“Cómo me dan pena las abandonadas, que amaron creyendo ser también amadas”.
Camina una mujer por las calles con un niño en brazos y otro en su vientre. Va solitaria y triste con sus recuerdos, pues acaba de ser abandonada por su marido, como hay muchas en nuestro país. Pero esta mujer dotada como todas las nicas de un temperamento fuerte y decidido, sufrirá mucho pero al final se repondrá de esta pena que ahora la agobia; saldrá adelante con el trabajo audaz y le sobrarán brazos para luchar a fin de poder llevar un bocado a sus hijos.
Y el padre de estos niños. ¿Hacia dónde se marchó? Probablemente con otra para dejarla —dentro de muy poco tiempo— embarazada también. Y así este individuo —como muchísimos más— irá de flor en flor para marchitarlas y pisotearlas después.
Pero dentro de pocos años estos niños —al ver otros si tienen padre— se preguntarán una y otra vez dónde está el suyo: la madre callará mucho tiempo hasta que un día, quizá agobiada por tantas preguntas, terminará diciéndoles donde se encuentra y correrán a buscarle, decepcionándose luego al ver que en esa otra casa hay otros niños y otra mujer que no saben quién es. ¿Por qué esta situación anormal? Pensarán una y otra vez, sin obtener respuesta.
Este el triste panorama de muchos niños hoy en día, de muchas mitades de hogares que pasan la vida a veces sin ningún aliciente sólo con un pilar, sin la otra columna que equilibre su existir.
Pero no todas estas madres podrán salir siempre avantes en su decisión verdadera de educar solas a sus hijos, pues muchas veces —agobiadas por el exceso de trabajo o por una enfermedad repentina y cruel— se verán obligadas a mandar a trabajar a sus tiernos hijos, ya sea lustrando zapatos, limpiando carros o botando basura. De ahí que estos niños, si tienen la desgracia de encontrarse durante su trabajo en las calles con gente nada decorosa o con bandas de maleantes, poco a poco se irán apartando del buen camino para convertirse en uno de ellos.
Y no nos asustemos después si los vemos robando o cometiendo delitos, pues el padre que los abandonó huyó cobardemente privándolos del amor y atención que requiere todo ser humano. Hogares como éste abundan en nuestro país y si muchos de ellos contrariamente a los otros, se mantienen de pie es porque siempre hay una mujer —de temple estoico— que sacando fuerzas de flaquezas y con la fe puesta en Dios llegan hasta el final, airosas y orgullosas de no haber caído.
Pero éste no fue el plan del Señor al hacer la pareja humana hembra y macho, como dice la Escritura, sino con el fin de crear una familia que fuera el sostén de la sociedad mediante la colaboración no de uno, sino de dos, pues así como un edificio no se sostiene con una sola base ya que colapsaría, asimismo vemos como un hogar con sólo la madre —pese a sus sacrificios— no es suficiente debido a que los niños crecen con un resentimiento y hasta rencor hacia el padre que los abandonó y que quizá en muchos instantes de su vida lo habrán necesitado para una ayuda económica, un percance urgente y hasta para un consejo.
Existen hombres que, después de dejar su hogar, pretenden que sus hijos, aún cuando sean mayores, los reconozcan como padres y los atienden en sus achaques y vejez simplemente porque los engendraron y —según ellos— es obligación atenderlos, olvidando la máxima aquella de que “lo que se siembra es lo que se cosecha”.
Preciso es que tal clase de padres, reflexionando sobre sus antiguos errores, vuelvan sobre sus pasos y comiencen —porque nunca es tarde— por buscar a sus hijos, no para aprovecharse de ellos, sino para implorar su perdón y reconciliación.