“Mi verdadero programa de gobierno es no hacer mi voluntad, no seguir mis propias ideas, sino de ponerme, junto a toda la Iglesia, a la escucha de la palabra y de la voluntad del Señor y dejarme conducir por Él, de tal modo que sea Él mismo quien conduzca a la Iglesia en esta hora de nuestra historia”.
(Benedicto XVI)
Cuando se realiza la voluntad de Dios, tanto a nivel personal como social, reina la paz, que es fruto de la justicia. Por eso hablar del Reino de Dios es lo mismo que referirse a su reinado. Hacer la voluntad de Dios, dejarse conducir por Él, trae como resultado un cambio, no sólo de la persona, sino además de su ambiente o entorno.
El mejor programa de gobierno, sea éste individual, social o político, es el que se inspira en Dios, nuestro sumo bien, el que busca proceder siempre con rectitud, justicia y nobleza, procurando el bien común por encima del beneficio particular, favorecer en lo posible a todos en vez de sólo a una parte del gremio o del conjunto social.
El famoso pastor y psicólogo Norman Vicent Peale cuenta en uno de sus libros que, en cierta ocasión, de visita a la Casa Blanca en el preciso momento en que el gobernante norteamericano de turno enfrentaba una fuerte huelga acompañada de airadas protestas callejeras frente a la casa presidencial, preguntó al primer mandatario: “Señor Presidente, ¿cómo se explica su inmutabilidad a pesar de las circunstancias adversas”?
El Presidente respondió con toda serenidad: “Bueno, yo ruego a Dios que me ilumine antes de tomar una decisión y luego actúo lo mejor posible, si a pesar de mi buena voluntad las cosas no resultan según mis mejores deseos, me quedo tranquilo, sin perder la paz interior”.
La pureza intencional constituye uno de los elementos primordiales para el desarrollo integral de la persona humana y de la nación.