Miles de musulmanes han exigido que el Papa Benedicto XVI se disculpe ante una supuesta ofensa a la religión islámica enmarcada en su reciente discurso en la Universidad de Ratisbona (Alemania). Se trata de una supuesta ofensa porque los fragmentos aludidos deben ser entendidos en su debido contexto y no interpretados malintencionadamente como se ha hecho.
El argumento principal del discurso del Papa era el rechazo claro de toda motivación religiosa de la violencia. Quien actúa con violencia usando como pretexto la religión no actúa usando la razón, sino las pasiones y los sentimientos. Según Benedicto XVI, actuar sin uso de la razón contraviene la naturaleza de Dios. Por lo tanto quien usa la violencia en nombre de Dios es una patología de la religión, venga de donde venga.
Es innegable que muchos relacionen la reacción desproporcionada del mundo musulmán sobre este malentendido con la polémica, que en su momento suscitaran las caricaturas de Mahoma en un diario danés. Eso lleva a pensar que existe una hipersensibilidad de parte de ciertos grupos islámicos que —so pretexto de defender su religión— encuentran motivos para usar las armas como solución a sus problemas. Resulta inadmisible que dichos grupos radicales —entre ellos Al Qaeda— amenacen con ataques al Vaticano e incluso contra la vida del Papa.
Matar a gente inocente en nombre de Dios es una patología propia de gente que usa la pasión en vez de la razón, que usa cualquier medio con tal de obtener fines nefastos, que declaran una guerra a occidente en vez de abrirse al diálogo y al entendimiento mutuo. La yihad —guerra santa— declarada por los grupos radicales no está por venir. Ya comenzó y sólo terminará cuando exista una interpretación clara, sensata y humanizante de la religión. Hasta que no suceda esto, occidente tendrá que verse sumido entre la incertidumbre y el desconcierto como lo suscitaron en su momento atentados como los de New York, Londres y Madrid.
En ningún momento el Papa trató de ofender a la religión islámica. Por el contrario, siempre su posición intelectual ha sido la de la apertura con las demás religiones bajo el ecumenismo. Sin embargo, el hecho de plantear un diálogo interreligioso e intercultural no justifica que la violencia sea admitida como medio para venerar a Dios.
Quien analiza con cuidado el discurso del Papa Benedicto XVI puede comprobar fehacientemente que en ningún momento se ofende a la religión islámica. La frase aludida como supuesta ofensa se refiere a la de un personaje histórico, pero no representa el punto de vista del Papa.
Una cosa es la tolerancia religiosa y el respeto por el Islam y otra muy distinta permitir que se use la violencia para difundir la fe. Incendiar embajadas, amenazar la vida de gente inocente, quemar banderas, cometer atentados atroces, generar pánico en los aeropuertos, secuestrar a periodistas y ejecutar otra serie de actos parecidos, son síntomas de una enfermedad que —lejos de disiparse con el tiempo— evoluciona silenciosamente, como si tuviéramos que depender de la interpretación subjetiva de algunos fundamentalistas islámicos, lo cual, a su vez, convierte en incierto nuestro futuro. Aunque no tanto como para evitar levantar la voz en alto frente al atropello de la libertad de expresión.
Resulta inaudito que si nos ubicamos en el contexto histórico todavía tengamos que detener nuestro diálogo entre civilizaciones y religiones por causa de grupos extremistas que entorpecen todo el esfuerzo que muchos hacen por construir una cultura de la paz.
Apoyamos al Papa Benedicto XVI no porque estemos a favor de la religión católica y en contra de la islámica, sino porque la violencia y las amenazas infundadas no tienen ningún sentido en una sociedad que cada vez pretende preocuparse en temas más importantes como la ética, la educación y la pobreza.
Luchar contra quienes pretenden obligarnos mediante la fuerza a pensar de una determinada forma, a someternos a su doctrina, a creer en sus verdades es un reto necesario a afrontar si de verdad queremos que nuestras culturas convivan en un clima de tolerancia, respeto y entendimiento mutuo.