El debate sobre el aborto terapéutico apasiona y divide a la opinión pública nicaragüense. De manera que cabe esperar que la manifestación contra el aborto terapéutico que ha sido convocada por las iglesias católica y evangélicas para marchar hoy por la mañana hacia la Asamblea Nacional, será multitudinaria.
Como se sabe, esta marcha es para pedir a los diputados que excluyan del nuevo Código Penal el artículo que autoriza el aborto terapéutico, el cual existe en la legislación nicaragüense desde finales del siglo XIX. El aborto terapéutico se mantiene en el nuevo Código Penal, pero como sólo ha sido aprobado en lo general y falta aprobarlo en lo particular, es oportuna la movilización de las iglesias católica y evangélicas y de las organizaciones provida que abogan por su exclusión.
Por su parte, las organizaciones que se pronuncian por el mantenimiento del aborto terapéutico en el Código Penal de Nicaragua, también han convocado a una marcha para el jueves de la próxima semana, pero lo más probable es que no tendrá la misma fuerza que la manifestación de católicos, evangélicos y laicos que marcharán hoy por la mañana hacia la Asamblea Nacional.
Nuestra posición con respecto al aborto la hemos expresado claramente en varias ocasiones. Apoyamos la posición de la Iglesia católica y de las iglesias evangélicas y demandamos el respeto al derecho a la vida desde la concepción. Por cierto que así lo reconoce la Convención Americana de los Derechos Humanos, la cual en su Artículo 4, numeral 1 señala que: “Toda persona tiene derecho a que se respete su vida. Este derecho estará protegido por la ley y, en general, a partir del momento de la concepción. Nadie puede ser privado de la vida arbitrariamente”. Y cabe recordar que esta Convención tiene fuerza de ley en Nicaragua, según lo establece el Artículo 46 de la Constitución.
Por otro lado, el hecho de que el aborto terapéutico haya sido reconocido en la legislación penal nicaragüense desde hace más de un siglo, no significa que esa fue una decisión correcta y que se trata de una norma justa y necesaria. En realidad, muchas leyes han habido —y hay todavía— que fueron dictadas desde hace muchos siglos, ya fuese por imposición o porque se creía que eso era lo correcto, pero con el andar del tiempo han tenido que ser abolidas o modificadas de manera sustantiva, porque no eran correctas o porque ya no se ajustan a la realidad. Ciertamente, la antigüedad de la norma y la costumbre no necesariamente las hacen justas ni válidas. Y éste podría ser el caso de la disposición legal sobre el aborto terapéutico, que existe desde hace 105 años pero tal vez ha llegado el momento de reconsiderarla y excluirla del Código Penal.
Para proteger y salvar la vida de una mujer embarazada y/o de un niño por nacer, no hay por qué escoger entre la vida de una y la del otro. Tampoco el Estado debe tener la monstruosa potestad de determinar por medio de la ley que una vida es más válida que la otra. Es cierto que en situaciones determinadas del embarazo, en la relación vital que se establece entre la madre y el niño por nacer se puede crear una trágica contradicción, ante la cual hay que tomar una decisión de mortales consecuencias para alguna de las partes. Pero eso no significa que se deba autorizar legalmente, de previo y para todos los casos, suprimir la vida del no nacido por considerar que tiene un valor inferior al de la vida de la madre. Todas las vidas —incluyendo la del no nacido— tienen la misma dignidad y aún en los casos más extremos hay que actuar de conformidad con el principio moral del respeto al derecho a la vida en cualquier circunstancia.
Y ante la inminente decisión que van a tomar con respecto al aborto terapéutico, los legisladores nicaragüenses deberían considerar la recomendación que les hizo Su Santidad Benedicto XVI en un discurso ante los presidentes de las Comisiones Episcopales para la Familia y la Vida en América Latina, el 3 de diciembre del año 2005: “Los políticos y legisladores, como servidores del bien social, tienen el deber de defender el derecho fundamental a la vida, fruto del amor de Dios”.