Uno
Olvídate de tus poemas, conmigo tu literatura no cuenta, mete tus hazañas de caballería si deseas, pero en mi casa potranca soy y en yegua me convertirás.
Así era Afrodita Pérez, mujer exigente con la que compartí algunos equinoccios para dejarme abochornado en el filo de los huesos. La primavera en Afrodita no existía. Los metros de luz alcanzados por su sombra eran los mismos metros carcomidos por mi oscuridad. Mita y mita, me lo desquitas, decía Afrodita, concluyendo el cortejo reclamado desde el abismo de su cama.
Un día pinté la raya de Almagro en el suelo del patio, más tardé en trazarla que ella en borrarla con el pie, manos, caderas, pechos y labios. Su cuerpo disolvía preocupaciones inmediatas. En el baño distante del tálamo —a unos diez metro del altar— nos enjuagábamos bajo lamentos del príncipe de la canción, palmolive verde y shampoo de sábila destrenzando el vacío de la madriguera. El cielo destapaba tonterías emboleradas de la radio que tascaba con poca fidelidad la sincera pasión.
Dos
La casa de Afrodita es de tejas y tiene un jardín al lado de la calle. Abrí la puertecita y entré a sus dominios para leerle un texto inconcluso que andaba perdido en la bolsa de la camisa y quería que la diosa nacida del mar lo escuchara: el matriarcado vive en los rebaños de elefantes, la memoria de la comunidad la sigue configurando la hembra; persiste el reclamo de leonas africanas, orgullosas protegen a su prole del colmillo paterno. Existe el matriarcado en la familia Buendía, los advenedizos macondeanos respetan con orgullo a la vieja Úrsula Iguarán; se mantienen vigente las luchas de género, pretexto invocado por Vargas Llosa con Florita en El Paraíso en la Otra Esquina.
El matriarcado chicotea sobre nueras y yernos obedientes, nuestras suegras buscan el tiempo gastado en casa de sus hijos para extender dominio ante púberes machos. Dichosamente vive un solo día, momento milagroso redituado en las faldas de la virgen morena; basta llegar a su onomástico para que gran parte del clero se eche a dormir todo el año.
Hemos gozado nodrizas, amigas y enemigas, hetairas y princesas para honrar fuero feminista reclamante de territorio reproductivo. La mujer ha colgado al patriarca de la oreja, le ha señalado la salida del callejón y le ha tendido la noche para que duerma. Tirados en la hamaca tehuana, jadeando baba erótica o en la cantina aullando súplicas, ha esperado el soplido del viento, la embriaguez insulsa, lágrimas menesterosas y óvulos maduros para vivir en paz.
Si Afrodita fundó el templo incorporado a su vientre —creando y gozando poder fecundante (aquí sentí que se me puso al brinco)— y Démeter introduce al hombre laborioso en su tibio costado (parece que ya no le gustó) nosotros, herederos de Apolo solamente hemos arrancado la locura del universo para seguir suplicando pasión femenina. Sin pretender cerrar el círculo, construyendo eunucos serviciales, desistamos a los dioses para que no sigan cortando testículos y dejen de recluirnos en sus puterías inmortales.
— Deja esas tripas en otro chiquero, que a mí me gusta prosa más decente. Afrodita partió como rayo divino el curso de las letras. Bueno, ahí le paramos, le dije. Y después pasó lo que tenía que pasar. Muy atenta entendió el mensaje favorable a sus debilidades griegas y yo presto a reencarnar esteroides para aplacar la cólera del mito.
Tres
Ayer cumplió años Afrodita Pérez. Su soledad despierta cuarenta y dos diciembres y muchas almas en pena, pienso que a lo mejor soy una de esas calaveras que celebran el zompantli. Le tejí este cumplido con la esperanza de redimir sosiego a la tempestad mulata de ojos redondos y silueta exuberante encontraba en la ruta marina de Vasco da Gama. ¿Sus abuelos vencieron naufragios, mosquitos y piratas para heredarle empuje de culta gladiadora?
Celebro su condición de mujer, diciéndole que nosotros hemos vivido para ellas y no se requiere un solo día para festejarla, pretextos sobran para engrandecerla, desde las desesperaciones insípidas de Cesare Pavesse hasta los arrebatos pictóricos de Pablo Picasso han sido motivo o eje del relato, gravedad o reflexión, pulsión o erección de dosis a efecto. Nos hemos acostumbrado como un Adán Doméstico, el machismo es la evasión.
La mujer irradia encanto, encandilados nos sometemos a sus virtudes. Pocos hemos evadido su perdón, aunque algunas habitan aferradas discursos estratégicos de incansable sometimiento. Su amor no es accidental sino estructural, la matrona tendió su cama para la eternidad, los pocos matrimonios felices se los debemos a Dios.
Cada noche las estrellas emanan agonía erótica, Inanna nace y muere marchitando su flor. Hemos alcanzado peregrinaciones para mirarla, para adorarla en nuestro lecho: Astar, Athar, Isthar, Itziar acamparon en la ruta del oriente honrando el placer del lucero. Eurinome dominó el círculo, armonizó el caos con su belleza cósmica y gozó el encuentro esperado. Nacieron hombres sembrados para retoñar sobre el tálamo de la diosa. La mujer hecha carne en nosotros iluminó la fuerza de su magia, la sabiduría de los astros: prodigios para que no erráramos en los pantanos.
Alabanza o halago la mujer incita a amarla. El escenario que reúne usos y costumbres de la mercadotecnia prostituida del capitalismo no rejuvenece, el mejor regalo para vos es el amor, lo demás es prebenda festiva.
— Es mejor acostarse en el suelo pero sin deudas. Contestó Afrodita esa frase dentro de mi cuerpo. Afuera salió a acampar en su mecedora, contenta en su niñez de muñecas y piñatas destripadas entre festejos de aguachachas. Seducida por el olor de gardenias se durmió.
Acostumbrado a la tibieza de la noche respiré abundante, diluida piel, reposado tiempo: círculo de amor. Diario girábamos encuentros previstos, reanudábamos pláticas deshechas y encendíamos el fuego para luego apagarlo, dejándolo esparcido en brasas y pocas verdades. Entendí mi despedida como el próximo regreso, aprendí pacientemente semejante declaración agradecida en dosis terapéuticas.
Eso creía. No podemos calcular la respuesta que no sabemos apaciguar, mucho menos predecir. Lleguemos hasta donde el cuerpo nos alcance, me dijo al oído. A su edad exigía más entrega, complicidades revividas, mediatez nocturnal que mis años ya no podían abrillantar.
Ayer inicié, Afrodita, estas palabras para vos, locura estorbosa que a nadie conviene transferir la fuerza de mis sueños, pero creo que es correcto contestar tu silencio.