notemos, sin embargo, que estas cifras corresponden únicamente a una parte del presupuesto federal y no incluye los presupuestos de cada Estado.

En Estados Unidos, las universidades se cuentan por millares. Los centros de investigación públicos y privados no cesan de producir descubrimientos e innovaciones tecnológicas. Igual sucede en el campo cultural y deportivo: las bibliotecas públicas, las orquestas sinfónicas, las salas de conciertos, los polideportivos y estadios se cuentan por miles.

Este portentoso país cuya capacidad económica, técnica, educativa y cultural desafía la imaginación, canaliza anualmente miles de millones de dólares en ayuda al desarrollo y envía a decenas de miles de jóvenes de ambos sexos a prestar servicio voluntario en lugares y condiciones que ni siquiera los nacionales aceptarían soportar. Sin embargo, en muchos países receptores esta mega superpotencia no es percibida como benefactora sino, al contrario, como responsable de su pobreza. Los canales de TV internacionales transmiten regularmente escenas de multitudes enardecidas quemando la bandera norteamericana y gritando “Yanqui, go home”.

Algo similar ocurre con respecto a Europa. Tanto los países individualmente como la Unión Europea propiamente dicha consagran a la ayuda para el desarrollo sumas probablemente mayores que las gastadas por los Estados Unidos. ¿Y qué decir de las enormes cantidades consagradas por Japón, Taiwán, Corea del Sur y otros países industrializados de Asia?

¿Qué deberían hacer los países industrializados para ser percibidos como potencias benéficas? ¿Repartir más dinero? Ciertamente no y mucho menos entregárselo directamente a los gobiernos. Sabemos de sobra a dónde iría a parar buena parte de esos recursos.

Tiene que haber una mejor forma de hacer las cosas. La ayuda de los países industrializados a países subdesarrollados se debería canalizar a aquellos países donde puede tener mayor efecto multiplicador, al más corto plazo y debería incluir el compromiso del país receptor de convertirse, a su vez, en benefactor de terceros países. En América Latina, por ejemplo, la ayuda se debería canalizar prioritariamente a países políticamente estables que ya disfrutan de un nivel de desarrollo más que mediano como Chile, Argentina, Uruguay y, posiblemente Costa Rica. En esta forma, se podría acelerar la entrada definitiva de estos países en el club de los países desarrollados.

¿Cómo proceder? El conjunto de países industrializados escogería según criterios objetivos a cinco países semidesarrollados para un primer programa quinquenal. Al cabo de ese primer quinquenio, los cinco países iniciales se convertirían en multiplicadores apadrinando a otros cinco países los cuales, al cabo de cinco años, deberían estar en posición de apadrinar a cinco más. Al cabo de 15 años, ya habría 20 países neodesarrollados en capacidad de apadrinar a veinte más y así sucesivamente.

La progresión sería, esquemáticamente, la siguiente: 1er. quinquenio (2007-2011): 5 países multiplicadores iniciales. 2do. quinquenio (2012-2016): 10 países multiplicadores. 3er. quinquenio (2017-2021): 20 países multiplicadores. 4to. quinquenio (2022-2026): 40 países multiplicadores. 5to. quinquenio (2027-2031): 80 países multiplicadores.

De esta manera, se puede prever que para 2031, en sólo 25 años, el conjunto de la humanidad podría alcanzar un estadio de desarrollo básico y que cada país contaría con los instrumentos técnicos, financieros y culturales para continuar su desarrollo.

Por supuesto, este planteamiento debería ser objeto de mayor estudio y de una planificación detallada por parte de expertos. Se evitaría así que los países industrializados, ya sea directamente o a través de la Naciones Unidas, continúen indefinidamente gastando miles de millones de dólares o de euros de sus contribuyentes para alimentar la avidez insaciable de los barones locales sin jamás llegar a la meta anhelada de una humanidad viviendo en paz y en razonable prosperidad. El procedimiento que proponemos sí permitiría alcanzar efectivamente tan ansiada meta.

Noticias Servicios Suplementos Especiales Publicidad Enlaces
Mapa del Sitio Nicas en el Exterior Contactos Ayuda
©LA PRENSA 2009 Aviso legal Política de privacidad Consultas y Sugerencias
Manual de Estilo de LA PRENSA
Fotorreportajes
Sucesos del 2006: Nicaragua
Búsqueda