En 1956, hace ya 50 años, en su resolución 836, la Asamblea General de las Naciones Unidas recomendó que se instituyera en cada país un Día Universal de los Derechos del Niño, o Día Mundial de la Infancia, destinado a promover actividades que contribuyeran a mejorar el bienestar, la fraternidad y la comprensión entre los niños del mundo. El 20 de noviembre de 1959, la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración sobre los Derechos del Niño, y treinta años más tarde, el 20 de noviembre de 1989, proclamó la Convención sobre los Derechos del Niño.
Cada país firmante de la Convención (que supuestamente implica el compromiso de cumplir las normas contenidas en ella) ha establecido una fecha conveniente para celebrar el Día del Niño. En Nicaragua, se celebra el primer día de junio, incluso, se extiende a todo el mes de junio, pero, por lo general, son organizaciones de la sociedad civil que trabajan por los derechos de la niñez quienes organizan actividades conmemorativas, que involucran a los menores en recreación, expresiones artísticas, deportes u otras formas de celebración.
Muchas personas, al igual que como ocurre con el Día de la Madre, el Día de la Mujer, Navidad y otras fechas conmemorativas, ven en éstas nada más que la propaganda oportunista del consumismo que nos ahoga. Para las organizaciones que hacen causa con los derechos de la niñez, es una oportunidad para llamar la atención a los entes gubernamentales sobre la necesidad de promover mejores oportunidades para el desarrollo integral de los menores, y a los padres, de asumir responsablemente su papel de rectores en la formación de los forjadores del futuro inmediato.
En todo caso, el Día del Niño y el Día Mundial de la Infancia deberían constituirse en oportunidades para promover el conocimiento de los niños acerca de sus derechos, el conocimiento de los padres de lo que deberían de exigir de las instituciones y de los deberes que ellos mismos tienen para con sus hijos, así como de las organizaciones, para hacer causa común por la construcción de un mundo más justo, donde, sobre todo, los niños tengan la oportunidad de vivir en paz, en el seno de una familia protectora y defensora de sus derechos, con acceso a una educación de calidad y a servicios de salud adecuados, en una sociedad donde puedan desarrollar sus talentos y potenciales, para convertirse en hombres y mujeres íntegros, capaces a su vez de cambiar el mundo en un sitio mejor.
Está en nuestras manos ayudar a nuestros hijos a construir un mundo mejor, el mundo en el que nosotros desearíamos vivir.