La victoria de Daniel Ortega en las elecciones nicaragüenses refuerza en América Latina a una mayoría de gobiernos de izquierda más o menos radical, y coloca otro ladrillo en el “muro ideológico” que separa a la región de Estados Unidos.
Una izquierda que tiene un claro “sector duro”, con el cubano Fidel Castro, el venezolano Hugo Chávez y el boliviano Evo Morales como máximos exponentes, que encarnan la más férrea oposición a la Casa Blanca y aún hablan de “revolución” y “socialismo” en el siglo XXI.
En aguas de una izquierda más moderada están el brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, el argentino Néstor Kirchner, la chilena Michelle Bachelet y el uruguayo Tabaré Vázquez, todos con políticas de agudo acento social, pero ajenos a las posiciones extremas y “neomarxistas” del “eje del mal” latinoamericano que agrupa, según EE.UU., a Cuba, Venezuela y Bolivia.
Más cerca del centro, aunque con posiciones políticas cercanas a la vieja socialdemocracia, se encuadran el panameño Martín Torrijos, el dominicano Leonel Fernández, el peruano Alan García, el paraguayo Nicanor Duarte y el costarricense Oscar Arias.
A este amplio bloque, aunque todavía no encuadrado del todo en ninguna de las tres tendencias, puede sumarse a fines de este mes el ecuatoriano Rafael Correa, aunque las encuestas dicen que perderá la segunda vuelta de las elecciones ante el conservador Álvaro Noboa.
Si bien no configura una estructura monolítica y en su interior abundan las discrepancias, este bloque supone un dolor de cabeza para el gobierno de George W. Bush, que en los últimos años ha visto mermar mucha de la vieja influencia política de Estados Unidos en la región.
Pérdida de influencia de Washington
El propio Bush se ha encontrado con varias pruebas de que la opinión de Washington ya no pesa tanto.
En el 2003, casi toda América Latina se opuso a la guerra en Irak. El año pasado, en la Cumbre de las Américas, celebrada en la ciudad argentina de Mar del Plata, quedó prácticamente archivada la iniciativa del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), pese a los esfuerzos de la Casa Blanca.
Sus principales aliados hoy son los gobiernos conservadores de Colombia y México, junto a algunos de Centroamérica, pero aún ante estos últimos la imagen de la Casa Blanca se ha desdibujado por su intención de construir un muro en su frontera del sur para frenar a los inmigrantes latinoamericanos.
Rechazo general al muro fronterizo
El malestar que el muro causa hasta en los “aliados” quedó claro en la XVI Cumbre Iberoamericana del pasado fin de semana en Uruguay, donde se aprobó un documento contra ese muro que fue rechazado tanto por Chávez, Castro y Morales, como por el mexicano Vicente Fox y el salvadoreño Elías Antonio “Tony” Saca.
El documento aprobado por los jefes de Estado de América Latina, España, Portugal y Andorra, calificó la construcción de ese muro como “una práctica incompatible con las relaciones de amistad y cooperación” entre las naciones.
El giro a la izquierda que Latinoamérica comenzó a dar en 1999 —cuando Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela con su prédica “revolucionaria”— es atribuido en toda la región al hastío de la población con las demandas insatisfechas.
Buena parte de la responsabilidad es achacada a las políticas de corte neoliberal del llamado “Consenso de Washington”, una receta aplicada a rajatabla en muchos países de América Latina entre 1994 y 2004, basada en duros cortes del gasto y polémicas privatizaciones.
Durante esos diez años, las economías de América Latina crecieron en promedio un 2.3 por ciento y campearon la crisis, con efectos demoledores en países como Argentina y Uruguay, considerados en otra época entre los más prósperos de la región.
Abandonado el “Consenso de Washington”, las tasas de crecimiento se duplicaron y deben llegar, según pronósticos del Fondo Monetario Internacional (FMI), a una media del 4.8 por ciento este año, con un contexto internacional favorable.
Pero, más allá de la economía, el desprestigio de los partidos tradicionales, la clamorosa pobreza, la creciente exclusión y la corrupción generalizada, se unen en favor de esta nueva izquierda, que ahora resucita a antiguos protagonistas de la “Guerra Fría”, como lo es el propio “comandante” Daniel Ortega, que gobernó entre 1984-90 al frente de la dictadura “revolucionaria” sandinista y luego perdió tres elecciones democráticas consecutivas (1990, 1996 y 2001).