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El “cocaísmo” andino
Franklin Barriga López
El autor es analista político internacional

En una conferencia sustentada en Washington D.C., ante diplomáticos, funcionarios de organismos internacionales, académicos y otros invitados, el presidente del Perú, Alan García, efectuó importantes aseveraciones de interés no sólo para América del Sur.

Su principal advertencia ha sido sobre el surgimiento de un fundamentalismo andino, en muchos casos vinculado al cultivo de la hoja de coca, que moviliza grandes muchedumbres, que amenaza la estabilidad de nuestro hemisferio y que puede tener consecuencias tan funestas como el musulmán, que se agrava por la tendencia impulsada por la miseria y la mala conducción política, lo que lleva a situaciones similares a las producidas en lo años 60 ó 70. Ha señalado, además, que en Sudamérica, que no siempre recibe la atención que merece, se libra una guerra fría, por cuanto está dividida entre quienes quieren la democracia y los que pretenden dar un salto hacia atrás.

Lo afirmado por dicho mandatario responde a su experiencia política de muchos años, por cuanto evolucionó en sus concepciones ideológicas y, en la actualidad, está en el camino que conduce a la prosperidad de los pueblos. No es de extrañarse que el Perú, en un futuro no lejano, se integre al grupo de países en la ruta del desarrollo que se la alcanza bajo el imperio de la ley, la paz, la libertad y la economía de mercado. Así lo demuestran todas las naciones más exitosas del planeta.

El fundamentalismo en referencia, cuyas señales también se advierten en otros ámbitos latinoamericanos, entraña serio riesgo, en razón de que quienes lo pregonan y practican pretenden poner en boga el totalitarismo, la fracasada y retrógrada ideología que edificó el muro de Berlín, que fue derribado, hace ya más de 16 años, por las muchedumbres cansadas del engaño, la pobreza y la opresión. A ello debe añadirse el inmenso poder del narcotráfico que tiene en la cocaína, cuya materia prima es la coca, uno de los principales canales de dinero turbio para incrementar la violencia y la corrupción.

Debe entenderse que los desequilibrios sociales, tan comunes en América Latina, se solucionarán en atmósfera de paz, trabajo, seguridad jurídica y buenas relaciones internacionales. La inversión extranjera, generadora de empleo, es atraída cuando existen estos factores de progreso. La violencia sólo sirve para aumentar la magnitud de los problemas, peor aún si está alentada por ese fundamentalismo que se apoya en la ruin industria de la droga.

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