Los líderes del PLC expulsaron a Eduardo Montealegre en el 2003 convencidos de que no tenía posibilidades de convertirse en un serio rival. ¿Quién podía competir con la bien aceitada maquinaria del PLC? El votante nicaragüense era fiel a su partido histórico y nadie, excepto el FSLN, poseía la estructura organizativa nacional capaz de asegurar la cobertura de las más de doce mil juntas receptoras de votos y el apoyo logístico, monumental, que requieren la movilización y traslado de militantes en tiempos de elecciones.
La tradición del bipartidismo, o de las paralelas históricas, habían sido además una constante de hierro. Liberales y conservadores monopolizaron todo el espacio político desde la guerra nacional de 1856, hasta el rompimiento traumático de la revolución de 1979. Tras ésta parecía haberse inaugurado un nuevo paralelismo entre el FSLN y el PLC. En la tradición paternalista de la política nicaragüense, en la cual la militancia partidaria se forja a través de una mezcla de lealtades familiares o vínculos de sangre, junto a agradecimientos por favores recibidos, cambiar de partido por razones de ética o principios parecía sumamente improbable. Sobre todo después de las reformas constitucionales que Ortega y Alemán hicieron, precisamente, para fortalecer su bipartidismo —incluyendo la famosa disminución del porcentaje electoral necesario para ganar en primera vuelta—. Alemán accedió a esta asombrosa concesión, no sólo para asegurar su inmunidad a través de una diputación sino para capitalizar a favor de su partido el miedo a Ortega. La única forma de vencerlo era uniéndose alrededor de una sola fuerza. Para Alemán y sus amigos, ésta sólo podía ser el PLC.
Con el peso considerable de éstos y otros factores la prolongación del bipartidismo estaba asegurada en la mente de los caudillos. ¿Iba a poder, un Eduardo Montealegre o un Herty Lewites organizar, en sólo un año y algunos meses agrupaciones políticas nuevas, capaces de enfrentar a los curtidos y poderosos partidos tradicionales?
Para asombro de muchos la ALN lo pudo y el MRS en menor grado. Tan es así, que de no haber mediado las reformas constitucionales Eduardo estaría en vías de convertirse en el próximo Presidente de Nicaragua. Pero las reformas no pudieron evitar que se fracturara el grillete del bipartidismo y que, en una sociedad tradicional, ocurriera lo que parecía imposible; el surgimiento, sin precedentes en nuestra historia, de una nueva fuerza que de la nada se encumbró como la segunda agrupación política del país, desplazando cívicamente a una de las paralelas históricas.
¿Qué hizo posible este portento sociológico y político? La realidad es que la ALN desgajó a su favor una importante tajada del liberalismo, junto a una gran proporción del voto independiente, porque un porcentaje importante de nuestra población rechazó el pacto, el autoritarismo y la corrupción, abrazados por la cúpula arnoldista del PLC. Muchos nicaragüenses sintieron repugnancia ante el chantaje implícito de tener que respaldar al PLC, porque sólo ellos poseían la maquinaria para derrotar a Ortega, y prefirieron los riesgos obvios de apostar por una alternativa distinta.
Esto implica que Nicaragua vive un interesante proceso de modernización; de que está emergiendo un electorado, no tradicional, que se mueve por razones de convicciones y principios y no por las lealtades caudillescas u oportunistas de antes. El que la ALN haya predominado en las ciudades y el PLC en el campo confirma esta tesis. Las primeras concentran la población más informada, abierta al cambio e instruida del país. El otro los sectores más aislados, tradicionalistas e iletrados. El hecho de que la fortaleza del PLC sea rural es el mejor testimonio de su debilidad. Porque indica que ha perdido su liderazgo en las áreas más modernas de nuestra sociedad y que está perdiendo el futuro; porque Nicaragua continuará su proceso de urbanización y modernización.
Hay luz en el horizonte, a pesar de los nubarrones. Uno de los aspectos más deprimentes del bipartidismo tradicional era la sensación de inmovilismo. Los caudillos contaban con audiencias cautivas que les toleraban sus veleidades. Hoy tendrán que vérselas con la posibilidad —muy saludable— de que sus seguidores los dejen por otras opciones. Este tipo de fluidez es buena para la democracia. Pero lo más alentador es que se ha demostrado que el coraje político y la movilización ciudadanas, pueden cambiar realidades que se creían de hierro. Si sólo eso hubiésemos ganado, habríamos ganado mucho. Gracias Eduardo.