En los cuatro años de la “era Lula”, Brasil impulsó una agenda de fuerte protagonismo internacional y se enorgullece de iniciativas como la del G-20, aunque tuvo fracasos y vio cuestionadas sus ambiciones de liderazgo regional por sus propios vecinos.
También la diplomacia brasileña fue criticada por sectores industriales y de la oposición por haber “ideologizado” la política externa.
Desde la búsqueda de un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, pasando por mediaciones para desactivar crisis en Venezuela y Bolivia o el envío de tropas a Haití, pocos son los campos en los que la diplomacia de Lula no haya querido dejar su marca.
El presidente Luiz Inácio Lula da Silva, defensor del multilateralismo, se opuso a la guerra lanzada por Estados Unidos contra Irak en 2003 sin el aval de la ONU. Empero, eso no impidió que el presidente George W. Bush calificara a Brasil de país “amigo” y destacara su liderazgo regional durante una visita a Brasilia en 2005.
Ese activismo externo de Brasil rescata una agenda nacionalista característica de la última fase del régimen militar (1964-85), pero que había perdido prioridad con el retorno de la democracia.
“Itamaraty (la Cancillería) viene construyendo esa política hace mucho tiempo, para colocar a Brasil como un gran país en el escenario internacional”, dijo a la AFP la profesora Sonia Ranincheski, del Centro de Investigación y Postgrado sobre las Américas, de la Universidad de Brasilia.
“Pero Lula usó muy bien su carisma y su imagen de estadista para impulsar esa política”, agregó Ranincheski, tras destacar el papel del canciller, Celso Amorim, en el diseño de esa estrategia.
Al asumir el poder, Lula abogó por una “nueva geografía económica y comercial” reforzando las alianzas Sur-Sur; el G-20, que se opone a los subsidios agrícolas de los países ricos, es mostrado como el mejor ejemplo de esa orientación.
“El G-20 fue la iniciativa política más relevante en las negociaciones comerciales de los últimos tiempos”, dijo Amorim.
Pero Brasil también sobrestimó sus fuerzas, como en 2005, cuando su candidato a la dirección de la OMC quedó rápidamente fuera de lista por falta de apoyo, incluso, entre los países emergentes.
DESAFÍO DE CHÁVEZ
Además, vio desafiada su pretensión de liderazgo regional cuando el gobierno del presidente boliviano, Evo Morales, decretó este año la nacionalización de los hidrocarburos, afectando los intereses de la gigante estatal brasileña Petrobras.
Una nacionalización que contó con el apoyo del presidente venezolano, Hugo Chávez, quien no desperdicia ocasión de extender su propia influencia en la región, a partir del poder que le confieren sus riquezas petroleras.
Brasil trató de priorizar, además, la integración sudamericana pero muchos de sus vecinos fueron a buscar acuerdos bilaterales con Estados Unidos, ante el estancamiento del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), en gran parte, gracias a Brasil, el cual exigió a EE. UU. disminuir sus subsidios agrícolas y abrirse a algunos productos brasileños.
El Mercosur, pilar de la política regional de Lula, tampoco consiguió avanzar: Argentina impuso salvaguardas contra la “invasión” de productos de Brasil, en tanto que Paraguay y Uruguay buscan acuerdos con Estados Unidos, que amenazan a la unión aduanera.
El socialdemócrata, Geraldo Alckmin, principal adversario de Lula en las elecciones de hoy domingo, critica la “ideologización” de la política externa, por considerar que Brasil reaccionó de manera débil a la ocupación militar de las instalaciones de Petrobras en Bolivia.
La oposición y sectores industriales consideran, además, que Brasil se ocupó demasiado en abrir mercados secundarios y desatendió la búsqueda de pactos comerciales con Estados Unidos y la Unión Europea (UE).
Con frecuencia, Lula ha evocado su experiencia personal de líder sindical para explicar la actitud que es necesario adoptar en la búsqueda de una mayor proyección mundial para Brasil.