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REY DE LOS MONOS DE AMERRISQUE. Óleo sobre tela. Orlando Sobalvarro. (LA PRENSA/U. MOLINA )
El Amerrisque de Orlando Sobalvarro
Canto de Amerrisque reúne 73 pinturas de diferentes formatos, expuestas en la Sala de Arte Contemporáneo Julio Cortázar del Palacio Nacional de Cultura
Arnulfo Agüero

Eva en su Jardín con Búho, Puesta de Sol en Amerrisque, Tonos Tierras y Vaca Gris, Eclipse Entre los Astros, Serpiente Voladora, Atletas del Manchonal de Amerrisque son los títulos de algunas de las 73 obras del paisaje abstracto figurativo del pintor Orlando Sobalvarro, un chontaleño nacido en la Mina Jabalí, en 1943.

Canto de Amerrisque viene a ser su primera retrospectiva, su exposición de consagración y madurez, desde la visión cromática y temática, del paisaje chontaleño. Una muestra naturista que rescata los símbolos mesoamericanos y cristianos.

La Sierra Amerrisque para Sobalvarro es su vida, mito pictórico, sentir campestre y universal: vuelo de artista en la majestuosa cima del cerro Tumbe; caminata sobre las laderas áridas, abruptas y rocosas de sus faldas cubiertas de bosques y fauna, personificada en atlantes naturales que encantan y que se extienden a las mesetas de Cerro Alegre, las montañas de Huapí y Lago de Nicaragua.

Pintura enigmática y poética

No es el mérito de ser abstracta su obra lo que le da ese particular halo de misterio cosmogónico y que impresiona por su pureza cromática y precisión conceptual en lo concerniente a su “paisajística abstracta amerrisqueña”.

De su exposición, Tonos Terrenos y Paisajes Nicaragüenses, en el Museo de Arte Carrillo Gil, de México en noviembre de 1982, la crítica de arte, Raquel Tibol, reconocía plásticamente que las abstracciones y transfiguraciones de la obra de Sobalvarro, “son ventanas abiertas, hacia una herencia rescatada por él como materia prima para una poética visual, donde cielo y tierra, luz y tinieblas adquieren una densidad de antiguos símbolos mesoamericanos: ojos de búhos, picos de águilas, plumas de serpientes, alas de mariposas —quetzales, fauces de jaguares, lunas, y soles en eclipse, todo en un color de barro cocido y decorado”. Y continuaba diciendo: “Pintura enigmática la de Sobalvarro, como la invocación de chamán-astrónomo, como descripción de sabio gambusino (buscador de oro), que oye la música de las vetas, como invocación de campesino que quisiera cabalgar las nubes para domar las torrentes y sequías”.

En su última exposición personal titulada Sobalvarro, en el 2000, en galería Epicentro, el poeta Álvaro Urtecho a este arquitecto del paisaje abstracto como un “benedictino del color”, que con magia, dialéctica, y poética fusiona las costras de la tierra quemada y volcánica con las transparencias de la nubes, el éter encendido, la formas puntiagudas y ocres de su geografía natal. Este es Sobalvarro, extraordinario intérprete desde los años de 1960, del paisaje de su región natal, la mina El Jabalí, Amerrisque, Chontales.

El Amerrisque de Sobalvarro

¿Cómo evalúa en su retrospectiva el tema del paisaje?

En principio, mi interés en la pintura es el paisaje. El interior. Por eso mis personajes son los árboles y ríos; las montañas; fauna y los mitos de Amerrisque; de la mina El Jabalí, lugar donde nací. Ese misterioso paisaje abstracto y figurativo, encerado y poético, es el que pinto como mi luz y motivación desde hace cuarenta años.

El maestro Rodrigo Peñalba ha sido un punto de referencia para los de su generación. ¿Que experiencia logra en ese entorno?/i>

Cuando llegué a la Escuela Nacional de Bellas Artes, lo primero que admiré fueron las pinturas del Leoncio Sáenz, Leonel Vanegas, Silvio Miranda (El Mudito), Arnoldo Guillén y eso me motivó para estudiar pintura y dibujo bajo la dirección del maestro Rodrigo Peñalba que recién había venido de estudiar de Europa. Recuerdo las primeras clases de naturaleza muerta, claroscuro y paisaje al aire libre, del campo, de ahí sentí mi gran deseo de expresarme en el paisaje de mi tierra, Amerrisque.

¿Sus primeros temas fueron de Chontales?

No. Mis primeros paisajes fueron urbanos. Íbamos los alumnos y el maestro Peñalba a pintar al barrio Quinta Nina y al barrio Acahualinca, con vista al caserío y a la costa del lago de Managua. Años después, mis cuadros cambiaron al ir integrando otros elementos como el búho, el ganado, los árboles y figuras simbólicas de mitos y arte sacro. Estas figuras como las pinto, en lo abstracto, también vienen a ser parte del paisaje figurativo.

¿Por qué siempre su paisaje tiene nocturnos y búhos? Me llama poderosamente la atención el búho, sus garras e impresionantes ojos; el gavilán café con patas amarillas, por sus toques surrealistas; los gallos con fuertes rojos; los toros grises; también los tonos terrenos y los insectos. Cuando chavalo, en una visita que le hice a mi padre (Eusebio Sobalvarro), a la mina El jabalí, me quedaron grabados los colores ocres, rojos y negros que siempre he usado. La tierra siempre me llama. Cuando caminaba en el campo me encontraba con árboles de guarumo, manchón, jiñocuabo, manzano y guabo; las figuras de estos árboles, sus hojas y frutos son mis personajes; esto me impresiona.

¿Qué escuelas o artistas contemporáneos le han impresionado?

El arte impresionista. Es decir: Éduard Manet, Claude Monet, Vincent van Gogh. Cuando me fui de la Escuela Nacional de Arte, Don Rodrigo me dijo: “ahora que te vas, es que vas aprender a pintar. Y fue cierto: cuando comencé a pintar mis paisajes me fui encontrando en el dibujo y color, el que descubrí en Amerrisque.

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