Que en un país, con los recursos hídricos y con la fertilidad de suelos como los de Nicaragua, el hambre flagele a la tercera parte de su población es una tragedia injustificable. Es más, esta situación es una amenaza para el crecimiento económico y la estabilidad política y social del país.
En Nicaragua, actualmente el 68 por ciento de la población sobrevive con menos de dos dólares al día, según diversos estudios recientes. Un nicaragüense debe consumir como mínimo 2,290 kilocalorías al día, sin embargo, aproximadamente el 50 por ciento de los hogares nicaragüenses no completan estos requerimientos alimenticios.
En esta fecha en la que Nicaragua celebra junto a más de 150 países alrededor del mundo el Día Mundial de la Alimentación (DMA) es nuestra obligación hacer un llamado a la sociedad nicaragüense para que la lucha contra el hambre se constituya en su máxima prioridad. Y que tanto la clase política, como la sociedad civil, gremios y asociaciones, estén conscientes de que la reducción de la pobreza depende en gran parte de la reducción del hambre.
El tema de la FAO para el DMA 2006 de Invertir en la Agricultura para la Seguridad Alimentaria, nos recuerda la importancia de la agricultura como fuerza motriz de las economías en desarrollo, y como estrategia para alcanzar la seguridad alimentaria. El crecimiento agropecuario reduce la pobreza y el hambre, todavía más que el crecimiento urbano o industrial.
Durante los últimos 30 años, son los países en los cuales la inversión en agricultura (pública y privada) ha sido y sigue siendo mayor, los que hoy tienen los niveles de subnutrición más bajos. En Nicaragua, la inversión en el sector agropecuario es mínima (2.4 por ciento del gasto del Gobierno Central en el 2004), a pesar de que el sector agroalimentario generó el 30 por cieno del PIB ese año (CEPAL 2004).
Aunque parezca contradictorio, la pobreza y el hambre son mayores en zonas rurales. Los más pobres dependen de la actividad agrícola, son propietarios de minifundios y/o asalariados agrícolas, y dedicados principalmente a producir granos básicos para asegurar su alimentación. El aumentar la productividad de sus cultivos y especies animales representa una de las máximas prioridades en la lucha contra el hambre.
En Nicaragua, la FAO viene impulsando desde el 2005 la Alianza Contra el Hambre, con el apoyo de empresarios privados, sociedad civil, la comunidad internacional y entidades estatales, para movilizar recursos financieros públicos y privados y mejorar las condiciones alimentarias en varios departamentos del país. Uno de los logros más importantes de la Alianza es la creación de huertos escolares, los cuales han introducido eficientemente el tema de la alimentación sana y la producción de alimentos en las escuelas primarias.
De esta manera, Nicaragua ha comenzado a invertir en su capital humano del futuro. La desnutrición impide un buen aprendizaje, y cada niño que sufre un retraso en su desarrollo físico o cognoscitivo corre el riesgo de perder entre el 5 y el 10 por ciento de sus ingresos a lo largo de toda su vida. Varios estudios sugieren que por cada dólar invertido para reducir la subnutrición, con objetivos bien definidos, logra beneficios entre cinco y veinte veces por encima de dicha inversión.
Pero aún queda mucho por hacer. Si bien Nicaragua ha progresado en sus índices, el país continúa a la zaga del resto de Centroamérica. Solamente la inversión en agricultura —junto al apoyo a la educación y la salud— modificará esta situación. El grueso de la inversión tendrá que proceder del sector privado. El Estado será siempre clave como agente facilitador y de estímulo a la inversión privada.
En este momento coyuntural de elecciones presidenciales es preciso que los candidatos utilicen el Día Mundial de la Alimentación para apoyar nuevas resoluciones, para poner en marcha la inversión en agricultura para la seguridad alimentaria. Sería una enorme contribución al bienestar de todos los nicaragüenses.