No existe la menor duda que será difícil para el presidente Ortega dar los primeros pasos en el gobierno del Estado. El Ortega que regresa no es el Ortega que subió de la montaña el 19 de julio de 1979: metralleta al hombro, con el cerebro joven atiborrado de fantasía revolucionaria, aupado por un segmento social atípico: burgueses y proletarios hastiados por una larga dictadura militar que en cierta medida actuó sin ver el futuro económico y social del país, lo cual condujo al caos y el desgobierno.
El Ortega que regresa, aparentemente de acuerdo a declaraciones y expectativas creadas por el aparente nuevo Ortega, quien asumirá las funciones de gobernante, es el hombre de Estado que ahora llega desde el entorno de sus propias empresas, la propia madurez anímica social en un tiempo de gobernar que le brindan los ciudadanos desde la reducción de su propio caos social y político con el disminuido porcentaje de su voto.
Es suerte para el nuevo presidente Ortega poder tomar entre sus manos a un país con un futuro potencial que históricamente hemos desperdiciado por nuestras continuas y desafortunadas contradicciones sociales, que nos han hundido en actos vergonzosos de manosear el país, de entregar nuestras riquezas y de sumirnos en una desdichada y galopante trifulca entre partidos o facciones, que no han dejado ver la montaña por continuar embarbascados atendiendo la polilla que tenemos en nuestra manera de pensar y ver alrededor de los ingentes asuntos sociales y económicos del Estado. Acude a mi memoria las expresiones de William Walker en uno de sus viajes a Nicaragua: “Voy a la conquista de un país muy rico y muy lindo, pero gobernado por inútiles”.
Desde el punto de vista democrático y social no importa quién fuere el primer magistrado de la Nación si es capaz de gobernar para Nicaragua y los nicaragüenses.
Si se puede al fin, romper el ciclo de vicios, la actitud de barbarie de vivir negándonos la vital entrada al verdadero ejercicio de los países que pueden vivir con prosperidad sostenida y práctica de la libertad dándole valor al voto popular, haciéndolo respetable y sagrado.
Necesitamos leyes que estén al margen de los intereses de facciones o partidos; Corte Suprema de Justicia, Asamblea Nacional, Contraloría y todo lo que esté ligado al Gobierno y la funcionalidad del Estado libre y representativas. Que no se convierta el Estado en escondrijo de ratas mantenidas por el queso que pudieran comer los pobres. Todo esto estará en las manos del señor Ortega si es que el Presidente quiere ser uno de los mejores estadistas y se compromete con el pueblo, no para estimularle ilusiones, sino para resolverle problemas. Si lo quiere lo podrá hacer. Creo que contará con el consenso de quienes podrían ayudarlo en la difícil empresa de gobernar.