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Buena vecindad
Alberto L. Alemán Aguirre

Costa Rica es el vecino más importante de Nicaragua. La nuestra es una relación histórica muy intensa, tanto como las que a veces ocurren entre dos seres que no pueden llevarse bien juntos, pero tampoco pueden separarse, una historia llena de altibajos. De amor y de odio.

Desde luego, hablamos en un sentido figurado. Los nicaragüenses pueden estar resentidos con los costarricenses por el trato que dan a los inmigrantes, y la xenofobia (léase “nicafobia”) es muy palpable en el país vecino, pero no creo que la mayoría aquí ni allá de verdad odie en el sentido real.

Nadie puede decir tampoco que todos los ticos son malos. Sería absurdo. Hay mucha gente positiva y buena.

Lastimosamente, los últimos ocho años no han sido los mejores. Son varios los episodios de “odio” (en sentido figurado). El conflicto por la navegación en el San Juan, la migración, los lastres de asuntos históricos irresolutos, y otras cosas, han afectado las relaciones.

Quizás nada haya agriado tanto nuestros lazos de vecindad como el diferendo por los derechos de navegación. A tal punto que se habló de la “sanjuanización” de los asuntos bilaterales. Todo por la actitud prepotente del ex presidente Miguel Ángel Rodríguez, quien en 1998 inició el reclamo de derechos inexistentes de su país sobre la vía acuática y la reinterpretación unilateral del Tratado Jerez-Cañas.

Afortunadamente, los gobiernos de Enrique Bolaños y Abel Pacheco declararon una tregua y el tono confrontativo desapareció.

Los vecinos decidieron, haciendo uso de su innegable derecho, ir a la Corte Internacional de Justicia de La Haya. Aunque será costoso, el juicio será una forma pacífica de arreglar las diferencias y eso es muy positivo.

Existe una agenda de otros temas, urgentes y de gran importancia, que ambos países deben resolver y nada mejor que el diálogo y la cooperación a la cual estamos forzados.

Por ello no se puede si no saludar que la semana pasada, ambos gobiernos revivieran la Comisión Binacional, cuya última reunión fue en Granada en 1997.

Tanto el tema de la demanda en La Haya como el del reclamo nicaragüense ante la CIDH por la retardación de justicia en los casos de Natividad Canda y José Ariel Urbina, quedaron fuera.

Es una lástima que el presidente Oscar Arias aún no haya visitado Nicaragua, pese a sus numerosos viajes al exterior. Arias parece esperar que sea elegido el futuro Presidente de Nicaragua.

Para mientras, es excelente la iniciativa de revivir las reuniones intergubernamentales.

Una extensión de permisos laborales para las domésticas, la restauración de hitos fronterizos y facilitar el movimiento de nicaragüenses que deseen venir a votar, están entre los acuerdos. Se avanzó en el tema migratorio, en desarrollo fronterizo y construcción.

Sin embargo, la reunión tuvo sus matices que pasaron inadvertidos.

La delegación tica fue más numerosa que la de Nicaragua. Ambas fueron encabezadas por los cancilleres, acompañados por varios funcionarios de alto y mediano rango.

Los representantes de Costa Rica presentaron un borrador con una agenda “muy extensa” que abarcaba muchos temas. Y no estaba exenta de ciertas trampas, pequeñas y sutiles.

“Acordate que tenemos un juicio en La Haya, y muchas cosas pueden tener repercusión posteriormente, las pueden usar como argumentos en tu contra en el juicio”, me comentó una fuente cercana a las negociaciones.

“Hay una obsesión de los ticos de convertir los actos de cortesía de Nicaragua, como pases de cortesía o permisos vecinales, en derechos”, explica un funcionario la estrategia de los vecinos.

Este comentó que el borrador original —que luego fue simplificado hasta un acta final de una docena de páginas— hacía una “excesiva referencia” a temas de seguridad.

El énfasis podría servir para reforzar su reclamo de navegación armada, proveer una justificación al aumento de los puestos fronterizos y la necesidad de su avituallamiento.

La reunión demuestra que Nicaragua está dispuesta al diálogo, desde la defensa de sus intereses y derechos.

Hemos visto un avance. Estas reuniones deben celebrarse con regularidad. Son un acto de “amor”, en el sentido figurado. Porque, como bien lo reconoció el vicecanciller costarricense, Edgard Ugalde, el nuestro es “un matrimonio difícil de disolver”.

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