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Las dos últimas carabelas
Ernesto J. Marín
El autor es diplomático nicaragüense

La historia es tan variable que su repetición suena a inverosímil. Los hechos se podrían repetir pero sus protagonistas siempre tienen que ser otros. Cuando el Almirante don Cristóbal Colón partió del Puerto de Palos, de Moguer, en 1492, se aventuró con un grupo de soñadores a navegar en un gigantesco y desconocido océano en tres débiles carabelas, livianos bergantines llamados La Santa María, La Pinta y La Niña, merodeando después de largas semanas nuestros vecindarios geográficos. Habían descubierto un nuevo mundo desde el mástil más alto de sus frágiles naves avizorando a la actual Santo Domingo, llamándole La Española, hoy República Dominicana, bautizada así en honor a los primeros frailes de esa orden religiosa, los dominicos siervos del Señor, dominicanes, los canes o perros del Señor llamados así por otros.

Después de quinientos años, de ciento ochenta y cinco de ser independientes, parece que nosotros los nicaragüenses estamos recibiendo a unos nuevos hidalgos, armados no con cascos, lanzas y arcabuces, sino con nuevos instrumentos que en tiempos contemporáneos permiten traspasar todas las puertas donde llaman, es un toc-toc casi milagroso, pues se abren de par en par, y esos personajes antaño llamados soldados, hogaño responden al nombre de licenciados ejecutivos, asesores, consejeros, que el mundo financiero los denomina inversionistas, calificativo mágico, bienvenido en todos los países en desarrollo o tercermundista que numéricamente son las mayorías de las naciones de este planeta. Vienen, claro está con sus maletines repletos de euros dólares y tutti cuanti de sólidas divisas extranjeras que serán sextuplicadas en las nuevas empresas delicadamente calculadas con anterioridad.

A la idílica Nicaragua, la república de los poetas como nos decía Pablo Antonio, poblada además por una especial fauna de carnívoros, de pezuñas afiladas y largas colas escamosas de reptiles, especímenes elogiados con el mote de respetados políticos, han arribado las dos últimas carabelas, que los banqueros de Madrid bautizaron con los sugestivos nombres de Hispánica y Fenosa.

Una y otra fueron recibidas con los sones náhuatl de la mejor marimba “masayense”, y todos contentos. El nica no es xenófobo, al contrario, somos xenofilios, amamos todo lo que huele a foráneo, a extranjero. Entonces pensamos: ¡Que vivan los españoles!

Pero hay que esperar para ver, reza el viejo proverbio, y esperamos y vimos, y también sufrimos. La sorpresa fue trágica. Primeramente la indescriptible Fenosa ha mantenido a toda la nación en eternas y cumplidas oscuridades, exige subsidios de millones de dólares para continuar con su “faena” como los toreros de modo en los ruedos ibéricos. Su triste desempeño lo único que ha generado son gigantescas oleadas de repudio popular, según los entendidos aquí llamados tecnócratas la crisis de las tinieblas va para largo.

Con la empresa Hispánica, especialista en diseño y construcción de autopistas, nos ha ido tan peor como con su colega y paisana Fenosa, pues dibujaron un proyecto de cuatro vías en cada canal, es decir, ocho vías en los sentidos, y de un día para otro los transformaron en cuatro, dos de ida y dos de regreso. Estos magos del fraude se comprometieron a entregar la famosa “autopista” Managua-Granada en septiembre u octubre del año 2005, y todavía a finales del 2006 no las han concluido. Por supuesto, están exigiendo US$ 15,000,000.00 (quince millones de dólares americanos), extras del contrato original. Ni más ni menos, después de casi cinco siglos se repiten las célebres cuentas del Gran Capitán don Gonzalo Fernández de Córdoba en la campaña de Nápoles y Milán, cuentas tan infladas como ficticias, maña vieja, que el mismísimo Rey de España don Felipe II se negó a cancelarla.

Tamaña sorpresa por dos, doble sorpresa por la deshonestidad, y deslealtad que nuestros amigos españoles están causando al Estado de Nicaragua.

El complaciente gobierno, muy pasivo, nada beligerante, en los últimos días del respetado don Enrique, no han sido ni serán recordado positivamente, es una pena más que tendremos que soportar estoicamente.

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