Quizás pocos conocen que el famoso autor de las novelas, Tom Sawyer y las Aventuras de Hunckleberry Finn, y otros, el escritor norteamericano Mark Twain, (1835-1910), pasó por Nicaragua, y estuvo los pocos días que dilataba la travesía, viniendo de Nueva York, o sea de la costa Este de los Estados Unidos, hacia San Juan del Norte de Nicaragua, buscando pasar hacia San Juan del Sur, transbordando en el río San Juan, luego por el Gran Lago de Nicaragua navegando al Puerto la Virgen, de ahí a la costa de San Juan del Sur, para seguir rumbo a California, en la costa Oeste de los Estados Unidos. Solamente que Mark Twain hizo la travesía en sentido contrario.
Su verdadero nombre era Samuel Langhorne Clemens, y se caracterizó por su espíritu aventurero y de múltiples oficios, entre ellos, marinero por el río Misisipí, tipógrafo, periodista, conferencista y buscador de oro. Quizá este último oficio lo animó a emprender la marcha hacia California, encendida en esa época por la enfermedad de la fiebre de oro descubierto en este Estado en 1848.
Conocido por el buen humor natural en su personalidad, Mark Twain no dejó de expresarlo en su travesía por nuestro país, el que realizó los últimos días de diciembre del año 1886, tan sólo nueve años después de la expulsión del filibustero William Walker de nuestro territorio nacional y de Centroamérica, y a sólo seis años de su fusilamiento en Trujillo, Honduras, por el ejército nativo de ese país.
Divertido resbalón a través de Nicaragua, corresponde al capítulo, o Carta número cuatro, de su libro de viaje: Mark Twains Travels with Mr. Brown being Heretofore uncollecterd sketches, Written by Mark Twain, y apuntado con el sugestivo y extrovertido subtítulo: For the San Francisco Alta California in 1886-1867, describing the adventures of the autor and his irreprenssible companion in Nicaragua, Hannibal, New York, and other spots on their way to Europe, publicada su traducción al castellano en el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación, No. 51, de Enero-Febrero de 1983, con el cual me re-encontré buscando una información histórica.
Aunque conocer la visita de Mark Twain es importante en toda época del año, en septiembre se hace quizás evocador, pues su estancia dista a poco de concluida la Guerra Nacional, y la hizo precisamente por medio de uno de los motivos de la Guerra Nacional, la Compañía Accesoria del Tránsito, la cual había reanudado sus operaciones después que Walker le canceló la patente a su dueño Cornelius Vanderbilt, cuyos barcos Twain describe como lamentables.
Sin embargo, el renombrado autor describe, como pocos, el paisaje que le tocó presenciar desde que arribó a tierra nicaragüense: “Y para los ojos de algunos de nosotros hartos ya de ver sólo mar y cielo, nunca unos verde-brillantes cerros de enfrente fueron más bien vistos, más encantadores, tan hermosamente amenos, como aquellos que veíamos allí no más, a sólo un tiro de pistola”. El escritor, de cara bonachona y pícara, nos informa que el cólera morbus todavía no retiraba sus garras de nuestro país, y tuvieron que tomar precaución con otra tripulación que estaba en cuarentena. Como se recordará esta epidemia causó desastres en las filas de la Alianza centroamericana y en la tropa filibustera.
También el genial escritor sureño relata que la ruta de San Juan del Sur, en el Pacífico, al puertecito de La Virgen en el lago de Nicaragua, la hizo en carromato, “tirada por mulitas”, los de primera clase, en la que él viajaba, y en mulas y caballos los de segunda y tercera clase, no importaba si sabían montar. Aquello me recordó las fantásticas carnavaladas con que en el Oeste se celebra el 4 de julio, o aquel martes de carnaval en Nueva Orleáns”, y durante el trayecto de unos 12 kilómetros entre estos dos lugares se encontró en el camino muchas ventas o pulperías ofreciendo diversos tipos de frutas, comestibles, objetos y chozas de estancia “que aquí llaman hoteles”.
Cuando se embarca en el Puerto la Virgen, para cruzar el Gran Lago, se asombra, como todo viajero hasta hoy, de los dos volcanes casi simétricos de la isla de Ometepe. “Alejados ya en el barco, nos sentamos bajo el toldo y comenzamos a almorzar. Fumamos, escribimos las notas de nuestro alegre resbalón a través del istmo, compramos hermosos bastones de caoba hechos por los nativos, y por fin quedamos abstraídos. Del centro del hermoso lago emergen dos maravillosas pirámides arropadas en un verde frescor y suavísimos, veteadas sus faldas de luces y de sombras; sus cimas perforan las errabundas nubes. Parecen los volcanes apartados del vértigo del mundo, tan tranquilos así como están, inmersos en sueño y reposo. ¡Qué bien se podría vivir en sus boscosidades, en sus laderas bañadas de sol”.
De la mujer nicaragüense describe con elogio su gracia: “Cada doscientos metros pasábamos ranchitos con ventas atendidas por muchachas de pelo negrísimo y relampagueantes ojos, que de pie ante las bateas nos miraban pasar en actitudes como de agraciada indolencia. Vimos dos de estas muchachas que eran en verdad muy lindas. ¡Ah, sus ojos líquidos de mirada opiáceas, aquellos labios carnosos! Su abundoso pelo liso y satinado, y qué decir de su arrebatadora prestancia incendiaria! Cuán llenas de gracia, y qué curvas tan voluptuosas, y con tan pocos trapos encima... Estas doncellas achocolatadas venden café, té y chocolote, bananos, naranjas, piñas, huevos cocidos, guaro aborrecible, mangos, jícaras labradas, y hasta monos...”
Mark Twain describe en su corto viaje por Nicaragua, habiendo arribado a San Carlos, recorriendo ya el río San Juan hacia San Juan del Norte, en el Atlántico, paisajes abruptos y verdes, chozas, pueblos, pájaros, loras que ve por primera vez en libertad, monos que los pasajeros compraban para llevar a Nueva York, que sólo había visto en los circos; toda la vegetación tropical vista por un artista que pinta con su pluma los más bellos y hermosos paisajes de nuestra Patria y que aún muchos de nosotros desconocemos.
En referencia al Almirante inglés Nelson y a William Walker, a quien menciona dos veces, y a la vista de la fortaleza de El Castillo dice: “Dícese que el Almirante Nelson, entonces sólo un simple Alférez de Navío, lo tomó y que esa fue su primera hazaña. En nuestros días Walker se apoderó de él con 25 filibusteros y sin disparar un solo tiro, pero fue gracias a la traición de su comandante, según decires”.
El público lector que en nuestro país ha aumentado de una manera extraordinaria en la última década, podría buscar en las bibliotecas este emocionante escrito del viajero que con ojo asombrado y crítico, irónico y burlón, describe en una impronta, personas, vegetación y alguna fauna que nos recuerda que Nicaragua, aún en su pobreza económica, sigue siendo bella y cautivadora.