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Con Daniel Ortega todo sería distinto
La autora es sicóloga

María José Zamora

La posibilidad de que Daniel Ortega gane, “a las buenas o a las malas las próximas elecciones nacionales, ha obligado a muchos nicaragüenses a elucubrar sobre la dirección que tomaría Nicaragua, una vez que Ortega tuviera el control del Poder Ejecutivo que hoy por hoy es el único que no está a su servicio y bajo su mando.

Las predicciones son muy variadas: Algunos piensan que la sola presencia de un vicepresidente de “derecha”, empresario, culto y educado, dizque defensor de la democracia y por ende opositor a una posible dictadura sandinista, aseguraría la permanencia de un sistema respetuoso de la propiedad privada, la libertad de expresión, el libre comercio y las excelentes relaciones políticas y económicas que el actual gobierno mantiene con otros países.

Otros, indudablemente muy ingenuos, han tomado el acercamiento de ciertas figuras relevantes de la Iglesia Católica hacia el comandante Daniel Ortega, como un aval de sus promesas de cambio, unidad y reconciliación; y en un ejemplar acto de fe, se han creído que de llegar al poder don Daniel, todo sería distinto a los años ochenta, pues ya no promovería el odio de clases ni las invasiones de tierras, ni perseguiría a la oposición; más bien sería un Presidente tolerante, capaz de escuchar las críticas sin desatar ulteriores y trágicas represalias, invitaría a todos los partidos a colaborar en su gobierno; sería pues un Presidente para todos y todas y desmantelaría de una vez por todas la red de turbas divinas. Aparentemente, por el conciliador mensaje y afable sonrisa de su propaganda, el candidato del FSLN jamás volvería a permitir protestas con morteros, ni la quema de vehículos, ni la destrucción premeditada de la propiedad pública y privada. Ya no habría más tranques, no más protestas violentas, no más amenazas ni chantajes, porque con Daniel de Presidente todo sería paz y reconciliación bajo un cielo multicolor.

Algunos profesionales entendidos en temas económicos y otros politólogos expertos, aseguran que aunque Ortega quisiera poner en práctica los métodos dictatoriales y las torpes políticas económicas que caracterizaron su gobierno en los años ochenta, no le convendría hacerlo porque según ellos, Nicaragua como miembro del Cafta y parte de un mundo globalizado que exige a los países en vías de desarrollo estabilidad social y política para ser beneficiados con la cooperación internacional, quedaría a la zaga de tales prerrogativas que eventualmente provocaría un imparable caos económico y el consecuente estallido social. Además confían en que por ser ahora, los antiguos revolucionarios defensores del proletariado, los nuevos burgueses, y estar entre los más fuertes capitalistas nacionales, no tendrán interés en matar a la gallina de los huevos de oro.

Sin embargo, existe un escéptico grupo de ciudadanos, cuyo compromiso es con Nicaragua y no con un partido; cuya conciencia y honorabilidad no están a la venta; que padecieron y sufrieron indistintamente las dictaduras somocista y sandinista; y también soportaron el obligado exilio; que invariablemente vislumbran, con el triunfo de Daniel Ortega una muy larga y dolorosa noche oscura, plagada de venganza, guerra y hambre para el pueblo nicaragüense. Definitivamente que con Daniel todo sería distinto a lo que hoy tenemos: libertad, esperanza, paz y progreso.

El FSLN con gran éxito ha logrado dividir al electorado adverso, que es la mayoría. Este hábil plan, tomó forma y cobró fuerza al pactar con Arnoldo Alemán. Así, siendo grandes aliados en la intimidad y rabiosos enemigos ante el público, Alemán engañó al electorado que le dio su voto en 1996 cuando prometió fortalecer la democracia y poner fin al gobierno desde abajo que ejerce el FSLN; igual que promete hoy el doctor José Rizo Castellón, respaldado por una bancada que solamente vela por los intereses de un reducido grupo de inescrupulosos. La única manera de liberar a Nicaragua de este nefasto pacto, e impedir un posible fraude, es votar abrumadoramente este 5 de noviembre, por aquel candidato que además de capacidad, ofrezca la mayor posibilidad de derrotar a Daniel Ortega.

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