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Crisis energética mal gestionada ayuda a la toma del poder
Fernando José Bárcenas Molina
El autores ingeniero eléctrico

“Todos mis partidarios presidentes, como yo: usurpamos un honor que no merecíamos con un oficio que no sabíamos hacer. Algunos perseguían sólo el poder, pero la mayoría buscaba todavía menos: el empleo. Buen viaje Señor Presidente”. (Gabriel García Márquez).

Más que analizar las causas de la crisis energética y las acciones a seguir para enfrentarla, he deseado enfocar en este artículo la incapacidad que adolece el país para gestionar las crisis.

El sistema de dirección y de toma de decisiones que ha creado la burocracia parasitaria (que García Márquez retrata con profunda psicología en sus relatos), corresponde a la autonomía relativa que en un país atrasado, en determinadas circunstancias históricas, tiene esta capa social con relación a los sectores fundamentales de la sociedad. De ahí que no se le controle ni por la eficacia con que se debería ejecutar algún plan de desarrollo económico, ni se le evalúe por índices de resultados. Por ello, la burocracia política en su campaña electoral actual, más que a ganar las elecciones por algún mérito programático propio, apunta, simplemente, a que pierda el adversario. Así se explica la estrategia enrevesada de incrementar impunemente las crisis, aún en época electoral.

Por otro lado, cuando los cargos estratégicos de un país los ocupan personas que no saben su oficio (como reconoce el presidente derrocado de Martinica, en el cuento de García Márquez arriba mencionado), se toman decisiones al margen de la realidad. No sólo se pierde el tiempo con recriminaciones y ataques mutuos entre los funcionarios responsables (durante una crisis como la que enfrentamos en el sector energético), sino que hay una incapacidad real para entender la dinámica y la característica concreta de la crisis. Es decir, no hay método de análisis para determinar, con auxilio de especialistas, las fuerzas y los intereses en contradicción, en un tema estratégico tan fundamental para las perspectivas de desarrollo sostenible, en un mundo cada vez más competitivo e interrelacionado comercialmente. De manera que se adoptan soluciones falsas que, luego, se imponen a la realidad, aunque estas soluciones estén en oposición con la lógica simple.

Uno puede preguntarse: ¿se resuelve el problema energético inmediato con la solución que ofrece INE y los diputados de promover un arbitraje para sacar a Unión Fenosa del país, si lo que ocurre es que no hay actualmente suficientes generadores, eficientes y confiables, para abastecer la demanda; y el precio del petróleo (con el cual se genera el 72 por ciento de la electricidad del país) está más caro?

El ciudadano consciente exigiría, por el contrario, que el Estado adopte un rol efectivo. Primero, en definir el programa de subsidios a implementar en los sectores residenciales y en los sectores industriales estratégicos, en consonancia con los recursos disponibles en el presupuesto de la República. Segundo, en la estrategia a seguir para el abastecimiento confiable y a menor costo de la energía requerida, en función de la pendiente de crecimiento de la demanda (que debe estar orientada a la producción de bienes con alto valor agregado, y aplanada al máximo con austeridad y eficiencia).

En cambio, cuando no se hace nada, las leyes de la termodinámica explican que el universo tiende a la entropía. Esto quiere decir que la inercia y la negligencia de las capas políticas llevan al desorden, o sea, al equilibrio amorfo de una conciencia alienada. El hombre no es libre, sino que su existencia está condicionada por las condiciones materiales. Un programa partidario, precisamente, plantea un trabajo a realizar para transferir y concentrar energía en la solución específica de los problemas, bajo una visión estratégica propia. La idea de un plan estratégico, es tomar los recursos dispersos y dirigirlos consciente y eficientemente a un objetivo específico, modificando en torno a ese objetivo social la conciencia indiferenciada de la población. La burocracia parasitaria hace lo contrario, destruye los programas y los principios, diluye el pensamiento teórico en lugares comunes, forma alianzas multicolores sin contenido concreto, pierde identidad, y transfiere energía de la organización hacia la masa amorfa en busca de un equilibrio con los valores de esa conciencia enajenada. Trata, en suma, de identificarse con el ciudadano común, en lugar de ofrecerle a éste una visión que haga más decisivo su papel en la sociedad. Su objetivo es simplemente ganar elecciones (ya que sólo persigue el poder o, aún menos: el empleo, como escribe García Márquez), no construir una alternativa histórica de sociedad.

No hay ninguna sorpresa, por consiguiente, que en este caso no se gestione la crisis energética actual, sino lo contrario. Muy oportunamente, la historia alemana de los años treinta enseña que una crisis mal gestionada y fuera de control puede degenerar en un desastre económico y social, el cual permite a una burocracia emergente oportunista tomar el poder económico y político, incluso, por medios legales.

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