Más de dos años de experiencia, tres cartas de recomendación de trabajos anteriores donde haya ocupado puestos similares y una edad entre 22 y 25 años fueron los requisitos que le pidieron a Judith Pérez Soto, quien se graduó en el 2005 como socióloga.
Al encontrar tantos requisitos y pocas oportunidades, la joven originaria de Puerto Cabezas, región del Atlántico Norte del país, decidió empezar una búsqueda extensa para trabajar en “cualquier cosa”.
En su búsqueda hasta se postuló para ser secretaria en la Alcaldía de Puerto Cabezas. Tampoco le dieron el empleo.
“¿De qué manera los jóvenes como yo van a cumplir con tantos requisitos si apenas acabamos de salir de la universidad? ¿Cuál es nuestro futuro si nos ponen trabas?”, se pregunta Pérez.
De acuerdo al Censo 2005, la población joven aumentó en más de 350 mil habitantes en los últimos diez años y ya supera los 1.5 millones en Nicaragua. Sin embargo, pese a ser el sector poblacional más grande, el acceso educativo es mínimo y conseguir un primer empleo es una odisea o un asunto de suerte.
Luego de varios intentos fallidos, la joven Judith acaba de firmar un contrato por un año con un organismo que trabaja por el desarrollo de las mujeres. Pero aún no ejerce su carrera.
Para Zuhaira Anderson, originaria de Blueffields, en la región del Atlántico Sur del país, la situación laboral tampoco ha sido fácil. Desde que salió de la universidad en el 2000, también graduada de sociología, ha trabajado como asistente de odontología, auxiliar de contabilidad y encuestadora, todos trabajos de medio tiempo y en la mayoría de los casos tuvo que emprender largos viajes en panga para llegar a su puesto de trabajo.
La juventud en la Costa Atlántica del país no es la única que encuentra trabas para obtener un primer empleo.
En Nicaragua, más del sesenta por ciento del millón y medio de jóvenes está desempleado, mientras el subempleo ya supera el cincuenta por ciento para quienes se encuentran laborando. Sin embargo, organismos que trabajan con la juventud consideran que la situación es más dramática en las zonas rurales del país.
Al parecer, las empresas no reconocen “ni el título universitario”, se quejó Anderson.
PEGONES EDUCATIVOS
De acuerdo a los datos del Ministerio de educación, sólo el 32 por ciento de la población adolescente estaba dentro del sistema escolar de secundaria en el 2004, y hasta el 2003, el analfabetismo en la juventud alcanzaba un 14 por ciento, lo cual agudiza las oportunidades de un buen empleo para los jóvenes.
En el grupo de 15 a 19 años, uno de cada 20 jóvenes no estudia, según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
El bajo acceso educativo, reflejado en las cifras oficiales, es otra de las barreras que frena el desarrollo juvenil, piensa Virgilio Vásquez, Presidente del Consejo de la Juventud de Nicaragua (CJN).
Vásquez, que forma parte de la coordinación de más de 200 organizaciones que trabajan con jóvenes, asegura que un mejor acceso a la educación básica y superior y un mayor reconocimiento de los estudios técnicos mejoraría el acceso laboral de los jóvenes.
Sin embargo, la realidad demuestra que el desempleo juvenil se vive con igual o mayor dificultad para quienes no tuvieron la oportunidad de tener acceso a una carrera universitaria, como le pasa a Wendolyn Jarquín, de 23 años.
La joven es originaria de Juigalpa, al finalizar su educación secundaria emigró a Managua, “con el sueño de trabajar y estudiar en la universidad”.
Jarquín inició su vida laboral desde los 16 años, cuando servía comida en un comedor popular, luego fue vendedora en una tienda del Mercado Oriental, luego en una casa comercial más grande, después trabajó en una distribuidora de productos alimenticios y en su último fue niñera.
Ese último fue el empleo con mejor paga porque mensualmente recibía 1, 600 córdobas.
En los pocos espacios libres de sus trabajos, la joven se dedicó a estudiar diversos cursos técnicos como Computación y Banca y finanzas, los cuales ya forman parte de su Currículum Vitae.
No obstante, los sacrificios por estudiar los cursos técnicos tampoco han rendido sus frutos. Ya lleva más de tres meses buscando un nuevo empleo y aún no encuentra ninguno.
“Me siento mal porque mis cursos deberían valer algo para conseguir un empleo”, afirma cuando se le pregunta cómo se siente con su situación laboral.
A pesar de los desánimos, Jarquín sigue en busca de un empleo que además de sobrevivir, le permita cumplir su sueño de estudiar en la universidad.
En el país, anualmente ingresan más de veinte mil estudiantes a la educación universitaria. Una cantidad mayor a esta se queda fuera de los recintos, de acuerdo a las estimaciones del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (MECD) que bachillera a más de cincuenta mil jóvenes cada año.
Mientras, sólo un tres por ciento de la población juvenil estudia alguna carrera o curso técnico.
La Secretaría de la Juventud (Sejuve) es la instancia que por ley debe coordinar la aplicación de políticas y programas en beneficio de la juventud. Sin embargo, esta misma parece no contar con los recursos para cumplir con su misión.
UN FLACO PRESUPUESTO
El anteproyecto del Presupuesto Nacional de la República para el 2007 le asigna a la Sejuve cerca de diez millones de córdobas.
Ese raquítico presupuesto fue la causa para que un ambicioso programa de empleo juvenil “colapsara”, aseguró Erick Mora, Director de planificación de la Sejuve.
El programa, creado en el 2003, era un sistema en línea que permitía a los jóvenes ser parte de un banco de datos a la disposición de empleadores y de futuras capacitaciones. Sin embargo, luego de almacenar 2, 200 Currículum Vitae el sistema colapsó y por falta de recursos económicos no se ha reactivado.
“Actualmente, el sistema no está disponible. Colapsó y nosotros no teníamos el dinero para reactivarlo pero esperamos que el próximo año empiece a funcionar nuevamente”, confirmó Mora.
Con los programas de pasantías, la Sejuve ha insertado laboralmente a 124 jóvenes en lo que va del año.