Fruta madura
La Presidencia de la República cayó en manos de Daniel Ortega como un fruto maduro: por su propio peso. Hay que reconocerle que trabajó duro e inteligentemente para estar ahí, con las manos abiertas cuando el fruto venía hacia el suelo. Lo que quiero decir es que Daniel Ortega no ganó las elecciones el 5 de noviembre. Comenzó a ganarlas hace ocho años cuando redujo el techo electoral a 35 por ciento, luego diseñó su proyecto de “comandos electorales”, logró controlar el Consejo Supremo Electoral, dividió, por las buenas y por las malas, a los liberales, y se ganó al cardenal Obando. El 5 de noviembre la fruta estaba madura y sólo era asunto de cosecharla.
Juego amarrado
En esta ocasión Ortega consiguió, incluso, menos votos que en las elecciones anteriores. La diferencia está en que “todo” estaba acomodado para que Daniel Ortega ganara. A ver si me explico con un ejemplo beisbolero de los que tanto le gustan al presidente Bolaños. Es como si en un campeonato de beisbol hubiese un equipo que está empeñado en ganar con un pitcher que siempre pierde porque sólo aguanta lanzar tres innings, generalmente tira bolas muy altas y en esa liga hay un equipo que siempre lo ha noqueado. Entonces este equipo logra poner árbitros de su entera confianza, cambia las reglas del juego de tal forma que los partidos durarán ahora sólo tres innings y serán consideradas como buenas las bolas altas, y convence al equipo que siempre lo ha derrotado para que divida sus jugadores y forme dos equipos. Así, en su cancha, con sus árbitros, con sus reglas, el pitcher que siempre perdía, finalmente gana “legalmente”. Sin fraude.
Largo camino
Pero hay más. Para que Ortega fuese el pitcher que lanzara el gran juego final, antes tuvieron que eliminar a todos los buenos pitcheres de su propio equipo, y cambiar sus reglas internas que establecían una competencia para escoger al mejor. Después de este repaso uno no puede dejar de asombrarse: ¡Cuánto se tuvo que hacer para que Daniel Ortega llegara donde está!
Nicaragüita
Ojo con lo que pase en la Asamblea Nacional. La Junta Directiva que se elija el 9 de enero, dirá mucho del gobierno que tendremos en los próximos años. Si, pese a las diferencias que existen entre unos y otros, que son legítimas, se puede trabajar en función de una Nicaragua de más o menos consenso, vamos a avanzar y no importará demasiado quién esté en el gobierno. Si por el contrario se asume el gobierno como un botín que hay que saquear mientras se esté en el poder, y la lógica de gobierno y opositores es llegar al final con la mayor cantidad de dinero posible y con las mejores ventajas para la próxima campaña electoral, entonces… ¡Ay Nicaragua, Nicaragüita...!
Oposición
Mal haría la nueva oposición si comenzara a hacerle la vida imposible al nuevo gobierno con el propósito de demostrar al final de los cinco años el desastre que fue Daniel Ortega para Nicaragua. No creo que sería muy difícil lograr un escenario como ese, con un gobierno que llega al poder con los pies hinchados por sus propios pecados. Pero, ¿qué país estaremos construyendo si nos seguimos destruyendo para demostrar que el otro no es mejor que yo? Dejémoslo gobernar como pide, démosle la oportunidad de demostrar que puede cumplir lo que prometió, sin que eso signifique que nos hagamos de la vista gorda ante los desmanes que pueda cometer. Ojos vigilantes sobre este gobierno es lo que menos faltará.