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Del léxico sexual en Nicaragua
Jorge Eduardo Arellano
El autor es Director de la Academia Nicaragüense de la Lengua.

Guiados por el libro pionero del exjesuita y académico Hernán Rodríguez Castelo (Léxico Sexual Ecuatoriano y Latinoamericano, 1979) y por la ponencia de los nicaragüenses Julio Ycaza Tigerino y Enrique Peña Hernández presentada en el VI Congreso de Academias, celebrado en Caracas, 1972 (Voces de connotación sexual en Nicaragua), enriquecemos ambas investigaciones con los vocablos suministrados por distintos informantes —colegas, choferes de taxis, empleados públicos— que nuestro pueblo designa a los testículos, a las nalgas, al ano y al homosexual: 16, 18, 29, 26 y 14 respectivamente.

A los primeros se les conoce como aguacates, albóndigas, alforjas, bolas (“en bolas” equivale a estar desnudo: “no es lo mismo una negra bola que una negra en bolas”— oí este dicho en la tertulia de Aldo Díaz), cojones (como en España), compañeros, compañones, coyoles, gemelos, güevos (el vocablo más vulgar) o huevos, huerfanitos, huesos, partes, pelotas y talegas. Ycaza Tigerino y Peña Hernández, en su Léxico del Cuerpo Humano de Nicaragua —inspirado en el de Luis Florez sobre Colombia— glosan uno de esos vocablos. “Echarse los coyoles a tuto es enfrentarse con valor ante una situación adversa o peligrosa. Tener coyoles es ser valiente. Bajársele a uno los coyoles es amedrentarse o ceder a las pretensiones de otro”. Según el médico César Ramírez Fajardo, quien ha recogido otras expresiones del pueblo nicaragüense con el sustantivo “huevos”, también se le llama a los testículos “los que cuelgan” (aludiendo, seguramente, a “las bolas”, el vocablo de mayor uso).

Las nalgas reciben los nombres de amortiguadoras, atoles, berenjenas, bómperes, bote, cachetes, canasta, canastón, culo, enchiladas, fundillo, masas, nalgamento, nalgatorio, nambiras, nelfis (aportado por el malespín que transforma la A en E, pero la segunda es pronunciada como I), sentaderas y taburete.

Al ano se le llama anillo, arandela, el de atrás, botamai, (variante fonética de botamaíz), busiete, centavo, culeco, culo, culantro, culistriquis, chester, cheto y chiquito. —“Te voy a desarrugar los paletones del cheto” —piropeaba un estudiante “nica” en Madrid a una mesera, quien naturalmente no entendía nada. —Te dieron por el chiquito —se le decía burlonamente, en el colegio, al condiscípulo aplazado en un examen.

Asimismo, se le denomina cupertino, hoyo o joyo, joyete, roseta, rosquete, rosquilla, nancite, nardo, ojo, rul, traste, trompudo, sereguete, siete y suli (derivado del malespín que sustituye la C por S y la O por I).

Como se ve, la voz culo designa tanto las nalgas como el ano; de uso general y común en América Latina, tiene connotación sexual (culo, pues, o un culo también —coloquialmente entre nosotros— es una mujer de formas opulentas, dotada para el placer sexual. Y enculado es un sustantivo/adjetivo que se aplica al varón profundamente enamorado). En Nicaragua se le estima grosera dentro del habla culta (“Lo encontré agarrándose el culo a dos manos” —ha ejemplificado Carlos Mántica en su obra sobre nuestra habla). No así en España, donde carece de esa connotación. Evidentemente, procede del latín culus y aparece en el Fuero de Avilés (1155). En la Gramática de Nebrija (1492), al pañal se le llama culero. En el habla familiar latinoamericana, su diminutivo —culito— adquiere una determinada connotación pintoresca y tierna. “Sana, sana, culito de rana, tirate un pedito para hoy y mañana”—consolaban las madres (¿todavía lo hacen?) a sus niños después de una caída o golpe. Y en Nicaragua, para indicar el pago por anticipado, se dice: “Platita en mano, culito en tierra”.

Respecto al homosexual, Peña-Hernández e Ycaza Tigerino afirman que se les designa con el galicismo “cochón, de donde se deriva cocheche y cochonería (actividad del homosexual)”. Acaso cochón no proceda de cerdo en francés (cochón), sino de cuilón: nombre que en el siglo XVI se daban entre sí los indígenas, según el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés. Mejor dicho: era el sustantivo/adjetivo con que los nahuas de Nicaragua denominaban al invertido. El mismo Bernal Díaz en su Verdadera relación de la conquista de México, lo registra: “nos decían [los mexicas a los españoles] palabras vituperiosas, y entre ellas: ‘¡Oh, cuilones, y aún vivos quedáis!’”. Manuel Alvar anota su equivalencia: “putos, cuilonyote, pecado nefando, de hombre con hombre. La aclaración total de la voz consta en la primera parte de la extraordinaria obra”. Y era, asimismo, sinónimo de cobarde y miedoso, como lo sigue siendo en México y especialmente en Nicaragua.

El homosexual es conocido entre nosotros por afeminado, botajabón, caquita, cichín (del malespín que, como es sabido, altera la O en I), cocheche (bastante en desuso), cipriano, cochón (el más popular), culero, culista, culiolo, florindo, floripondio, hueco, loca, mamplora, marica, maricón, mariposa, naco, pato, patriarca, patricio, rosca, rueda, rueda chata, tuerca, tureca y zurdo. Además, se refieren al mismo como al “del otro bando” o “del otro equipo” y como al que “se va de lado”.

En su investigación El lenguaje del pandillero en Nicaragua (1997), Róger Matus Lazo ha detectado en ese medio marginal, además de algunos de los vocablos anteriores, 19 más: belleza marina, cocopiña, comelón, chocarrón, chupón, flor, florcita, florista, guineo, jamón, mariflor, mamón, marica, nalo, nápiro, platanazo, platiano, pozol y tortillero. En los últimos años —observa Carlos Alemán Ocampo— se designa a los homosexuales de forma eufemística: con el anglicismo gay y el galicismo travestí; pero ambos no se limitan a Nicaragua. Ante esos nuevos vocablos, “cochón” se vuelve más despectivo para aquel varón que ha “optado” tener públicamente relaciones homosexuales.

En la ponencia de Ycaza Tigerino y Peña Hernández leemos: “Cuando se trata de mujeres se dice cochonas y también machorras, mariconas y tortilleras. El acto sexual entre mujeres —agregan Peña Hernández e Ycaza Tigerino— se designa con el sustantivo cuepeo y el verbo cuepear, de donde se derivan cuepera y cuepeadora”. Al menos en la ciudad de mi juventud (Granada, en los años sesenta) no se usaban el sustantivo ni el verbo referido y sus citadas derivaciones. En cambio, era frecuente oír entre muchachos de barrio la expresión “cambiar seco” —propio del juego de trompos— que ambos académicos consignan. Consistía en el acto sexual recíproco entre varones, sobre todo adolescentes. En relación a los trompos, Pablo Antonio Cuadra fue el primero en observar: “Toda la mezcla de desfachatez y misterio que tiene el descubrimiento sexual para el muchacho nica brota en este juego con su mancha brava, su trompo en carne, su al bote y al miado, sus secos, etc.”.

¿Y los senos de la mujer? Nuestros colegas se abstienen de ofrecer vocablo alguno en su ponencia, pero en su trabajo Léxico del cuerpo humano en Nicaragua anotan: busto, chichas, chimbos, lechería, manzanas, nambiras, naranjas, pechos, pezones, pichingas, porongas y tetas. Pero se les olvidó cachos, según esta cuarteta del “corrido” que Rafael Mejía Martí dictó a Ernesto Mejía Sánchez en el barrio El Hormiguero de Granada, a principios de los cuarenta del siglo XX: “Todas las mujeres tienen /en el pecho un par de cachos /y más abajito tienen /la máquina de hacer muchachos”.

De carácter metafórico e indiscutiblemente urbano es el vocablo que crearon los delincuentes “nicas” en los años 60, recogido por Julián Corrales: Pidevías (cuando los senos son, particularmente, grandes). Pero el vocablo más generalizado es tetas. “Dos tetas jalan más que cien carretas”, dice un conocido dicho popular.

Los anteriores ejemplos, de por sí inagotables, muestran la riqueza del vocabulario sexual nicaragüense y podrían incentivar a lexicógrafos aficionados para compilar nuevos vocablos que reflejan la idiosincrasia de nuestro pueblo.

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