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No es cosa de juego

Después que se dio a conocer públicamente, la semana pasada, un simulacro de votación que hicieron estudiantes de la Universidad Centroamericana (UCA), de acuerdo con el cual Daniel Ortega ganaría la elección presidencial del próximo 5 de noviembre con el 37.5 por ciento de los sufragios; y luego de que la última encuesta de Cid Gallup indica también que el candidato sandinista podría alzarse con el triunfo electoral en primera y única vuelta, personas de tendencia democrática están considerando que quizás hasta sería útil que eso ocurriera, porque así mucha gente se desilusionaría de Ortega y el FSLN ante su incapacidad de cumplir las promesas populistas.

En realidad, tal como lo hemos dicho en otras ocasiones, la probabilidad de que Daniel Ortega gane la próxima elección presidencial se debe al pacto que hicieron Arnoldo Alemán y el PLC con Daniel Ortega y el FSLN, para permitirle al líder sandinista imponerse en la elección presidencial con sólo el 35 por ciento de los votos , siempre y cuando lo separe del segundo lugar “una diferencia mínima de cinco puntos porcentuales” tal como se dice en el Artículo 147 de la Constitución. O sea que gracias a Alemán y el PLC es que ahora Daniel Ortega puede alcanzar la Presidencia de la República con sólo el voto fiel que ha mantenido a lo largo de los últimos años.

Ahora bien, quienes están considerando que un nuevo gobierno sandinista desilusionaría a la mayor parte de la gente que sigue a Daniel Ortega, tienen razón en cuanto a que éste sería incapaz de cumplir sus promesas de sacar al país de la pobreza, de terminar con el desempleo, de dar educación y salud gratuita a todos los nicaragüenses, etc. Y tienen razón también en que la pérdida de gran parte del respaldo popular que Ortega goza hasta ahora, sería de mucho beneficio para Nicaragua.

Sin embargo, el precio que pagaría el país por ese desengaño de mucha gente que aún cree en Daniel Ortega y el FSLN sería enorme. En primer lugar, no sólo se detendría el proceso de crecimiento económico que ha venido teniendo Nicaragua en los últimos años, sino que volveríamos a retroceder como en la aciaga década ochenta. Otra vez como ocurrió durante el régimen sandinista, la economía nacional y la población nicaragüense sufrirían los efectos devastadores de las políticas populistas, izquierdistas y socialistas de Ortega y el FSLN. Comenzando por el control de las remesas familiares provenientes del extranjero, como ya lo amenazó el mismo Ortega.

No es cierto que el régimen sandinista fracasó por culpa de la guerra y “la agresión del imperialismo yanqui enemigo de la humanidad”, como asegura la propaganda orteguista. El desastre de la economía nacional fue provocado por el mismo régimen sandinista, fue consecuencia de la inviabilidad del proyecto económico izquierdista, o sea por la misma razón por la cual fracasaron y siguen fracasando económicamente todos los regímenes comunistas e izquierdistas aunque no hubieran tenido guerras.

Por otro lado, lo más probable es que un nuevo gobierno de Daniel Ortega atropellará las libertades públicas y los derechos humanos fundamentales de los nicaragüenses. Considerando la ideología totalitaria que sustentan Daniel Ortega y su partido, así como su reconocida aversión a los derechos que ellos llaman “burgueses”, con toda seguridad que volverán a restringir —o a suprimir del todo— las libertades de organización y movilización política, de libre tránsito dentro del país y hacia el exterior, de prensa y de expresión del pensamiento, etc.

Tampoco cabe esperar que los atropellos políticos y el agravamiento de las dificultades económicas que causaría un nuevo gobierno de Daniel Ortega, sólo serían por un lapso de cinco años. En realidad, una vez que Daniel Ortega logre su propósito de apoderarse de la Presidencia de la República, tratará —igual que los hermanos Castro en Cuba y Hugo Chávez en Venezuela— de quedarse para siempre en el poder, ya sea por medio de la fuerza bruta, militar y policíaca, o mediante amañadas reformas constitucionales que le permitan la reelección continua .

Con esto no se debe jugar. Si la mayoría de los ciudadanos no rechazan categóricamente a Daniel Ortega en las votaciones del 5 de noviembre, después no habrá tiempo para arrepentirse.

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