Segunda entrega
Recordar en 1988 la destrucción de la comunidad de Bilwaskarma le costó a Dionisio Melgara Brown su puesto en el Estado, donde trabajaba como especialista en lengua materna miskita para el programa de educación bilingüe bicultural.
Preparaba un libro de lectura para niños en su oficina de Puerto Cabezas y en uno de los textos relató, en miskito, cómo había sido destruida la comunidad de Bilwaskarma en enero de 1982, cuando el gobierno sandinista ordenó sacar a la fuerza a los pobladores de casi 40 aldeas.
“En Bilwaskarma —escribió— había un hospital muy bueno y este hospital fue destruido por los enemigos del pueblo”.
Los delegados del Ministerio de Educación y del Frente Sandinista (FSLN) le ordenaron que cambiara esas palabras, pero Melgara se opuso y después de una discusión agria terminó en la calle hasta sin el pago de su liquidación laboral.
“Yo no hacía alusión a nadie en particular, sino que el que tenía la conciencia mal que asumiera eso”, cuenta hoy mientras trabaja en un pequeño museo de la etnia miskita que levanta en su casa de Waspam.
La frase que puso en el texto de educación bilingüe era insignificante, comparada con lo que Melgara había vivido y visto durante el desalojo forzado: “La gente salió llorando y la gente miraba su ganado ser rafagueado ante ellos, y la gente decía ‘pero si eso me ha costado a mí, no hagan eso’... Hay casos de gente inválida que quedó encerrada en las casas y fueron incendiadas también, gente inválida que nadie la pudo sacar. Fue violento...”
UNO DE LOS PRIMEROS PRESOS
Melgara es un maestro reconocido en Río Coco y por promover la cultura miskita resultó sospechoso para la Seguridad del Estado sandinista que lo metió a la cárcel a principios de 1981, cuando también capturaron a pastores moravos y predicadores católicos de las comunidades indígenas.
En su casa ensayaba un grupo de danza miskita y una noche, al volver él de la comunidad de Bihmuna, los militares lo esperaban en la entrada de la vivienda y lo encañonaron con fusiles. “Abrí y decí dónde tenés las armas”, le ordenaron. Buscaron y no hallaron nada.
“Me llevaron por la parte más oscura y me anduvieron por todo Waspam”, relata. “Después agarraron a otro muchacho amigo mío y me llevaron a Puerto Cabezas… En Puerto la cárcel estaba llena y muchos eran pastores”.
Lo acusaron de ser colaborador del movimiento indígena. Ese fue su único delito.
Monseñor Salvador Schlaefer, el obispo católico de la zona, llegó a gestionar la libertad de Melgara, a quien conocía bien porque desde 1970 trabajaba con él en la traducción de la Biblia al idioma miskito.
EL RETO DE LAS ARMAS
En esos primeros meses de 1981, la Seguridad del Estado hacía redadas en las comunidades indígenas porque sospechaba que la organización Misurasata seguía un plan separatista, para poner bajo dominio miskito un área de 45 mil kilómetros cuadrados, casi el 38 por ciento del territorio nacional.
Misurasata, que representaba a los indígenas miskitos, sumus y ramas, “pasa durante el mes de enero y parte de febrero de 1981 a la ofensiva con acciones que tenían un claro signo provocativo… Comienzan a detener a los vehículos estatales que circulaban por las carreteras del Atlántico, exigiéndoles el pago de un impuesto a fin de dejarlos transitar”, anotó en el libro El caso de los miskitos el antropólogo Jorge Jenkins, quien entonces era funcionario del gobierno.
Dionisio Melgara afirma que las primeras provocaciones las hizo el FSLN y recuerda cómo un jefe militar sandinista retó a un grupo de simpatizantes de Misurasata en Waspam:
—¿Ustedes quieren su tierra? — les dijo—. Pues, agarren las armas como hicimos nosotros… Si ustedes agarran las armas y nos ganan, pues, merecido, si no, no…
Los indígenas entendieron esas palabras como una advertencia clara: el FSLN tomó el poder con las armas y puede hacer lo que quiera.
“Entonces la gente (miskita) se alzó en armas”, explica Melgara. “Reclamaban respeto a la tierra, la pertenencia de la tierra a la comunidad, la lengua… Era gente que luchaba por su tierra, por los derechos que nunca se les había dado”.
EN EL RÍO BAJO BALAS
Días antes de que los soldados sandinistas llegaran a sacar a los habitantes de la parte alta del Río Coco, la gente de las comunidades empezó a huir a Honduras porque la militarización aumentaba en la zona.
Cientos de familias miskitas pernoctaban a la intemperie cerca de la ribera norte del río, en territorio de Honduras, cuando al pastor Alejandro Leal se le ocurrió cruzar a Nicaragua con un grupo en busca de alimentos y casi mueren acribillados.
“A mí me agarraron los (aviones) Push and Pull en el agua. Yo andaba buscando guineos… La gente se venía, el miskito no tiene frontera y ellos venían a buscar comida”, relata Leal. “Yo me crucé, vine a mi pueblo (San Esquipulas), no andábamos robando, son nuestros, somos dueños…”
Cuando el pipante en que navegaba el pastor salió del río Umbra al río Coco, dos aviones de combate de la Fuerza Aérea Sandinista (FAS) pasaron sobre él, casi rozando los árboles.
“Yo oré, le dije al Señor, Señor soy tu siervo, no ando robando, estoy buscando lo mío, para mi familia, guarde mi vida Señor. No me disparó. Se vinieron de pique, bajito, no me disparó”, dice el religioso de la Iglesia de Dios de Nicaragua.
Sin embargo, le dispararon a otro bote más allá. “Iba cruzando, allí por Klinklin, los agarra, partió el bote en dos tucos, hirió a ocho y a uno le trozó el dedo, el dedo gordo”.
Semanas antes Leal había insistido en quedarse en el templo de San Esquipulas, cuando en la comunidad ya sólo había una familia en medio de la desolación y el temor de que llegaran en cualquier momento los soldados sandinistas. Al final se fue porque grupos indígenas armados llegaron a sacarlo, por orden de Steadman Fagoth, con quien le une un parentesco.
“Toda la población se fue a Honduras, pero yo no quería cruzarme de inmediato porque dicen que el pastor da su vida por las ovejas… Yo me quedé con una familia allí, como esa familia no se quería cruzar yo preferí morir o sufrir las consecuencias”, dice el pastor que hoy reside en Waspam y predica en varias comunidades.
Ya en suelo hondureño sufrió las pérdidas, igual que todos los miskitos nicaragüenses del Río Coco: “Yo tenía una casa nueva, la acababa de construir y me la quemaron... El 90 por ciento de la población tenía su ganado, sus cerdos, tenía sus casas y vivían bien”.
Se dedicó a predicar en los refugios de Mokorón hasta 1987, cuando decidió volver a Nicaragua por la comunidad de Leymus, acompañado por otras familias. Fue el primero en abrir esa vía de retorno, con la protección de algunas embajadas europeas y del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), porque antes los repatriados iban de Honduras a Managua y después a la costa caribeña.
RETORNO EN POBREZA
Las comunidades de Río Coco comenzaban a repoblarse con la gente que volvía de los asentamientos de Tasba Pri y de territorio hondureño. El retorno había sido una demanda de los alzados en armas, con los que el gobierno sandinista inició negociaciones de paz en mayo de 1985, en la comunidad de Yulu, a unos 40 kilómetros de Puerto Cabezas.
“La gente al volver fueron al río directamente a tirarse con todo y ropa”, recuerda Dionisio Melgara. “Ay, mi río, decían, tanto que te añoré, tanto que he soñado con vos, ahora sí puedo morir en paz”.
Los miskitos habían vuelto a su tierra, donde ya no tenían nada más que la tierra y algunos plásticos y láminas de zinc que les dio el gobierno para que se guarecieran.
“Mi papá (Lencho Melgara) tenía cien cabezas de ganado y ninguna logró salvar… Gente que perdió 50, que 100 cabezas de ganado”, lamenta Dionisio. “Waspam era un granero. Exportábamos arroz, frijoles, hasta carne. Había mucho trabajo y la gente producía bastante… Antes la gente no esperaba que le dieran, cada quien sembraba sus tres o cuatro hectáreas”.
El pastor Alejandro Leal, quien evangeliza en diferentes comunidades de Río Coco, afirma que hoy existe “mucha crisis, el problema de la propiedad comunal sigue” y “en las comunidades la gente recuerda esa etapa difícil” del desalojo.
“Hay que invertir en agricultura y ganadería, porcinos...”, sugirió. “En los años sesenta y setenta estaba una compañía de tuno (árbol del que extraen sustancia para la industria); todo mundo, hasta los chavalitos, tenían dinero... Si hubiera un acopio de musáceas en el río y en la zona del llano, todo mundo va a sembrar y se va a vender, ya el arroz no va a venir de Managua... Antes exportábamos”.
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