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Dominarse a sí mismo es el mayor de los imperios
Ivania Bonilla de Bordas
La autora es miembro del grupo Mi Experiencia Personal con Dios.

El dominio propio ha sido una condición de excelencia personal deseada y buscada por el humano en todos los tiempos. Un fuerte crítico de quienes no poseían la virtud de dominar sus explosiones violentas o los estados de ánimo negativos, fue el filósofo Séneca, quien consideraba que la templanza, a como también se le llama, es el gobierno más difícil y necesario, o el reino más grande alcanzado humanamente. Séneca en sus escritos solía describir cómo el famoso conquistador de persas, hircanos, indios y cuyo poderío se extendía al mundo conocido, el gran Alejandro Magno, yacía en las tinieblas de la tristeza, ira, lamentos y soledad. Refiriéndose al conquistador, Séneca decía: “En qué gran error están los hombres que desean llevar su dominio más allá de los mares y se consideran muy felices si obtienen guerreando muchas provincias, sin saber que dominarse a sí mismo es el mayor de los imperios… Es más fácil regir naciones bárbaras y rebeldes que contener la propia alma y entregarla a uno mismo”.

La necesidad de que las personas se empeñen en tomar las riendas de sus propios sentimientos, pensamientos e intereses egoístas, han pasado por todos los tiempos, desde Séneca hasta los actuales “gurús” como le suelen llamar a los escritores contemporáneos que lanzan teorías sobre los negocios del futuro, como es el caso de Peter Senge, con La quinta disciplina (The fith Discipline), quien destaca al dominio personal como el cimiento espiritual de la organización inteligente, cuyo fundamento reside en el innegable protagonismo del ser humano. Dice este libro que el dominio personal es la disciplina del desarrollo y del aprendizaje del hombre y la mujer que requiere del crecimiento espiritual y de una continua clarificación de lo que es verdaderamente importante para nosotros. También habla de la fuerza de voluntad para superar las resistencias al logro de nuestras metas, del compromiso con la verdad y de la metanoia o arrepentimiento, que significa un cambio de enfoque, un tránsito de una perspectiva a otra, que se hace tan necesaria en una vida que aspira a la excelencia.

En la Biblia, el dominio propio o templanza está catalogado como un fruto del Espíritu y quien lo muestra en sus actuaciones diarias es un verdadero cristiano que por amor a Dios y al prójimo ha dominado todo exceso, permaneciendo prudente en sus pensamientos, palabras y obras, aún en medio de las olas encrespadas de la vanidad ofendida, de la ira, de los temores y del disfrute de las pasiones. La templanza o dominio propio se alcanza apoyándose continuamente en la oración y en la guía del Espíritu Santo para que nos saque de la oscuridad de la insensatez y de los caminos torcidos hacia los caminos de luz y de paz celestial.

Recuerda, si Cristo mora en tu corazón, todo se halla bajo control y tu carácter será semejante a Él, quien nunca murmuró ni manifestó descontento, o desesperación. Él fue paciente y mostró dominio propio, aún bajo las circunstancias más agitadas y difíciles siempre mantuvo un tranquilo gozo interior que irradiaba paz hacia todo aquel que se acercaba a su persona. Todas sus obras en la tierra fueron hechas con dignidad y tranquilidad, porque se mantenía por encima de las pasiones humanas, sin ser indiferente a las aflicciones de los hombres y mujeres, por el contrario su corazón se conmovía con los sufrimientos y necesidades como si Él mismo fuera el afligido.

Ejercer el dominio de uno mismo es, en efecto, una gracia extraordinaria y deseable, pues aunque nos impone restricciones, éstas son para nuestro propio beneficio, ya que resultan en un aumento en la felicidad de nuestras familias, refina nuestro gusto, santifica nuestro criterio, y no lleva a crecer en modestia, honestidad, moderación, sobriedad, pudor, austeridad y buen orden.

Jesús dijo: “Por su fruto lo conoceréis” y un fruto espiritual es el dominio propio.

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