Todos los domingos, Bogotá cambia de apariencia. Gran parte de las avenidas, que durante la semana permanecen atestadas de carros, buses y taxis que van siempre en competencia, escupiendo humo y ensordeciendo a los peatones con la estridencia de sus bocinas, se despejan por siete horas, y se convierten en carriles exclusivos para bicicletas, patines, patinetas o para gente que sólo quiere caminar.
Un ejército de gente vestida de amarillo coloca desde tempranas horas las vallas de señalización también amarillas que ayudan a marcar la ruta de la “ciclovía”, una iniciativa recreativa que existe desde 1974 en la capital colombiana.
Luz Martínez, de 40 años, de lunes a viernes se sienta en un bus escolar. Su trabajo es llevar y traer estudiantes. El domingo, a petición de su hijo de siete años ella rompe con esa rutina sedentaria y sale a pasear a la ciclovía, junto a su pequeño y su esposo, que es técnico en electricidad.
La bicicleta de Martínez es una BMX despintada, igual a la de su hijo. Mientras que el marido se desliza con más rapidez sobre una montañera. Los tres corren en la “cicla” por la avenida El Dorado, que conduce hacia el aeropuerto internacional. En días normales es una vía rápida sin semáforos, los peatones deben cruzar de un lado a otro, por los puentes.
Martínez es la más lenta de los tres. Sus piernas son angostas y regordetas. Por el camisolín negro que lleva puesto se salen los “gorditos” que le sobran. “Ella siempre se nos queda atrás”, comenta el marido, quien hace un alto con su hijo para esperarla. A veces los acompaña su hija de 18 años. Cuando salen los cuatro, alguien debe caminar porque sólo tienen tres bicicletas.
Mientras la familia de Martínez se estaciona, una pareja en patines que va tomada de la mano, pasa por su lado. Otras bicicletas de todos los calibres y tamaños los sobrepasan.
TIEMPO DE PIRUETAS
En el trayecto por el que van los Martínez hay tres puentes. Debajo de ellos, se ven piquetes de muchachos que van a la moda “hip-hopera” (ropa inmensa debajo de la cintura, casi por caerse) que hacen piruetas sobre sus BMX que se ven tan elásticas como si estuvieran hechas de hule en lugar de metal. Las piernas se ven tan encogidas que parecen niños en triciclos.
Ahora le hacen barra al que está de pie sobre los pedales, con la gorra hacia atrás, y gira la bici como un trompo, dejando caer todo el peso de su cuerpo sobre la rueda delantera.
Más adelante, otra manada, pero en patinetas, aprovecha las rampas que hay en los recodos de los viaductos para hacer acrobacias.
Se calcula que en la ciclovía participa cada domingo alrededor de un millón y medio de bogotanos, que según Mauricio Ramos, director del programa a cargo del Instituto de Recreación y Deportes de la Alcaldía de Bogotá, representa al 12 por ciento de los habitantes de la capital. Aunque otros afirman que en realidad es un 20 por ciento de los capitalinos que se vuelca cada domingo a la ciclovía.
IDEA SURGIÓ Y CUAJÓ
Esta iniciativa la impulsó en 1974 un grupo de universitarios. Cerraron unas cuadras en el centro de la ciudad, sobre la carrera séptima, la avenida más popular de Bogotá –que atraviesa la ciudad de Norte a Sur—, y soltaron sus bicicletas. Además de los estudiantes, unas 50 personas se sumaron a caminar.
No fue difícil que la idea gustara a las autoridades de entonces y se retomara tanto al punto que 32 años después se convirtiera en parte de la identidad bogotana.
Con el tiempo, las cuadras se multiplicaron en kilómetros. En los años ochenta ya se habían habilitado 24 kilómetros para las bicicletas, los peatones, los patines y las patinetas.
En 1996, Ramos, dice que el trayecto de la ciclovía se amplió a 82 kilómetros.
En la actualidad, 121 kilómetros se habilitan todos los domingos y feriados. En el año, hay 66 días para las bicicletas y los peatones, dice Ramos.
El segundo jueves de diciembre es tradicional. Es día de la ciclovía nocturna, que se abre a las ocho de la noche y cierra a la medianoche. La participación en esta jornada especial ha sido hasta de tres millones de personas, asegura el director del programa.
Además de Bogotá, la ciclovía existe en otras ciudades colombianas como Medellín y Cali. También se ha retomado en algunas ciudades de Brasil y en Caracas, la capital de Venezuela.
GUARDIANES, VENDEDORES Y MÁS
Subiendo por la avenida El Dorado se empalma con la carrera Séptima, considerada la más contaminada de la ciudad.
El día de la ciclovía, que arranca a las siete de la mañana y termina a las dos de la tarde, las aceras son para el comercio. En los andenes hay pequeños quioscos en los que se consigue desde una ensalada de frutas, jugos naturales, sándwich, hasta talleres para engrasar la bici, para reparar una llanta ponchada además de todos los accesorios para el paseo: gorras, gafas, cascos, guantes, protectores para las rodillas. El espectro comercial de la ciclovía da trabajo a unos 600 vendedores.
Rosa María Salazar, que entre semana lleva ropa por encargo a empresas, los domingos madruga para abrir su módulo en la ciclovía, en el que ofrece gorras, gafas y camisetas.
Al mes, Salazar paga 10,000 pesos (unos cuatro dólares) a la Alcaldía de Bogotá a manera de impuesto. Su ganancia depende de la afluencia de gente. A veces puede ser tan mala que esta mujer regresa a su casa en Bosa, un barrio bastante al sur de la ciudad, con sólo seis dólares de ganancia en la bolsa, pero otros le puede ir tan bien que vende hasta 100,000 pesos, alrededor de 40 dólares.
Además del comercio que brota en las aceras de la ciclovía, este programa emplea a 205 personas, que son los guardianes, una especie de policía cívica, que va montada en bicicleta, en short y camisas amarillas, patrullando las diferentes rutas.
A esta empresa deportiva, que está reconocida como uno de los 30 programas más completos de actividad física por la Organización Mundial de la Salud (OMS), también se suman estudiantes de secundaria, que entregan a la ciclovía las 80 horas de trabajo social que les exigen para graduarse. Con chaquetones amarillos, a los estudiantes se les ve en los semáforos dando vía y haciendo advertencias de seguridad a la población.
RECREACIÓN SANA Y SEGURA
Mauricio Ramos, director del programa a cargo del Instituto de Recreación y Deportes de la Alcaldía de Bogotá, dice que la ciclovía suele ser muy sana. La frecuencia de robos de bicicletas es de una por jornada. Hubo una época en que el número aumentaba a seis. La seguridad es bastante eficiente, porque además de los guardianes que recorren los tramos todo el tiempo hay una gran cantidad de efectivos policiales resguardando las rutas.
Aunque la bicicleta es la reina del paseo de los domingos, paralelo a la ciclovía se ha establecido lo que llaman “recreovía”, que no son más que tarimas, instaladas en puntos estratégicos de la ciudad, desde las cuales se dirigen clases de aeróbicos para gente de todos los estratos.
Hernán Hurtado, instructor físico del programa de “recreovía”, dice que entre 22,000 y 25,000 personas de todas las edades siguen las coreografías y los bailes aeróbicos que se dirigen en las plazoletas de los principales parques de la ciudad, que están dentro del circuito de la ciclovía.
Dado el éxito de este programa y la necesidad de realizar actividad física más de una vez a la semana, al menos 16 de estas tarimas se abren de martes a jueves por las mañanas. “Por este programa no se paga ni un peso, es una forma de redimirle a la población lo que pagan en impuestos”, asegura Hurtado.
Al año, en el programa de ciclovía y recreovía, la Alcaldía de Bogotá invierte cerca de dos millones de dólares. Este año, por efectos de relanzamiento de la ruta, Ramos dice que el presupuesto ha subido hasta los casi 3.5 millones de dólares. La meta, por aniversario es regalar bicicletas a la gente, dice el Director del programa a cargo del Instituto de Recreación y Deportes de la Alcaldía de Bogotá, quien aclara que este programa, más que a deportistas, está dirigido a las familias.
A Luz Martínez le gusta este paseo de los domingos. “Vengo más por el niño porque desde temprano nos está llamando para venir, pero una vez aquí lo disfruto. Me gusta porque no se gasta plata, si acaso los 3,000 pesos en la ensalada de frutas y el jugo”, dice. Luego, a eso del mediodía, después de casi tres horas de paseo, emprende el regreso para su casa. “Este el paseo del domingo”, comenta contenta.