Hay dos candidatos en el Pacto de Alemán y Ortega. ¿Podría uno de ellos, el más débil, derrotar al otro y acabar con el pacto? Esta pregunta no admite respuesta. El PLC tiene en el pacto una posición subalterna cuya misión es debilitar al liberalismo, porque en la concepción totalitaria castro-chavista los partidos históricos no tienen razón de seguir existiendo, hay que acabar con ellos para imponer en Centroamérica un nuevo orden ideológico manejado desde Caracas y La Habana.
Nació el PLC como gallarda protesta contra la dictadura somocista. Fue un ¡basta ya! que la dictadura ahogó con la fuerza bruta; pero la bandera de rebeldía levantada por los liberales sinceros no claudicó. Cuando los liberales somocistas huyeron en 1979 al desplomarse la dictadura familiar hereditaria, que con tanto fanatismo y sumisión habían defendido, el PLC se convirtió en estandarte de esperanza para preservar lo que se había avanzado en libertades públicas.
Un nuevo caudillo, hábil corruptor y maestro del soborno, se apoderó del PLC aprovechándose del caos institucional que siguió a la primera elección democrática y limpia en Nicaragua. Nuevamente los falsos liberales formaron camarilla alrededor del nuevo ídolo y “convencidos” con sobornos y regalías, terminaron apoyándolo en la entrega del liberalismo al Frente Sandinista, mediante un pacto para repartirse el poder bajo una dictadura compartida.
Otra vez los liberales de limpia credibilidad personal, que no persiguen prebendas, que desean estabilidad y garantías para trabajar y progresar, que no quieren ser utilizados como herramientas políticas para saquear los bienes del país y de sus habitantes, levantan ahora una nueva bandera de protesta, ante las peligrosas intenciones del Pacto Alemán-Ortega.
En esta contienda de supervivencia política, no hay enfrentamiento entre derecha e izquierda ni entre democracia y totalitarismo, como les conviene a algunos manipuladores presentar la próxima justa electoral. El enfrentamiento del 5 de noviembre será entre el pacto y el antipacto. El pacto significa volver al pasado sandinista, de devaluaciones monetarias, de confiscaciones, de hiperinflación (63 mil córdobas por un dólar), de endeudamiento, de represión y de miseria. El antipacto, por el contrario, es paz, es garantía ciudadana, es aumento de las exportaciones, es remesas familiares sin coimas para el gobierno, es libertad para trabajar y prosperar, es perfeccionar lo que se ha alcanzado en estos pocos años de democracia y libertad.
En otra dimensión, el pacto es una conspiración totalitaria para imponerle a los que trabajan una explotación de “huacas” y de “piñatas”. Esto no lo pueden aceptar las personas decentes que viven del trabajo honrado, pagan sus impuestos y aspiran a tener una vida mejor sin explotar ni ser explotados. El pacto ha atrasado el desarrollo de los nicaragüenses, en un acto de venganza por haber elegido a un gobernante que no pertenece a las pandillas corruptas que monopolizan el poder para su propio beneficio.
Los liberales sinceros son los que nunca han dependido del partido liberal para obtener beneficios personales, los que tienen en el liberalismo una tradición familiar y personal de lealtad política, los que creen en esos principios que los caudillos y dictadores no han podido aniquilar. Estos liberales deben defender con su voto al liberalismo auténtico para que no desaparezca.
En consecuencia, por de pronto lo único que salva a Nicaragua de tanta depreciación y desvergüenza es el valor del voto secreto depositado a conciencia, sin temor a represalias, porque nadie lo puede controlar, sin condicionamientos ideológicos, sin falsas promesas políticas.