Corea del Norte —un país más pequeño que Nicaragua (120,540 km2) pero mucho más poblado (26 millones de habitantes)— es una nación empobrecida y aislada; un reducto del comunismo de influencia estalinista. Su desastroso sistema de economía centralizada —aunado con problemas meteorológicos— llevó al país a una severa hambruna en los años noventa que produjo la muerte por inanición de unos tres millones de personas y la desesperada huida masiva a través de la frontera con China. Irónicamente —según fuentes de inteligencia norteamericana— la fortuna personal del déspota norcoreano, Kim Jong II, asciende a 4 mil millones de dólares provenientes principalmente del negocio de tráfico de armas y drogas. Por otro lado, a pesar de su gran pobreza, este país ha usado masivos recursos económicos en la creación de un ejército desproporcionado (más de un millón de soldados) y, últimamente, en la fabricación de armas nucleares.
Corea fue dividida en dos partes después de la Segunda Guerra Mundial y se acordó como frontera entre ambas el paralelo 38. En 1950, tropas del norte cruzaron la frontera, atacaron a sus vecinos y así se inició la Guerra de Corea que duró hasta 1953. Los rusos impusieron en el norte un régimen marxista-leninista autoritario y abusivo, violador de la libertad de prensa y de libre locomoción de los ciudadanos. Algo similar al sandinismo de los ochenta. Prueba de ello es que Corea del Norte ha tenido sólo dos gobernantes desde 1948: Kim Il Sung, quien murió en 1994 y su hijo, Kim Jong II, hasta el día de hoy.
El régimen norcoreano siempre quiso ser una potencia nuclear y aunque lo negaba en los foros internacionales, trabajó sin descanso en esa dirección, como quedó demostrado por el reciente ensayo nuclear. Estados Unidos, China, Rusia, Japón y Corea del Sur habían logrado que Corea del Norte se sentara con ellos a negociar la renuncia a su programa nuclear a cambio de concesiones económicas y comerciales pero el gobierno de Pyongyang abandonó las pláticas hace 13 meses y exige un diálogo directo y bilateral con el Gobierno de Estados Unidos. Sin embargo, ese diálogo bilateral ya se dio, sin resultado, durante la administración del presidente Bill Clinton. Para EE.UU. lo más importante es evitar la proliferación de armamento nuclear, lo cual le haría blanco del terrorismo internacional. En el pasado, Norcorea ha vendido armamento convencional a otros países conectados con el terrorismo incluyendo Libia, Irán y Siria.
La prueba nuclear norcoreana dejó a EE.UU. en una posición incómoda. Unos días antes, el presidente Bush dijo que su gobierno no “toleraría” una Corea del Norte nuclear y a Washington le tomó mucho esfuerzo conseguir los votos de China y Rusia a favor de la resolución de condena contra Corea del Norte. Kim Jong II ha amenazado con responder con las “medidas físicas” que sean necesarias a lo que ellos llaman “la creciente hostilidad norteamericana”. Lo único que sus palabras pueden significar es represalias o ataques militares contra Japón y/o Corea del Sur. Y aunque parezca descabellado, el dictador norcoreano ya ha dado suficientes pruebas de ser un interlocutor impredecible, impulsivo e irracional. Autoridades norcoreanas dicen que su programa nuclear es meramente defensivo y disuasivo de una invasión norteamericana que siempre han temido. Este temor creció luego de la invasión a Irak durante la cual, según la inteligencia estadounidense, Kim Jong II se mantuvo oculto porque pensó que los norteamericanos irían tras él.
Corea del Norte debe regresar al diálogo multilateral y renunciar a su programa nuclear como lo manda la Resolución 1718 del Consejo de Seguridad de la ONU. Estados Unidos espera que sus esfuerzos diplomáticos produzcan un buen resultado y que no haya necesidad del uso de la fuerza militar. El viceministro ruso de Relaciones Exteriores, Alexander Alexeiev, anunció recientemente, luego de reunirse con su homólogo norcoreano, que Pyongyang está dispuesto a volver a la negociación multilateral. Sin embargo, hay incredulidad y escepticismo. El gobierno norcoreano ha mentido en el pasado ante la presión de la comunidad internacional y es difícil saber si se trata otra vez de una táctica para evitar las sanciones de la ONU. Estados Unidos debe presionar para que la Resolución del Consejo de Seguridad sea ejecutada al margen de cualquier declaración de intenciones.