Anfitrite era la más bella de las nereidas, como se les llamaba a las ninfas marinas hijas de Nereo, uno de los dioses del mar.
Tan bella era Anfitrite que Poseidón (Neptuno), el dios supremo de todo el mundo oceánico, se enamoró de ella al grado de que quiso hacerla su esposa.
Pero Anfitrite se consideraba muy joven para casarse y amaba su libertad y su independencia. Por eso la nereida una y otra vez rechazaba las propuestas matrimoniales de su divino y mojado pretendiente.
Tan insistente era Poseidón que Anfitrite huyó y se fue a vivir a las orillas del monte Atlas. Pero hasta allá la siguió Poseidón, o le enviaba mensajeros con todo tipo de halagadores ofrecimientos. Mas Anfitrite mantenía con firmeza su rechazo a Poseidón.
Un día el dios de los mares probó suerte con los delfines. Éstos fueron a donde Anfitrite y le hablaron con tanta elocuencia del amor que Poseidón le profesaba —tan inmenso y hermoso como los mares del mundo— y le describieron todas las ventajas materiales que ella obtendría al casarse con el soberano de los océanos. Y finalmente la convencieron.
(Cuenta la leyenda que como premio por el éxito logrado por los delfines, Poseidón los consagró como los animales más inteligentes, amistosos y encantadores de las aguas. Y además los puso en el firmamento, como una constelación, en del hemisferio boreal).
Anfitrite y Poseidón procrearon tres hijos: Tritón, Rode y Bentisicime. Y he aquí que la hermosa ninfa convertida en la diosa consorte de los mares, después de que durante mucho tiempo se resistió a casarse con Poseidón, vino a ser una excepcional amante de su marido, al que celaba en extremo y con toda razón porque las andanzas amorosas extramatrimoniales de Poseidón eran incontables e incesantes.
Uno de los casos extremos causado por los celos desmedidos de Anfitrite, fue cuando Poseidón se enamoró de Escila, una hermosa ninfa que era hija de Forcis, antiguo y anciano dios menor del mar que gobernaba a las olas.
Anfitrite se disgutó tanto con ese amorío de Poseidón, que vertió unas hierbas venenosas en el agua de la fuente donde Escila solía bañarse. De manera que después que se introdujo en el agua, Escila salió convertida en un horroroso monstruo de seis cabezas y doce patas.
A la desdichada Escila no le quedó más remedio que refugiarse en una caverna de las profundidades del mar, en el Estrecho de Mesina, frente a un poderoso torbellino llamado Caribdis. Y sólo salía para aterrorizar a los navegantes que se atrevían a pasar por ese lugar.
Los antiguos griegos imaginaban a Anfitrite como una hermosa mujer que navegaba sobre y debajo de las aguas, montada en una carroza halada por delfines o caballos de mar. Anfitrite portaba en una de sus manos un cetro de oro y generalmente iba acompañada por las nereidas y los tritones (hijos de Tritón). Las nereidas llevaban las riendas del carro y los tritones hacían sonar cuernos para anunciar el paso de la diosa de los mares.
A Anfitrite se le rendía culto en el mismo templo de Poseidón que había en Corinto, donde tenía una enorme estatua. Otra estatua gigantesca de Anfitrite se encontraba en Tenedos, una de las islas Cícladas. También se le adoraba en Lesbos y Syos y en general, por su hermosura y placidez era considerada como un símbolo del Mar Mediterráneo.