Yo no lo quería creer, pensaba que se trataba de exageraciones o de menosprecio a la inteligencia del nicaragüense. Es más, era tanta mi convicción que hasta estaba dispuesto a apostar. Sin embargo, ahora debo admitir que estaba equivocado: el nicaragüense, asombrosamente para mí, tiene una vocación pactista.
Aquí léase el término “pactista” como ese fenómeno que engloba el poder que ostentan —o que le damos— a dos caudillos para que puedan hacer y deshacer con los destinos de este país.
Y no es que nadie me lo haya advertido. En múltiples ocasiones escuché a personas con mentes muy claras y visión muy aguda como los doctores Emilio Álvarez Montalván, León Núñez y Arturo Cruz Sequeira, advertir que no se puede esperar que una sociedad como ésta cambie de un día para otro. Mi problema era que yo pensaba que 26 años no son “un día para otro”. Nunca se me vino a la mente que los “20 años no es nada” de Carlos Gardel se podían aplicar a la sociedad y a política. Pero los hechos son irrefutables.
Mucho se ha hablado últimamente sobre “el gobierno en minoría” que tendrá que hacer el Presidente electo y secretario perpetuo del Frente Sandinista, Daniel Ortega, porque sólo logró el 37.99 por ciento de los votos.
Y aunque eso es cierto, es un gobierno en minoría, pasado el furor electoral a mí lo que ahora más me asombra no es ese 38 por ciento, sino que sumando ese porcentaje al 27.10 por ciento de los liberales tenemos un abrumador 65 por ciento de los nicaragüenses aptos para votar, a los que no les causó ningún resquemor dar su voto a dos caudillos que —todos estamos conscientes— han destruido la institucionalidad democrática de este país y han creado un aparato a su servicio y beneficio.
El 65 por ciento es una aplastante mayoría en cualquier parte, y no nos debe ahora caber la menor duda, de que como sociedad aceptamos, toleramos y, tal vez, hasta ansiamos a los caudillos.
Ya venía yo madurando esta idea para la columna desde hace varios días, pero el jueves empecé despreocupadamente a leer el prólogo a la edición nicaragüense que hizo el profesor Richard Millett, de su libro Guardianes de la Dinastía, la Historia de la Guardia Nacional, y cuál fue mi asombro, al descubrir que uno necesita sólo cambiar un par de nombres en las descripciones que hace Millet de la situación nicaragüense hace casi 30 años, para darse cuenta de que aquí no ha cambiado nada.
Millet escribe en su prólogo sobre varias hipótesis, por ejemplo dice: “La primera es la incapacidad absoluta de la Guardia para distanciarse de Somoza, aún cuando ya era evidente que los esfuerzos perpetrados por éste para mantenerse en el poder, ponían en riesgo su propia existencia como institución militar”.
Ahora, adelantemos 30 años y cambiemos sólo nombres en la misma hipótesis: “La primera es la incapacidad absoluta del PLC para distanciarse de Arnoldo Alemán, aún cuando ya era evidente que los esfuerzos de éste para mantener el control ponían en riesgo su propia existencia como partido político”. Definitivamente “20 años no es nada”... y en política criolla tampoco 50.
Gracias por las lecciones doctores Álvarez Montalván, Núñez y Cruz. Espero haberlas aprendido bien.