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Noticias >> Economía
(ILUSTRACIONES: LA PRENSA/E. ESPINALES GUIDO)
El surgimiento del nacionalismo corporativo
Geoffrey G. Jones

Hace más de una década el científico político Robert Reich aseguró que las grandes firmas multinacionales se estaban transformando en redes globales carentes de Estado, y que la nacionalidad de una corporación se estaba haciendo cada vez más irrelevante.

En años recientes, la noción de que las firmas globales se habían separado del Estado nación ha obtenido gran respaldo, fortalecida por la aceleración del “outsourcing”, la mudanza de casas matrices a otros países, y por el creciente número de compañías que emplean más personas y venden más productos y servicios fuera de sus naciones.

Pero ¿se adecua esa percepción a los hechos? Si se analiza la evidencia histórica de la nacionalidad de las firmas, la conclusión opuesta parece más plausible: la nacionalidad de las empresas globales podría en realidad haberse hecho más clara y más importante en décadas recientes.

Hay que tomar en cuenta que no existe una sola prueba sobre la nacionalidad de una corporación. A nivel de cada producto, la nacionalidad es con frecuencia opaca. Etiquetas tales como “Made in America” suelen ser engañosas, pues los productos podrían estar fabricados con partes de una docena o más de países.

Algo más sólido es brindar definiciones de nacionalidad en base a la organización. En muchos sistemas legales, el estado de incorporación es la prueba principal. Sin embargo, en la mayoría de los sistemas legales civiles, en Europa continental y en otros países que han sido animados por esos sistemas, la nacionalidad es determinada por la sede central de la compañía.

En el inicial impulso de globalización, antes de la Primera Guerra Mundial, la nacionalidad era muy ambigua. Los empresarios se desplazaban entre países con mucha facilidad, sin visas o pasaportes.

Las guerras mundiales concentraron la mente de las personas en la nacionalidad. Era poco inteligente, y en ocasiones fatal, ser ambiguo.

Grandes corporaciones multinacionales como Ford y General Motors eran la forma dominante de organización corporativa y los innovadores tecnológicos en los negocios internacionales.

Aún así, si bien Ford y GM pueden haber parecido empresas norteamericanas desde una perspectiva estadounidense, sus subsidiarias de ultramar con frecuencia tenían escasos vínculos con las casas matrices.

Las subsidiarias locales generalmente manufacturan productos específicos para cada mercado. Empresas europeas, como Unilever, con frecuencia dan a sus afiliadas inclusive más autonomía que sus homólogas norteamericanas, pues consideran que la respuesta a mercados locales es la principal fuente de ventaja en relación a los competidores. Aún más, hasta la década del ochenta, los gobiernos y el público en muchos países desconfiaban de empresas extranjeras. Por lo tanto, las subsidiarias con frecuencia pretendían ser firmas locales.

A medida que la globalización, la liberalización y la desregulación se arraigaron en la década del ochenta, la sensibilidad acerca de ser percibidas como extranjeras disminuyó en las empresas, aunque ciertamente no desapareció. La autonomía de las subsidiarias nacionales fue reducida, a medida que las corporaciones norteamericanas, seguidas, con frecuencia de manera renuente, por sus homólogas europeas, comenzaron a buscar mayor eficiencia a través de la integración de negocios geográficamente dispersos.

Esa estrategia redujo la ambigüedad que rodeaba a la nacionalidad de las multinacionales. Esas nuevas corporaciones, globalmente integradas, intentaban ubicar funciones en los sitios donde mejor pudieran cumplir con su estrategia de conjunto.

Tales decisiones continuaron siendo hechas por los ejecutivos, que, con escasas excepciones, siguieron siendo el dominio de los ciudadanos del país de origen.

La influencia de la nacionalidad en corporaciones multinacionales sigue siendo vigorosa todavía. La composición de las juntas directivas prosigue fuertemente inclinada hacia los ciudadanos del país de origen, pese al hecho de que la propiedad de grandes corporaciones está ahora ampliamente distribuida entre los países. En algunos casos, la presión por la transparencia en las corporaciones ha conducido a una reducción en las ambigüedades acerca de la nacionalidad.

Recientes desarrollos en Estados Unidos, entre ellos la expulsión de firmas extranjeras del S&P 500 en el 2002 y la indignación cuando Dubai Ports World, adquirió una empresa británica que operaba puertos en Estados Unidos, subrayan la relevancia de la nacionalidad corporativa.

En la actualidad, avances tecnológicos podrían permitir a diferentes partes de la cadena de valor operar en sitios diferentes. Las empresas podrían tener carteras de valores de marcas con diferentes nacionalidades, y los líderes, accionistas y clientes podrían estar dispersos. Aún así, la nacionalidad de una firma en muy raras ocasiones es ambigua. Generalmente tiene gran influencia en la estrategia corporativa y parece estar creciendo también en importancia política.

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