La posesión absoluta de la verdad es una quimera, quienes se conforman con creer lo que necesitan tener por verdad son cautivos de su inherente falsedad. “Prefiero que mi mente se abra movida por la curiosidad, a que se cierre movida por la convicción”. G.Spence
Al momento en que contaminamos la historia relatando no propiamente hechos, sino interpretaciones someras de los mismos, entonces, tal enfoque se vuelve subjetivo y deliberadamente malicioso e intenta retorcer siglos de historicidad quizás indeseable pero, real.
El periodista Vittorio Messori, en su libro Leyendas Negras de la Iglesia asegura que “la Inquisición no intervenía para excitar al populacho sino, al contrario, para defender de sus furias irracionales a los presuntos untadores o a las presuntas brujas”. En otras palabras, Messori intenta hacernos creer que la Iglesia ha sido objeto de un asedio malicioso por parte de sus detractores que han generado cúmulos de opiniones acres y arbitrarias, pero que la Inquisición como tal, fue un régimen más bien que procuraba rescatar los derechos del reo; para Vittorio se aplicaba un derecho procesal de cuyo rigor y equidad es digno de tomar ejemplo y añade: “dicho proceso no terminaba con la hoguera sino con la absolución o con la advertencia o imposición de una penitencia religiosa”.
Amnesia o no, se deja en el tintero intencionalmente; el detalle que en ese entonces primaba un sentimiento de intolerancia religiosa que fue el común denominador de la época, cada persona veía en las otras creencias a un enemigo de Dios y del rey, porque tales fueron las convicciones que dogmáticamente se inocularon en la psiquis de la gente. En la era medieval se explicaba el origen y el sustento del poder político como consecuencia directa de la “voluntad divina”. La religión era el sustento de la sociedad y del Estado, la moral era la base del ordenamiento jurídico. Las luchas religiosas solían darse alimentada por las pugnas políticas. El clero consideraba como apostasía toda intención foránea de la gente de abandonar su orden religioso. Así, la Inquisición mataba en nombre de sus propios principios. En sus procedimientos, es imperativo decirlo, era habitual el uso de la tortura para conseguir declaraciones inculpatorias concerniente a un amplio abanico de delitos, que incluían la herejía, la brujería, la bigamia y la usura.
No omito en estas líneas mencionar las razones xenofóbicas de la Inquisición española que conllevaron a aquella desdichada civilización al más terrible oscurantismo, mismas motivaciones que provocaron a los nazis a perseguir y eliminar a los judíos de Alemania haciendo propio la proclama: ¡Juden Raus!
Los adeptos católicos veían a los denominados judíos-conversos alcanzar las más altas dignidades y cargos de la sociedad, el Estado y la propia Iglesia. Se generó de esta manera un álgido resentimiento hasta tal punto de considerar a éstos como “una especie de infiltrados” con la finalidad de conquistar el poder e imponer el beneficio propio de su religión y su organización social, política y económica. Cuando una sociedad llega a convencerse a sí misma de que es dueña absoluta de la verdad (summum ius) corre el peligro de creer que es justa la mayor injusticia de todas, el desconocimiento de la dignidad ajena (summa iniuria).
En este histórico contexto surge una de las figuras más despiadadas del Santo Oficio, Tomás de Torquemada, mientras este oscuro pero célebre personaje dirigió la Inquisición, más de 2,000 personas fueron ejecutadas en ceremonias públicas denominadas actos de fe (en los que, generalmente, los reos eran quemados en la hoguera). La historia misma relaciona al primer inquisidor general de Castilla y de Aragón, de la orden de los dominicos (Torquemada) de influenciar a los Reyes Católicos en el decreto de expulsión de los judíos que aquellos promulgaron en 1492. No obstante, Messori insiste en su libro: “También resulta significativo y demostrativo de la complejidad de la historia el hecho de que, alejadas de los Reyes Católicos, aunque fuera por el clamor popular y por motivos políticos de legítima defensa, las familias judías más ricas e influyentes solicitaron y obtuvieron hospitalidad de la única autoridad que se la concedió con gusto y la acogió en sus territorios: el Papa”. He aquí, una retórica “acomodación” de la historia.
Aprendamos esta máxima: “Ninguna persona puede imponer sus intereses a los de la mayoría, los individuos deben practicar la tolerancia y el diálogo para respetar los acuerdos de la mayoría, y basada en una serie de leyes, son respetadas y aceptadas tanto por los gobernantes como por los ciudadanos”.