Desde el punto de vista táctico no cabe duda de que la división del voto liberal y antisandinista abrió las puertas del triunfo de Daniel Ortega.
Éste tampoco habría sido posible sin la rebaja del umbral constitucional al 35 por ciento para ganar en primera vuelta, gracias al pacto con Arnoldo Alemán y el PLC.
Sumándose los porcentajes obtenidos por Eduardo Montealegre (29 por ciento) y José Rizo (26 por ciento), es claro que de haber habido un solo candidato liberal, éste habría logrado una contundente victoria.
Ese 55 por ciento de los votos válidos es similar al resultado obtenido por Enrique Bolaños en 2001 frente al mismo Ortega.
Si el grupo de votantes que optó por el MRS hubiese optado por Montealegre, tendríamos una segunda vuelta.
Pero esto no es un lamento, tardío e inútil; uno de los avances más positivos de esta elección es que se quebró en buena medida la lógica maniquea del pacto. Hubo más opciones para escoger.
Divide y vencerás. Un viejo dicho sabio. Y el comandante supo aplicarlo consecuentemente. ¿Culpables? Sus contrincantes mismos. La política es una lucha en la que se imponen los más astutos.
Maquiavélicamente, el sandinismo ha negociado con Arnoldo Alemán y el PLC, o con Bolaños, cuando una u otra cosa le ha convenido. Desde que en 2002 Alemán fue apresado y procesado por corrupción, Ortega debe haber vislumbrado una oportunidad de oro.
Los viejos emperadores chinos ponían a unos bárbaros a pelear contra los otros. Ortega se alió con Bolaños y sus partidarios para desaforar y encarcelar a Alemán mientras el pacto que originó la repartición de cargos en los poderes del Estado seguía vigente; pactó reformas constitucionales con el arnoldismo; negoció la Ley Marco que permite a Bolaños terminar su período; los tribunales y jueces sandinistas ora enviaban a Alemán a La Modelo, ora lo enviaban de regreso a casa; el pacto esgrimió el fantasma de los delitos electorales contra Bolaños y sus funcionarios.
Ortega y el FSLN prepararon esta victoria largamente. Ortega captó al cardenal Miguel Obando y a su protegido Roberto Rivas, presidente del CSE. Ambos deben agradecer al sandinismo la mágica y súbita transformación de un dictamen de presunción penal de una auditoría de la Contraloría General —por los negocios de Coprosa— en una simple falta administrativa. Adiós “viborazo”. Prodigiosamente, de la boca del prelado oímos una nueva parábola, “la parábola de la piedra”. Obando aparentemente ya no teme que la víbora, una vez entrada en calor, le pique. Como cristiano, dice, le ha perdonado.
¿Vieron que una parte importante de los simpatizantes sandinistas que festejan en las calles eran jóvenes? Este sector fue un electorado bien trabajado por el FSLN. No es extraño que los jóvenes tiendan a las causas izquierdistas. No vivieron la guerra. Conocen únicamente un presente democrático miserable, de ofensiva pobreza, de falta masiva de oportunidades, donde el 25 por ciento de los niños que deben hacerlo, no va a la escuela.
Allí hay que llegar también. Tres gobiernos democráticos en 16 años no han logrado una reducción estratégica de la pobreza. Hay hambre, hay desesperación. No fue difícil para Ortega y su partido proyectar la imagen de ser la opción de cambio y esperanza, pese al pasado de guerra, muerte y autoritarismo. Y la imagen es a menudo más importante que la sustancia en la política.
Está la corrupción. Desde 1990, ningún gobierno ha estado exento de ella, aunque en el de Alemán, alcanzó niveles escandalosos. En la famosa “nueva era” bolañista, vimos cómo el mandatario defendía a capa y espada a Pedro Solórzano, pese a pruebas sólidas presentadas en los medios sobre irregularidades. Eso es solamente una pequeña muestra.
Hay un desgaste. La victoria del comandante no fue una casualidad o la culpa de un pueblo desmemoriado.
Es inevitable constatar la pérdida de influencia de Estados Unidos, cuya estrategia naufragó completamente. Su intromisión no es nueva, es una constante histórica. Hubo incidentes penosos. Difícil es aceptar que un embajador diga frente a los micrófonos que algo “es pura paja”. Es una expresión coloquial, pero no de un lenguaje educado. Es chocante. Así se podrá ser embajador en un país como éste, aunque es dudoso que con semejantes “destrezas” se logre algún día ser nombrado en Pekín, París o Bruselas.
Desde luego, es absolutamente simplista poner todo en términos de confrontación EE.UU.-- Hugo Chávez. Las razones del triunfo orteguista son internas, no obstante el generoso apoyo del líder venezolano y su intromisión.
No veo grandes consecuencias geopolíticas para América Latina. El peso económico de Nicaragua es escaso; no somos México, Brasil o Chile. En el primero gobernará un conservador, en los otros dos mandan líderes de la izquierda democrática. No tenemos ni el petróleo de los venezolano ni el gas de Bolivia. A EE.UU. no le haría un gran daño nuestra salida del DR Cafta —al contrario, seríamos nosotros los perjudicados.
El nuevo mapa político latinoamericano está casi definido. Solamente restan las elecciones en Ecuador y en Venezuela. Es muy improbable el triunfo del izquierdista Rafael Correa el 26 de noviembre en Ecuador —donde el favorito de la segunda ronda es el magnate bananero Álvaro Noboa— , y en Venezuela, los sondeos dan a Chávez una ventaja abrumadora.
Ortega y los sandinistas han ha dado muestras de pragmatismo en la búsqueda incansable del poder, que incluso los ha llevado a “traiciones ideológicas” como el voto contra el aborto terapéutico.
El presidente electo se ha mostrado conciliador. Sabe que ésta es su última oportunidad personal. No puede darse el lujo de un descalabro económico antes de empezar. Ha dado buenas señales a la empresa privada —los bancos privados ya le dieron su apoyo—, a sus adversarios y a Washington. Está por verse qué pasará en EE.UU. tras la victoria de los demócratas.
¿Será realmente un nuevo Ortega? Es de desear que siga el camino de Lula y no el de Chávez. Dijo un filósofo que a los hombres se les juzga por la manera cómo terminan y no cómo comienzan.