Su nombre suena como de varón, Alcestes, pero se trata de una mujer, que por cierto era muy bella —como casi todas las hembras de las antiguas leyendas griegas—, hija de Pelias, rey de Yolco.
Cuando Alcestes llegó a la edad casadera, muchos príncipes y nobles querían casarse con ella, atraídos por su extraordinaria hermosura y la fama de su bondad y dulzura de carácter.
Los enamorados de Alcestes se instalaron en la residencia de Pelias y sus alrededores, pues era costumbre en aquellos tiempos que los pretendientes se aposentaran en casa de la pretendida, o acamparan a su alrededor. Por eso en la leyenda de Odiseo —Ulises— su casa en Itaca es invadida por los enamorados de su esposa, Penélope, cuando él estuvo fuera por muchos años debido a la guerra de Troya y las peripecias de su largo regreso al hogar.
Cansado Pelias de la presencia de los pretendientes de Alcestes, dispuso que sólo concedería la mano de su hija a quien atrapara dos fieras del bosque, un león y un jabalí, y las atara a un carro para que lo condujeran.
Uno de los pretendientes de Alcestes era Admeto, rey de Tesalia, quien algún tiempo atrás había alojado en su casa a Apolo, el dios del sol y de la luz, cuando Zeus lo castigó enviándolo a la tierra por haber hecho algo que lo molestó. De manera que Admeto pidió a Apolo que le ayudara a cumplir la hazaña exigida por Pelias para dar en matrimonio a su hija Alcestes. Y Apolo, agradecido con Admeto por lo bien que éste lo había tratado, le dio un león y un jabalí domados para que pudiera satisfacer la exigencia de Pelias.
Así fue que Admeto se pudo casar con Alcestes. Sin embargo, se le olvidó invitar a Artemisa a la boda, lo que resintió a la diosa virgen, quien lo maldijo y le pronosticó una muerte prematura, a menos que alguien accediera voluntariamente a morir por él.
Pasó el tiempo y la vida matrimonial de Alcestes y Admeto transcurrió felizmente. Cómo no iban a ser felices si Alcestes era una mujer de esplendorosa belleza física y de incomparables cualidades espirituales y morales.
Pero un día Admeto enfermó gravemente y no podía ser curado con nada ni por nadie. Al ser consultado el Oráculo, éste recordó la antigua maldición de Artemisa y dijo que Admeto sólo podría salvar su vida si otra persona accedía a morir por él. Y como nadie quiso hacerlo, Alcestes decidió sacrificarse por su esposo y tomó un veneno para quitarse la vida a cambio de que él siguiera viviendo.
Cuando la sombra (alma) de Alcestes llegó al mundo de los muertos, Perséfone, la esposa de Hades —Plutón— consideró injusto que un ser tan bondadoso como aquella, hubiese muerto en sustitución del marido, y quiso devolverla al mundo de los vivos pero mucho más bella que como era anteriormente. Sin embargo Perséfone no podía llevar a Alcestes a la tierra, porque sólo le estaba permitido subir una vez cada año para anunciar el comienzo de la primavera.
Por esos días Heracles (Hércules) estaba de viaje por Tesalia y se había alojado en casa de Admeto. Agradecido por la hospitalidad de Admeto, Heracles se ofreció para ir al infierno a traer Alcestes. A ningún mortal le estaba permitido ir al mundo de los muertos y regresar al de los vivos. Sólo Heracles pudo ser capaz de acometer exitosamente tan grande hazaña.