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La segunda vuelta

La frecuencia con que están ocurriendo en el mundo elecciones con resultados muy parejos, ha venido a realzar la importancia del sistema electoral de dos vueltas; o sea, hacer una segunda votación cuando en la primera ningún candidato obtiene la mayoría absoluta de los sufragios.

Al respecto cabe señalar que si México tuviera el sistema de segunda vuelta electoral, se hubiera podido evitar el tremendo costo económico y político de la crisis provocada por el líder izquierdista Andrés López Obrador, quien se ha negado a reconocer su derrota en la elección presidencial del 2 de julio pasado porque la diferencia con la que perdió fue de unas cuantas décimas. Como es sabido, en esa elección Felipe Calderón ganó con el 35.89 por ciento de los votos, mientras que López Obrador consiguió el 35.31 por ciento. Ante una diferencia tan minúscula como esa y con un contendiente de izquierda tan agresivo como López Obrador — quien ha proclamado que “las movilizaciones son más importantes que las votaciones”—, cabía esperar que éste se negara a reconocer su derrota. Pero si México tuviera el sistema de dos vueltas, como ni Calderón ni López Obrador llegaron al 50 por ciento habrían tenido que medirse en una segunda ronda electoral.

El sistema electoral de dos vueltas, o balotaje, significa que para conseguir la victoria electoral se necesita obtener más de la mitad de los votos. Dicho con otras palabras, si en la primera votación uno de los candidatos consigue más de la mitad de los votos depositados por los electores, gana automáticamente; pero si ninguno de los contendientes obtiene esa mayoría calificada, entonces los que quedaron en primero y segundo lugar van a una segunda votación. De esa manera, el balotaje garantiza la participación política pluralista y al mismo tiempo asegura que el poder sea ejercido por personas que representen a la mayoría de la población, pues en nombre de todos los ciudadanos van a tomar decisiones trascendentales que afectarán —para bien o para mal— a toda la sociedad.

En Nicaragua existe el sistema electoral de dos vueltas desde la reforma constitucional de 1995, pero fue establecido de manera distorsionada. En efecto, la Constitución sandinista de 1987 consagraba el sistema de elección presidencial por mayoría relativa, es decir, que simplemente ganaba el candidato que obtenía más votos que los demás. Entonces los reformadores constitucionales de 1995 decidieron establecer el sistema de dos vueltas, pero en vez de condicionarlo a la mayoría absoluta, o sea más del cincuenta por ciento de los votos, lo que hicieron fue señalar que por mayoría relativa se debía entender el 40 por ciento de los votos y que si ningún candidato cruzaba ese umbral electoral, habría una segunda elección.

Semejante disparate fue empeorado por el pacto libero-sandinista del año 1999 y la reforma constitucional del 2000, mediante la cual, para facilitar el regreso de Daniel Ortega a la Presidencia de la República, el PLC y el FSLN decidieron que aunque por mayoría relativa se debe seguir entendiendo el 40 por ciento, sin embargo un candidato puede ganar con sólo el 35 por ciento de los votos siempre y cuando la diferencia con respecto al que quede en segundo lugar sea por lo menos de 5 por ciento.

El beneficio que obtuvo Arnoldo Alemán de esa enorme concesión a Daniel Ortega fue otra reforma constitucional por medio de la cual se consignó que el Presidente de la República, al terminar su mandato ejercerá el cargo de diputado nacional en el siguiente período de gobierno. De esa manera Alemán pretendía seguir gobernando el país desde la presidencia de la Asamblea Nacional, como se hacía en tiempos de la dictadura dinástica somocista. Sin embargo ese sórdido plan se cayó porque el presidente Bolaños no aceptó ser un pelele de Alemán, y más bien lo acusó por actos de corrupción e hizo que lo sacaran de la Asamblea y que lo juzgaran y condenaran.

Pero al pueblo democrático de Nicaragua aquella concesión de Arnoldo Alemán lo tiene ahora ante la angustiosa posibilidad de una victoria electoral de Daniel Ortega en primera vuelta, con sólo el 35 por ciento de los votos. A menos que uno de los candidatos democráticos quede en segundo lugar, con menos del cinco por ciento de diferencia, lo que forzaría la segunda vuelta en la que es inimaginable una victoria del ex dictador sandinista.

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