Según datos estadísticos del Ministerio de Salud, en Nicaragua se practican entre 15 y 20 abortos por cada mil mujeres; y de acuerdo con la organización International Projects Assistance Services, IPAS, se realizan en el país aproximadamente 32 mil abortos por año; y un promedio de 5,500 mujeres acuden anualmente a los diferentes centros médicos buscando asistencia, debido a complicaciones provocadas por los abortos practicados.
Para justificar el aborto, los abortistas han inventado una gran cantidad de falsos argumentos y le han agregado el término terapéutico para engañar y confundir a la gente. Terapia significa curar, y en este caso el aborto no cura nada. Desde el punto de vista médico, debo señalar que no existe circunstancia en la cual se deba optar entre la vida de la madre o del hijo. El Colegio de Cirujanos de Estados Unidos de Norteamérica ha sido bien categórico al sostener que: “todo médico que practica un aborto mal llamado terapéutico, o ignora los métodos modernos para tratar las complicaciones de un embarazo, o no se quiere tomar el tiempo en usarlos”.
Tanto en los raros casos de embarazo por violación, como en los embarazos no deseados en lo que se refiere naturalmente a las mujeres solteras, está científicamente comprobado por medio de numerosos estudios en diferentes países, que el aborto no va a quitar ningún dolor físico o psicológico, al contrario, le va a agregar las complicaciones físicas y psíquicas que ya el aborto tiene de por sí. Este daño psicológico se refleja claramente en el valiente y honesto testimonio de miles de mujeres en todas las partes del mundo.
En los casos extremos de malformaciones, no puede ser el aborto una medida para evitar que nazcan niños y niñas con capacidades diferentes, puesto que de aceptar esta premisa y argumento, habría también que eliminar a todas aquellas personas que presentan algún grado de incapacidad ya sea física o mental, de tal manera, que a quienes practican o llegaran a practicar semejante atrocidad, deberían ser considerados como criminales de lesa humanidad.
El aborto, ni puede, ni debe ser visto como un método anticonceptivo. No es posible que hombres y mujeres quieran terminar con un embarazo simplemente porque no estaba dentro de sus planes tener un hijo. El feto tiene vida desde el primer momento en que es concebido, y no puede ser que hoy nos encontremos debatiendo si podemos darle o no oportunidad de vida a seres humanos que no pueden defenderse. Si se nos concedió la oportunidad de pensar y decidir llevar una vida sexual activa, debemos ser responsables y asumir las consecuencias de nuestros actos y decisiones, siendo valientes para enfrentarlos y no buscando soluciones atroces a los resultados conscientes de nuestros actos.
Asombra que existan miles de organizaciones en diferentes partes del mundo a favor del aborto, pero llama más la atención que la mayoría de estas organizaciones están conformadas por mujeres, y es precisamente a la mujer, a quien Dios le dio la oportunidad de dar vida. Muchas de estas organizaciones han luchado contra la violencia y por la igualdad de género, y qué contradicción más profunda cuando el aborto es un acto de violencia abominable.
A estas mujeres se les puede admirar por su lucha de tener los mismos derechos y oportunidades que los hombres, pero es repudiable que en esa búsqueda de igualdades quieran sentirse dueñas de la vida, queriendo establecer leyes que permitan abortar, bajo la figura del mal llamado aborto terapéutico, como es el caso en nuestro país.
El primero y más elemental de los derechos humanos es el derecho a la vida; y la concepción por su naturaleza, desde el mismo momento de un embarazo está ligado a la raíz biológica del ser humano, de tal manera, que aquel médico o paramédico que practique el mal llamado aborto terapéutico, para interrumpir un embarazo, se convierte en un verdadero criminal, y así debería tipificarse este delito en el Código Penal correspondiente.
Creced y multiplicaos dice el Génesis, y el doctor Jerome Lejeune, uno de los padres de la genética moderna expresó: “Es mucho menos pesado tener a un niño en los brazos, que cargarlo sobre la conciencia”.