Las golondrinas en el centro de la vieja Managua eran un institución que año con año visitaban la Avenida Roosevelt para colocarse por las tardes en el tendido eléctrico y ensuciar las calles, a los transeúntes y a los automóviles que circulaban por la denominada vía, era costumbre de los peatones mirar hacia arriba y capear los excrementos que coloreaban de blanco, calles, cabezas y automóviles. De aquellas golondrinas no queda nada, pero sí de las golondrinas que sustituyeron la vida de Managua y Nicaragua en el campo político, separando a la familia, promoviendo el odio de clases, rechazando la existencia de Dios y a través de consignas, y comités, destruyendo la confianza en la sociedad, aniquilando a la clase media y confundiendo la conciencia de los nicaragüenses a través de calumnias, falsas denuncias y toda clases de tropelías contra la integridad personal y la dignidad humana. Asimismo quebraron la economía por medio de una serie de gestiones equivocadas, estatizaron la planta productiva y obligaron a un éxodo familiar que todavía persiste. A todo esto hay que agregar el derramamiento de sangre entre hermanos, las confiscaciones injustas y el derroche de los recursos que países amigos dieron con mano generosa. Amén, de toda libertad y derechos del hombre conculcados.
Hay un dicho campesino: “A la cuarta, ni los bueyes”. La sabiduría de nuestra gente de tierra adentro se ha de imponer de nuevo para derrotar por cuarta y última vez a uno de los caudillos que lleva más años en el poder que los mismos Somoza; ahora con un discurso de reconciliación retorcido y falso poniendo al máximo jerarca de la Iglesia como testigo de una traición, tal es el caso del llamado comandante Talavera, firmante abusivo sobre la Bandera, en un grotesco pacto que no tiene razón de ser ahora, ya que debió haber sido signado por los verdaderos comandantes de la Resistencia hace más de 16 años. El embanderado comandante más parecido a una caricatura del Chapulín Colorado, que a un estadista serio, abogando por la reconciliación nacional, tampoco exhibe su ánimo de reconciliación al echar a pelear a los hermanos Rizo Castellón. Esas triquiñuelas no abonan para la seriedad y responsabilidad que un auténtico líder y patriota debe sentir por sus semejantes. Así podríamos pasar toda una tarde comentando la falsa reconciliación, misma que se debería iniciar en su propio espíritu, devolviendo el producto de la piñata, terminando con los pactos que han destruido la institucionalidad democrática de Nicaragua tan necesaria para el desarrollo social y económico del país.
Mantener el Poder Judicial bajo su control, disponer de la ley a su favor y antojo, decidir quién tiene derecho y a qué tiene derecho, mantener de rehenes a políticos y ocupar otros poderes del Estado para su conveniencia personal y partidaria, no es justamente reconciliarse con su pueblo. Esta crítica no la hago desde el punto de vista personal, si no desde la actitud que día a día observamos en la conducta del caudillismo totalitario.
Ojalá que el deseo de una verdadera reconciliación anide en las almas de los nicaragüenses, empezando por el señor Ortega y sus asesores más cercanos, por el bien de un país pobre y miserable que necesita superarse a través de los verdaderos valores, de una educación para todos, de las oportunidades de trabajo en general y del enriquecimiento personal en el campo espiritual y cultural.
Sólo un pueblo culto puede ser libre y su desarrollo depende de quienes podemos darle lo mejor de nosotros. Ese es el reto y no el remedo de Superman, las capas y las banderas.