Difícilmente alguien puede ser indiferen-te a los recientes acontecimientos nacionales, sea de una u otra identificación partidaria. Y, en el caso de la mayoría del electorado que no quería ver llegar nuevamente al poder a quien finalmente de una u otra forma lo logró, aunque a muchos les parece vivir una pesadilla de la cual no acaban de despertar, la vida sigue y es tiempo de reaccionar.
Cada quien vive sus propios temores y a nadie se le puede exigir determinadas respuestas. Es razonable que un buen golpe aturda, pero ojalá no llegue a derribar y menos aún a sacar del combate. La pelea se da en el cuadrilátero, para este caso más bien en el triángulo equilátero, fuera de éste sólo se puede hacer barra. Si alguien quiere ceñirse una corona tiene que dar la pelea.
El pueblo de Nicaragua siempre ha anhelado la democracia. La verdad es que la democracia es así, se gana y se pierde siguiendo las reglas del juego. Claro, hay problemas cuando las reglas están amañadas para favorecer a algún participante y en esto la ciudadanía, en su mayoría, reconoce a un culpable con nombre, apellido y apodo. Pero es inútil llorar sobre leche derramada, ahora se trata de actuar para que esto no vuelva a suceder.
Es justo reconocer que el culpable no es sólo un individuo, por muy voluminoso que éste sea no debe ocultar lo que salta a la vista. La raíz de esta situación debe buscarse en la incapacidad de la clase política que supone representar la democracia. Esta no sólo ha sido incapaz de ofrecer soluciones que la población ha demandado de siempre, sino que rápidamente olvidaron el sufrimiento que generaron guerras, exilio, represiones, privaciones, división de la familia y demás. Llegados al poder buena parte de esos políticos procuraron su propio bienestar aún vendiéndose al mejor postor y cerrando los ojos o participando en la corrupción olvidando las ansias del pueblo que confiaba y esperaba en ellos.
Sin embargo, ilusiones y esperanzas aún siguen latentes. El pueblo siempre espera identificarse con un liderazgo que las pueda llevar adelante. La fuerza emergente representada por Montealegre tiene la posibilidad real de capitalizar estas aspiraciones, bien lo expresó al reconocer que ha recibido un mandato popular para su representación, ahora podrá forjarse y ganarse los méritos que algunos reclamaban, su papel podría tener la mayor trascendencia para el futuro del país. La bandera de los ideales democráticos y justas aspiraciones populares debe enarbolarse con orgullo y valentía, el pueblo sabrá reconocerlo.
A la población en general le queda trabajar para avanzar. Se debe entender que el bienestar no lo otorgan los gobiernos, sino que se construye con el trabajo. El Gobierno es un simple administrador y rector, no genera riqueza, la consume. Nicaragua ha superado la debacle de los ochenta por el empeño de la empresa privada y los trabajadores y estaría mejor si el apoyo a su esfuerzo hubiese sido más apropiado. Pero para generar esta riqueza a través del trabajo se debe contar con un clima político de tranquilidad y ese es el papel de los políticos, brindar esa tranquilidad a través de una gestión eficiente y confiable.
El verdadero demócrata debe dar espacio aún a sus más enconados rivales, la lucha debe ser cívica y la competencia es por ser mejor y ofrecer mejoría a la ciudadanía quien a su vez puede beneficiarse de esta competencia confiando en Dios que protegerá al sufrido pueblo de Nicaragua salvándolo de la destrucción. Se han vivido lecciones caras: no sirve para nada gobernar un país quebrado y en ruinas así como no pueden suplantarse las aspiraciones legítimas de un pueblo por ambiciones personales. La oportunidad sigue estando ahí, ánimo Nicaragua.