En la edición del viernes 13 de octubre LA PRENSA reportó que Daniel Ortega viajó a Waspam como parte de su campaña electoral y ahí lanzó una oferta de candidato presidencial a las comunidades miskitas despojadas y abusadas por el Ejército Popular Sandinista durante la operación conocida como Navidad Roja. Dicha oferta consistió en resarcir materialmente a todas las familias afectadas. La oferta parece buena a simple vista. Pero cuando se le examina más de cerca, se concluye que hay en ella algunas cosas que, en definitiva, no están bien.
No está bien, por ejemplo, que Ortega condicione el cumplimiento de esta promesa a que sus víctimas le den el voto para llevarlo de nuevo a la presidencia de Nicaragua. El resarcimiento por las ofensas cometidas —si es sincero— tiene que ser incondicional. De lo contrario, se pone en tela de duda la sinceridad de las intenciones, incluso del arrepentimiento. Pero la triste verdad es que Ortega ve a estas personas como instrumentos para sus ambiciones presidenciales y su ceguera no le permite entender que su propuesta es imprudente porque ofende e indigna a las comunidades miskitas de Waspam.
No está bien, además, que Ortega diga que va a indemnizar a los miskitos “que fueron afectados por la guerra”. Los miskitos no fueron afectados por un concepto impersonal (guerra) sino por Daniel Ortega y demás personas que ejercían altas posiciones de gobierno en el régimen sandi nista. Hay que llamar a las cosas por su nombre y dejar de esquivar responsabilidades, atribuyendo delitos graves como éste a “la guerra”. La “guerra” está dirigida por hombres con nombre y apellido. La “guerra” no era entre el Ejército sandinista y las comunidades miskitas. No fue “la guerra” la que asesinó y torturó miskitos sino soldados sandinistas con órdenes específicas de sus superiores. Daniel Ortega debería tener más entereza de carácter y admitir sin ambages su responsabilidad personal, así como la de los otros involucrados directamente en la operación Navidad Roja que ahora están siendo demandados ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), por los delitos de genocidio y de lesa humanidad.
Tampoco está bien que Daniel Ortega aspire otra vez a ser Presidente de la República. Él debió seguir los pasos de su hermano, Humberto, retirándose de la política activa y declinando su candidatura en favor de uno de sus compañeros y en aras de la paz y de la verdadera reconciliación de los nicaragüenses. Ortega ya tuvo su oportunidad y la desperdició miserablemente. Ya recibió el poder para hacer lo justo y lo correcto y decepcionó hasta a sus mismos camaradas que hoy militan en otros partidos. En él se cumplió el proverbio que dice: “Dale poder a un hombre y sabrás de qué material está hecho”. Además, el candidato del Frente Sandinista ya recibió el repudio de la mayoría del pueblo en tres ocasiones. ¿Qué más prueba quiere del repudio que inspira? Su figura evoca demasiados malos recuerdos, demasiadas arbitrariedades. El Frente Sandinista no va a ganar éstas ni las próximas elecciones hasta que en su interior ocurra una revolución que permita que cuadros de una generación más reciente le inyecten el frescor necesario que resulta de la libertad: libertad para disentir sin miedos; libertad para celebrar elecciones internas y elegir entre varios candidatos; libertad de un pasado triste y vergonzoso.
Pero mientras Daniel Ortega y su camarilla insistan en ser los dueños del Frente Sandinista, éste seguirá debilitándose y perdiendo más miembros. En efecto, el voto duro sandinista va descendiendo en cada elección. Daniel Ortega lo sabe muy bien y por eso negoció con Arnoldo Alemán la reforma constitucional que le permitiría ganar la Presidencia con sólo el 35 por ciento de los votos. Pero Ortega no llegará ni siquiera a eso y tendrá que ir a una segunda vuelta donde con toda seguridad va a perder.
Hasta aquellos que votan por Daniel Ortega como resultado de su agradecimiento por los favores recibidos —especialmente a través de la famosa piñata— quisieran que se retirara y dejara la renovación del partido a otra generación de sandinistas más a tono con el desarrollo político actual.
Así que vista de cerca, la oferta de Daniel Ortega a los miskitos no sólo no está bien sino que carece de sentido.