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Palabras y expresiones de relleno
Róger Matus Lazo
El autor es Miembro de Número de la Academia Nicaragüense de la Lengua

La lengua oral tiene distintas formas de realización, dependiendo de las personas y de la comunidad a la que pertenecen. De ahí que adoptamos, claro está, una forma de hablar con amigos y personas conocidas que no es la misma cuando hablamos con desconocidos. Por eso se afirma que no se habla de la misma manera entre intelectuales y profesionales que entre artesanos y trabajadores del campo. ¿Por qué? Porque el lenguaje, en su expresión íntima y personal, varía de acuerdo con los grupos y las circunstancias sociales. Se trata de una forma de comunicación (oral) espontánea y natural, matizada de elementos afectivos y expresivos.

Pero el lenguaje, como sentencia Saussure, “nunca es inocente”, porque quien habla decide matizar su pensamiento con significados intencionalmente seleccionados. Somos responsables no sólo de lo que decimos sino cómo lo decimos. Por eso, cuando incurrimos en el hábito arraigado de repetir las mismas palabras para expresar nuestras ideas, estamos empobreciendo nuestras posibilidades expresivas. Es lo que ocurre con las palabras y expresiones de relleno. Y aunque el uso de las muletillas es un rasgo característico de la lengua coloquial, el abuso de este recurso —reflejo de una pereza mental— empobrece la lengua.

¿Y qué es una muletilla? Una palabra o expresión que sirve de “relleno”, para evitar vacíos en la conversación, mientras se piensa lo que se va a decir, porque nos da miedo quedarnos callados, como en una pausa. Y si dicha una vez nos sirve de apoyo (por eso se le llama muletilla), su repetición produce monotonía y hasta inseguridad. A más de un expositor (profesor, conferencista, etc.) hemos oído repetidas veces al terminar cada razonamiento con la trillada expresión “¿me explico?”, como si no estuviera seguro de lo que dice.

No es el uso, sino el abuso lo censurable. Porque a cada rato se oye “del orden de”, “estamos hablando de”, “dicho sea de paso”, “si se me permite la expresión”, “para nada”, “de cara a”, “valga la comparación”, “valga la redundancia”… Las damas para llegar a “de muerte”, tuvieron que pasar por lo “divino” y los jóvenes pasaron de lo “bestial” a lo “salvaje” para terminar en la “fiera”. Resulta curioso escuchar (y leer) cómo el adverbio “obviamente” ha dejado de ser una palabra con un significado preciso (“de manera obvia, sin dificultad, sin duda alguna”) para convertirse en una muletilla, un ripio, una voz vacía de contenido.

Uno puede suponer el hecho de que ejercer una determinada influencia, tener una relación personal con alguien importante o poseer una referencia con el fin de interceder o rogar por una persona (mediar) resulta a veces efectivo para conseguir un propósito específico: una recomendación, una beca de estudio… un trabajo. Pero no. Basta un “conecte”. Lo vemos todos los días: algunos tienen “conectes”, otros necesitan un “conecte”, estos recurrieron a un “conecte”, aquellos consiguieron el “pegue” por un “conecte”, y no pocos se declaran frustrados por falta de un “conecte”. Esto nos lleva a pensar en un hecho por demás comprobado: todo mundo necesita un “conecte”. Esa es, probablemente, una de las razones por las que se ha creado una empresa con ese nombre: “Conecte” es una de las empresas “cazadoras de talentos” más nueva del grupo Soluciones Empresariales. (Bolsa de Noticias, 28 de septiembre de 2006)

De la lengua oral se pasa a la lengua escrita. Y los diarios son los primeros en fijar en letra impresa lo que se repite en las calles: el robo se efectuó a “eso de” las ocho de la noche y la Policía se presentó al lugar de los hechos a “eso de” las nueve de la noche”. Citemos un ejemplo: “El atraco se produjo a eso de las once y cuarenta minutos de la mañana”. (El Nuevo Diario, 28 de septiembre de 2006). Y este otro: “Los hechos ocurrieron el tres de junio, a eso de las dos y media de la tarde…” (El Nuevo Diario, 25 de octubre de 2006).

Y luego, un remate con otra frase de relleno: el vigilante encontró al ladrón en “lo que es” la bodega del banco. Porque “lo que es” aparece hasta en la sopa: usted no va a la biblioteca, sino a “lo que es” la biblioteca, y así, a todos los lugares según sus gustos y preferencias: “lo que es” el cine, “lo que es” el teatro, “lo que es” el casino. Y si por desgracia lo acusan, aunque sea injustamente, probablemente vaya a parar a “lo que es” la cárcel.

Algo considerado muy bueno, excelente o fuera de serie lo sustituyen por un adjetivo tan popular en el lenguaje coloquial nicaragüense como la flor nacional: “súper”. Una palabra insustituible por lo versátil, porque súper es indistintamente una película cinematográfica o una mujer de cuerpo escultural, un cuaderno para dibujo infantil o una enciclopedia. Pero el adjetivo súper no para allí, porque sirve para calificar una acción generosa (la ayuda de Juan fue súper), la eficiencia de un trabajador (ella realiza un trabajo súper), una idea oportuna o acertada (dijo una opinión súper), la calidad de una voz privilegiada (es una cantante súper), las condiciones atmosféricas (un clima súper), una amistad entrañable (una amiga súper) …

El “¿vale?” de los españoles o el “¿no es cierto?” de los chilenos, aquí es el “¿ya?” que lo utilizan hasta para dejar inconcluso el pensamiento: una explicación, una información, etc.: “El gerente dijo que no estaba de acuerdo con vos porque … ¿ya?” “Bueno, pofi, por lo menos esta ‘pipol’ está promoviendo el ‘pegue’ de nosotros los tamales. ¿Ya?” (EAS, LP/20/08/06).

Y si va a empezar una respuesta, la inicia con “bueno”: —¿Está o no de acuerdo con el aborto terapéutico? —Bueno, no precisamente de acuerdo, pero… Y a veces, hasta para formular la pregunta: —Bueno, ¿y y qué opina del TLC? —Bueno, tengo mis reservas… Veamos un texto: Bueno, aquí en Nicaragua, de chavalos, así le decíamos a cualquier jodido… (Róger Fischer S., LA PRENSA, 29 de octubre de 2006).

Síntoma de pereza mental es no buscar definiciones o descripciones exactas para el tema del que se está hablando; por eso, es frecuente agregarle la expresión “o algo por el estilo”, como para no seguir quebrándose la cabeza: “Es un instrumento musical como un pito largo que tiene una boquilla y unas teclas o algo por el estilo”. A veces se sustituye por otra frase: “Tiene en el extremo un orificio o algo parecido”.

Fácilmente puede uno advertir que esa repetición cansina de palabras y expresiones es un reflejo de la pobreza de recursos expresivos, de la carencia de vocabulario y de las limitaciones para comunicar con precisión las ideas y sentimientos. Algunos políticos son muy iterativos con la palabra “problema”, porque “tema”, “asunto” o “cuestión” —según el caso— no figuran en su vocabulario activo o no las consideran “apropiadas” para sus disertaciones. Pero más frecuente, aún, es “problemática” (que significa “conjunto de problemas”) y que emplean para referirse a un asunto específico o singular: la “problemática” del agua, la “problemática” de la energía, la “problemática” de la basura: En las conferencias también se va discutir la problemática de la laguna de Tiscapa. (END/02/06/03)

—¡Buenos días! —saludó un radioyente al locutor— . Y él respondió de inmediato: —¡Es correcto! Una expresión que, más que conciliadora, tolerante o de cortesía, responde al facilismo o la comodidad: “Venga usted mañana que yo lo voy a atender personalmente”, le dijo el empleador. “Es correcto”, respondió el trabajador. “Fijate que anoche no pude dormir. ¿Será insomnio?” “Es correcto”. Veamos este ejemplo: ¿Qué le podemos decir?... ¡Es correcto, compañero! (EAS, LP/20/10/06)

Nuestros campesinos —me contaba mi maestro Rothschuh Tablada— son muy creativos en el uso de la lengua, porque al saludo responden según su estado de ánimo o su circunstancia personal: “Entre camagua y elote” (con dificultades, pero luchando), “Arrastrando las espuelas” (pasando muchas dificultades), “Con un pie en el estribo” (muy mal de salud). En cambio, la respuesta del hombre de la ciudad es casi siempre invariable: “más o menos”. Una expresión aburrida y monótona que dice de un hablante apático y negligente que se niega a buscar elementos expresivos.

Hay un uso bastante extendido en el nivel popular y a veces culto en construcciones en donde se omite el sujeto y el verbo, y solamente se manifiesta la estructura complementaria: nada que ver, con la que se quiere significar que “no se tiene ninguna relación o vinculación”: “Nada que ver con venta de medidores”. (END/05/04); “Nada que ver con carreras ilegales.” (END/29/08/03); “¿También practica teatro? —No, nada que ver.” (END/26/08/03, Suplemento Ellas). A veces, se expresa el sujeto y se omite el verbo: “EPS y Ejército Nacional, nada que ver.” (END/24/07/03); “Cancillería: nada que ver en litigio por Isla Conejo” (LP/18/10/06)-

—¿Y cuál es el chiste? —interroga alguien, para significar el “motivo, razón o circunstancia”; pero la respuesta lo aclara todo: “Pues el chiste es que si no firmo el pronunciamiento me corren del trabajo. Pero el cuento no para allí, porque de todas maneras me van a correr”. Ese cuento de que el Presidente lo puede todo no es verdad. (Francisco Lainez. END/01/11/06). Y para no hacerle más largo el cuento, le voy a decir la verdad: ¡Es el cuento de siempre! ¿Tamos? — ¡Tamos claro!

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