Cualquier persona que busque en los archivos periodísticos y analice las campañas electorales de 1989-1990, 1996 y 2001, y las compare con la que está ahora en desarrollo, puede comprobar con facilidad que ésta es o ha sido la más sucia de todas. Las campañas electorales anteriores fueron bastante duras y hasta sucias en algunos aspectos, pero no tanto como ahora.
Lógicamente, durante una campaña electoral no se puede esperar que los candidatos y los partidos que participan en la competencia por los cargos públicos, tengan un comportamiento seráfico. No son franciscanos los que disputan el ansiado poder político, sino personas de carne y hueso que seguramente tienen sus virtudes pero también defectos de formación y conducta.
Según los analistas y estrategas políticos, una campaña electoral es prácticamente como una guerra y en cualquier contienda bélica es muy difícil, por no decir imposible, establecer los límites del comportamiento humano. En realidad, en ninguna parte del mundo, ni siquiera en los países más desarrollados y de cultura democrática mucho más avanzada que la nuestra, los candidatos y los partidos contendientes en las campañas electorales, se limitan a difundir y explicar sus programas de gobiernos, ni a compararlos con madurez intelectual y espíritu de tolerancia con las propuestas programáticas de sus adversarios de campaña. Tampoco se limitan a exponer sus cualidades personales reales o supuestas y a compararlas respetuosamente con las de sus contendientes. Más bien, lo que se hace es buscar cómo desacreditar al adversario, sobre todo al que se considera que es el “enemigo” principal, exagerando los defectos ajenos mientras se ocultan los propios.
Sin embargo, es necesario diferenciar una campaña sucia propiamente dicha, y por lo tanto inmoral, de la campaña que es negativa pero que se hace dentro de los límites de la ética política y personal. La campaña sucia e inmoral es aquella en la que, con tal de debilitar y derrotar al oponente a como sea, se le difama y calumnia, se le inventan situaciones incorrectas y se le atribuyen actos indebidos — inclusive delictivos— que no ha cometido, etc. Por el contrario, una campaña simplemente negativa es aquella en la que se señalan hechos y acciones que en realidad cometió el candidato adversario y que forman parte de sus antecedentes, pero sin recurrir a la invención, ni a la mentira ni a la calumnia.
Por ejemplo, si el candidato del FSLN fue acusado por Zoilamérica Narváez de haberla abusado; o si durante su gobierno se cometieron los abusos contra la población miskita que han sido denunciados inclusive ante organismos internacionales, y durante la campaña electoral se señalan o recuerdan esos hechos, se está haciendo una campaña negativa pero no una campaña sucia, porque no se está mintiendo ni inventando hechos que no ocurrieron.
De la misma manera, si el candidato de ALN, Eduardo Montealegre, realmente estuviera involucrado delictivamente en el caso de los Ceni, mencionar esto durante la campaña electoral sería únicamente hacer contra él una campaña negativa. Sin embargo, si es mentira esa acusación y sus adversarios la han inventado para desprestigiarlo y debilitar su candidatura, entonces sí se trata de una campaña típicamente sucia e inmoral.
Teóricamente, en un sistema democrático las campañas electorales son medios de información política y educación cívica para los ciudadanos. Por eso se supone que las campañas electorales deben ser limpias y honestas. Lamentablemente en la práctica no ocurre así. Pero hay algo muy importante en lo que no reparan quienes hacen campañas sucias. Si bien es cierto que los ciudadanos necesitan información clara y precisa sobre los candidatos, inclusive la de carácter negativo, para tomar la mejor decisión electoral, sin embargo los electores son personas conscientes y no masa amorfa, de manera que sólo aprecian y creen la información cuando es verdad lo que se les dice.
En cambio, cuando los ciudadanos perciben que se les está engañando lo más probable es que muchos de ellos decidan votar más bien por el candidato difamado y calumniado.