El mes de noviembre propicia evocar el arte lapidario: aquel que, por su concisión y solemnidad —afirma el DRAE— “parece digno de ser grabado en una lápida”. Es decir, sobre “una piedra llana en que ordinariamente se pone una inscripción”. De ahí que, optando por el título de un breve poema shakesperiano de nuestro Carlos Martínez Rivas (1924-1998), autor de dos Epitafios, transcribamos algunas muestras curiosas en Nicaragua y de nicaragüenses.
Tal vez sea Salomón de la Selva (1893-1959) el mayor literato centroamericano familiarizado con este arte en sus fuentes griegas, pero con sentido epigramático. Así lo demuestra este dístico que vertió al español: “Dos veces en la vida es amable la esposa /cuando el tálamo sube, cuando baja a la fosa”. Al recitar esta broma de Hiponax en una tertulia madrileña, la consorte de un médico-poeta de Córdoba, viendo que su marido celebraba con mucho gusto la traducción salomónica, casi llega a plantearle el divorcio.
Pero el ejemplo anterior es una de las excepciones de la regla. Otra la del Epitafio de Joaquín Pasos (1914-1947), escrito por Ernesto Mejía Sánchez (1923-1985), cuyo contenido revela la inconformidad de un exigente discípulo por la desaparición de Joaquín a los 33 años, quedando su obra malograda: “Joaquín Pasos se murió. /¡Dios lo haya perdonado! /Nosotros no”. Sin esa negación, un poeta modernista, Manuel Maldonado (1864-1945), había facturado uno de los mejores epitafios de nuestra literatura. Suscrito en 1918, sublimiza el amor filial: “Padre: tu mármol solitario y frío /de día el sol lo vela con su luz /por la noche la sombra de la cruz /y a cada instante el pensamiento mío”. Los endecasílabos de esta cuarteta son, además de memorables, supremos.
En cuanto al amor hacia la progenitora, no creo que exista otro superior al de Juan Yribarren (1827-1864), inscrito en la tumba de Juana Yribarren, admirable en el corredor sureste de la iglesia de San Francisco de Granada: “Descansa en paz querida madre mía /y si en la mansión en donde te hallas /se guarda alguna memoria de este mundo /conságrame un recuerdo”. Por cierto, la tumba —esculpida en Génova por Origone— es una columna trunca con decoraciones neoclásicas (un ángel y un niño pensativo, orlados).
Y es que el arte del epitafio en verso, en la segunda mitad del siglo XIX, ya era legión y capaz, en la siguiente cuarteta, de plasmar el amor conyugal: “Aquí yace mi esposa idolatrada /que colmó mis delirios y encanto. /Mas todo terminó. Sólo soy llanto /hasta llegar al fin de la jornada”. No había entonces finado de importancia social, política y económica que no mereciese más de algún epitafio. En las numerosas coronas fúnebres editadas al año de la muerte del personaje abundaban y no sólo en verso, sino en prosa. No deja de ser significativa, como expresión cultural, la colección de impresos necrológicos que consta de 379 piezas y 781 hojas bajo este título general y manuscrito: “Epitafios en prosa y verso recogidos por José Domingo Zapata durante el año 1854 hasta 1876. León, 1877”. Veintiséis de esas piezas se han reproducido en el Boletín Nicaragüense de Bibliografía y Documentación, núm. 57 (mayo-julio, 1988) y su índice detallado en el BNBD 121 (octubre-diciembre, 2003).
El tono solemne predomina en la mayoría de estos epitafios, aunque no tanto en el de Francisco Salinas, fallecido a los 82 años, “modelo de virtud y de humildad; y así fue su muerte”, anota su nieto y homónimo el 15 de septiembre de 1858, complementando esta cuarteta, también endecasilábica (de 11 sílabas cada verso): “Aquí están de Francisco los despojos /su parte volviese al cielo /dejando para siempre aquí en el suelo /pena en el corazón, llanto en los ojos”2.
Las mujeres no se quedaban atrás en este arte lapidario. A continuación, enumeremos algunas: Paula y Ramona Guerrero (“En la muerte de nuestra Sra. Madre Juana Casco”, ocurrida el 12 de septiembre de 1861), Juana Bolaños de Sarria (“En la muerte de mi señora madre doña Cecilia Agüero”, 14 de diciembre de 1861) y Rita Dolores y María del Refugio Guerrero: “Elegía a la muerte de nuestra querida madre doña María de la Paz Martínez en 24 de abril de 1865”. Un soneto fue el instrumento métrico escogido por las hermanas: “Es la madre el epílogo sagrado /de gracias y de amor y de ternura: /Es del Edén sublime la figura /y de la Providencia fiel dechado. //Reposa en su regazo el hijo amado /y su sangre en su sangre convirtiendo, /su vida va en su vida consumiendo /y lleva hasta la sombra su cuidado. //En ella en paz reposas, Paz amada, /Madre la más solícita y virtuosa, /de nobles sentimientos adornada. // /Donde había una madre, hay una loza: ¿Quién podrá reanimar nuestra morada? /Nuestra madre tan sólo y no otra cosa”.
Por su lado, un año antes Rafael Salinas había elaborado otro soneto: “A la memoria del muy esclarecido doctor Licenciado [en Medicina] don Mariano Ramírez, que falleció en una celda del antiguo Convento de San Francisco de esta ciudad de León, hoy día 21 de agosto de 1864”: “Silencioso aquí yace un gran tesoro /de ingenio y de saber y bien hablar, /el Mirabó del pueblo titular, /que brilló en la tribuna con decoro. //Fue su estilo, a la vez, pulcro y sonoro, /ornado de bellezas cicerónicas, /de cláusulas dialécticas y armónicas, /de imágenes lúcidas como el oro. //Entre Tulio y Homero y Tertuliano /las pandectas y el código romano, /fue Moisés su lectura favorita. //De Hipócrates la ciencia salvadora /abrazó con ardor; y su última hora /fue la de monje pobre cenobita”.
Muy diferente del panegírico transcrito, temática remontada al siglo XVIII —especialmente dirigida a los dignatarios eclesiásticos— es la sorpresa siguiente de calidad reflexiva y autor anónimo: “Fundóse el hombre de la misma nada /condenado a morir. Pues en qué funda /ser hombre, si es mortal, polvo si es viento: /si viento, nada, y nada el fundamento”. Todavía impactan, en su agónico agnosticismo, estas interrogaciones, presentes en algunas composiciones de la Colección Zapata, animada por una tendencia subliteraria, con su característico lenguaje estereotipado, redundante y unívoco.
En León, antes que el arte lapidario se consolidara como ejercicio profuso, se erigieron en un túmulo del Colegio Seminario San Ramón —a la muerte de su Rector Rafael Ayesta (1750-1809)— unos “postrimeros honores en pinturas alegóricas” en memoria del querido e incansable educador. Tres octavas (8 versos endecasílabos), tres liras (6 versos: 2 heptasílabos: 1 y 3, más 4 endecasílabos: 2, 4, 5 y 6), una inscripción lapidaria en latín que resumió sus méritos y dos décimas (10 versos de rima consonante: ABBAACCDDC) sumaban esos versos laudatorios. La última posee igual estructura: “En tu cuidado y desvelo /por la poeril enseñanza, /aseguró la esperanza /de su gloria el patrio suelo: /aumenta su desconsuelo /y el dolor que le remuerde /que en cada joven recuerde /la esperanza que mantuvo; /si instruido, porque te tuvo; /si idiota, porque te pierde”.
En la Colección Zapata advertimos que, antes de perecer, muchos ciudadanos tenían el hábito de preparar su epitafio. Sin embargo, ya Miguel Larreynaga (1777-1847), ilustrado leonés de proyección intelectual en Guatemala y México, había concebido previamente cuatro para su tumba. Con el último, menos conocido que los anteriores, decía: “Aquí estoy muerto: si por mí llorares /mi triste amigo, sabe y ten por cierto, /que aquí sin consuelo, todo muerto /a mis amigos vivos lloro a mares”.
No quisiera terminar sin transcribir de un epitafio-retrato y pre-mortem que, por razones que no vienen al caso —aunque lo justifican—, ejecuté en 1992 en contra del gran poeta CMR —a quien lo hizo derramar gruesas lágrimas—, llamado desde entonces “El Epitafiado” por Julio Valle-Castillo. Dice el fulgurante texto, de cuyo contenido aún no me arrepiento: “Aquí yace un palafrenero del poder, /un cultivador de la Ruindad. /Tenía todo el Mar a su alcance /y apenas naufragaba en la Nada. /El Mundo se le arrodilló a sus pies /y el prefirió congraciarse con el Maligno. /Muchos le amaron y veneraron, /pero a todos les prodigó amargura y odio. /Aquí yace menos putrefacto /de lo que fue en vida”.